Enorme e inalcanzable misterio...
De las cartas de san Atanasio, obispo
Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora y su actividad es única.
Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.
El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno.
Hoy celebramos la jornada pro orantibus donde se reza por los monjes y monjas contemplativos que tanto rezan por el mundo...para que crezcan en santidad y en numero.
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domingo, 31 de mayo de 2015
Solemnidad de la Santisima Trinidad
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martes, 21 de mayo de 2013
VIDA CONTEMPLATIVA EN EL AÑO DE LA FE Centinelas de la oración
El domingo 26 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, celebramos la Jornada “pro orantibus”. Es un día para que el pueblo cristiano tome conciencia, valore y agradezca la presencia de la vida contemplativa. Desde la clausura de los monasterios y conventos, las personas consagradas contemplativas, como afirma el concilio Vaticano II, «dedican todo su tiempo únicamente a Dios en la soledad y el silencio, en oración constante y en la penitencia practicada con alegría».
La Jornada se celebra en el Año de la fe, convocado por el querido y recordado papa Benedicto XVI, que nos ha dejado un luminoso magisterio sobre la vida consagrada en general y sobre la vida contemplativa en particular. Ahora sigue amando y sirviendo a la Iglesia a través de la plegaria y reflexión desde el retiro de la clausura. El nuevo sucesor de Pedro, el papa Francisco, ha retomado toda la programación del Año de la fe, para renovar a la Iglesia. Oremos para que Jesucristo, Pastor Supremo, le asista en el pastoreo de su Iglesia en el Año de la fe y en esta hora de nueva evangelización.
El lema de la Jornada de este año es: Centinelas de la oración. La palabra centinela evoca vigilancia. Los centinelas estaban apostados sobre los muros de las ciudades (cf. 2 Sam 18, 24; 2 Re 9, 17-20), en torres de vigilancia en el desierto o sobre las cumbres (cf. 2 Crón 20, 24; Jer 31, 6). El propio Dios es descrito en ocasiones como centinela o guardián de su pueblo (cf. Sal 127, 1), siempre preocupado por la seguridad y protección de los suyos (cf. Sal 121, 4ss). El salmista suplica al Señor su misericordia y espera en su palabra «más que el centinela la aurora» (Sal 130, 6). La personas contemplativas vigilan como centinelas día y noche igual que las vírgenes prudentes la llegada del esposo (cf. Mt 25, 1-13) con el aceite de su fe, que enciende la llama de la caridad.
Los monjes y monjas son en la Iglesia centinelas de la oración contemplativa para el encuentro con el Esposo Jesucristo, que es lo esencial. El Catecismo de la Iglesia Católica habla abundantemente de la oración contemplativa (nn. 2709-2724). Elijo este número significativo: «La oración contemplativa es silencio, este “símbolo del mundo venidero” o “amor […] silencioso”. Las palabras de la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús» (CEC, 2717).
Nuestros monasterios son un oasis de silencio orante y elocuente. Son escuela de oración profunda bajo la acción del Espíritu Santo. Son espacios dedicados a la escucha atenta del Espíritu Santo, fuente perenne de vida, que colma el corazón con la íntima certeza de haber sido fundados para amar, alabar y servir. Las personas contemplativas como centinelas apuntan siempre a lo fundamental y esencial.
Para el hombre moderno, encarcelado en el torbellino de las sensaciones pasajeras, multiplicadas por los mass-media, la presencia de las personas contemplativas silenciosas y vigilantes, entregadas al mundo de las realidades «no visibles» (cf. 2 Cor 4, 18), representan una llamada providencial a vivir la vocación de caminar por los horizontes ilimitados de lo divino. En esta Jornada “pro orantibus” es justo y necesario que recemos por las personas contemplativas, que volvamos la mirada y el corazón a sus monasterios y pidamos por sus intenciones. Sin duda, sus intenciones van encaminadas a la permanencia en la fidelidad siempre renovada de todos sus miembros en la vocación recibida y al aumento de vocaciones en esta forma de consagración.
Como un signo de gratitud, ayudemos también económicamente a los monasterios en sus necesidades materiales. Sabemos que las monjas y monjes son personas que por su habitual silencio y discreción no suelen pedir; pero son bien acreedoras a nuestras limosnas y generosidad, y nos pagarán con creces, alcanzándonos del Señor gracias y bendiciones de mucho más valor. Que la santísima Virgen María, primera consagrada al Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo, maestra de contemplación y centinela orante que dio a luz al Sol de justicia, Cristo nuestro Salvador, cuide y proteja a todas las personas contemplativas. ¡Feliz Jornada de la vida contemplativa en el Año de la fe!
+ Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander Presidente de la CEVC
lunes, 31 de mayo de 2010
domingo, 30 de mayo de 2010
Jornada Pro Orantibus: Gracias a los contemplativ@s
En esta vida acelerada, saber que hay gente que se dedica a orar por las necesidades de todos los miembros de la Iglesia, es casi como tener de tu parte la suerte de la lotería. De manera que podemos estar asistidos gracias a las súplicas de nuestros monjes y monjas de vida contemplativa. Hoy es la Jornada Pro Orantibus y hay que manifestar la suerte de compartir la fe con miles de personas que hacen de la oración aquello que repetía Jesús: “¿Y no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a él día y noche? (Lc 18,7). Pues bien, nuestros monjes y monjas nos pueden enseñar precisamente a mirar de otra manera el mundo.No tienen entre sus expectativas brillar con luz propia, sino permanecer en lo oculto, intercediendo por toda la humanidad. No pocas veces son pioneros de iniciativas por los demás. De manera que cuando se pregunta el sentido de esa vida oculta, tenemos que responder que gracias a sus oraciones la Iglesia sigue clamando día y noche por la salvación de la humanidad. Es cierto que hay muchas necesidades en esta vida y parece más acuciante darse a los pobres, ejercer una profesión de asistencia al otro. No obstante todos sabemos que sin oración, la vida se queda coja.
Orar en un mundo destrozado por la guerra, la enfermedad, la pobreza, es ofrecer una voz intercesora para que podamos tener fuerzas en acometer el auxilio a los demás. Tengo que hablar de mi experiencia personal con la oración. Un camino concreto elegido para ser una gota más llenando el vaso. Orar por los demás es una experiencia de fraternidad y comunión. La intercesión de unos por otros, es la manifestación de un abrazo hacia los demás. Por eso los cristianos cuando nos reunimos semanalmente, estamos cumpliendo el mandato del Señor: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26, 38).
Hay muchos caminos de oración y siempre se nos pide que elijamos unos días concretos donde se intensifique esa parte gratuita de donación por los demás. No podemos dejar todo al activismo, porque al final perdemos la referencia de que todo lo que hagamos debe estar de acuerdo con la voluntad de Dios. Y es Él quien realmente actúa, no nuestros miserables esfuerzos personales. Por eso la oración también es una cura de humildad, donde descansamos la cabeza y dejamos que el Señor nos de fuerzas para seguir adelante.
En esta jornada pro orantibus demos gracias a esos religiosos y religiosas que lejos del activismo siguen presentes en el mundo como si no estuvieran en él. Libres de las ataduras de la vida moderna y acelerada que exige respuestas rápidas, sin tiempo para pensar y meditar. Ellos nos enseñan qué es lo primero, lo fundamental, la presencia de Dios en nuestras vidas, para que todo lo que hagamos tenga un sentido en unión con Cristo.
Me quedo con estas frases extraídas de una página de oración: “Quien quiera aprender a contemplar tendrá que vigilar rigurosamente la actividad de su inteligencia para no dejarse arrastrar por sentimientos de orgullo. Debe controlar también con mucho cuidado la natural curiosidad, que busca informaciones sobre las cosas mundanas. La satisfacción de la curiosidad y el deseo inmoderado de saberlo todo despiertan fácilmente egoísmos y ambiciones absolutamente incompatibles con la vida espiritual”.
Carmen Bellver
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domingo, 7 de junio de 2009
Los gemidos del Espíritu y otros más...
El domingo de la Santísima Trinidad celebramos en España la Jornada Pro Orantibus, una jornada en la que orar por aquellos que a diario oran por nosotros en sus monasterios y eremitorios.
En una de las expresiones más audaces y bellas de san Pablo, leemos en la importante carta a los Romanos lo que algunos biblistas han llamado la «teología de los tres gemidos». Siempre que he meditado sobre esta epístola fundamental del apóstol Pablo, al llegar al capítulo 8 donde se explican los mencionados tres gemidos, he pensado que estamos todas las vocaciones cristianas ahí incluidas, pero si cabe hablar así, más todavía las almas que han sido llamadas por el Señor a una vocación contemplativa en los diferentes monasterios claustrales y eremitorios.
Porque es esta una pedagogía que nos enseña al resto del Pueblo de Dios: aprender a orar desde la escucha de los gemidos. En primer lugar, el gemido de la creación: toda la tierra gime como con dolores de parto, dice san Pablo. En realidad, la historia de la humanidad es una crónica de este gemido materno, el propio del trance de un nacimiento de algo que no termina de ver la luz. ¡Cuántos intentos a través de los siglos para hacer un mundo en el que se respire la paz, Dios no sea un extraño y el prójimo sea un verdadero hermano! El gemido de la creación tiene que ver con ese mundo inacabado, como si de una sinfonía incompleta se tratase. Y por este motivo gime la tierra, gime la historia, gime la humanidad en cada una de sus generaciones: viejos y nuevos pecados, antiguos y modernos desastres, siembran de errores y horrores el paso de los hombres hasta el punto de gemir como se gime en un parto en el que no se consigue que nazca la nueva creación deseada.
Hay un segundo gemido al que se refiere Pablo: el gemido de aquellos que hemos recibido las primicias de la fe. Es decir, también nosotros gemimos en nuestro interior, porque también nosotros, los creyentes, tenemos dificultades, lagunas, inmadureces, lentitudes, también nosotros tenemos pecados. Estamos hechos de la misma pasta, y nuestra libertad se juega a diario en el
noble intento de responder a la gracia que nos llama y nos acompaña. Nuestro gemido es una pregunta a flor de piel, esas preguntas de las que el poeta Rainer María Rilke hablaba para indicar las cosas no resueltas en el corazón. El gemido de nuestra vida nos hace mendigos junto a una creación mendiga también, con la que solidariamente reconocemos que algo nos está faltando
porque no terminamos de descubrirlo o porque lo hemos descuidado.
Si todo quedase aquí, estaríamos ante el triste relato de una impotencia, de un fracaso, que termina en incapacidad y que acaba en llanto. Pero este doble gemido nos pone en una actitud de espera, que coincide con lo que el mismo Dios ha querido también asumir: gemir con nosotros. Efectivamente, el tercer gemido es para san Pablo el gemido del Espíritu que clama
en nosotros: «Abba, Padre». Toda la realidad inacabada de la historia de la humanidad y de la historia personal de cada hombre no concluye fatalmente en la llantina desesperada y estéril de nuestra orfandad, sino en ese grito de Dios con el que su Espíritu nos vuelve a hacer hijos. «Abba, Padre», pone en nuestra condición huérfana la alegría de la filiación divina como última e
inmerecida palabra.
Los contemplativos son los custodios de estos tres gemidos, haciendo suyo el de la historia, el de cada corazón, en una incesante plegaria, y haciendo especialmente suyo el gemido de Dios con el que dar a la Iglesia y a la entera humanidad la filiación y su cobijo. De este modo interceden ellos, los contemplativos, por todos los demás hermanos en la Iglesia. Para esto guardan el silencio y cuidan la soledad, para poder escuchar los tres gemidos junto a la Palabra de Dios y para poderlos testimoniar en la Presencia del Señor.
+ Jesús Sanz Montes, OFM
Obispo de Huesca y de Jaca
Presidente de la C.E. para la Vida Consagrada
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