martes, 30 de junio de 2009

¿En qué consiste una vocación?


Todo, pero TODO ser humano tiene una misión qué cumplir dentro de las condiciones más diversas. Para que el hombre realice esa misión perfectamente, necesita lo que se llama "vocación", es decir, inclinación hacia una cosa determinada y llamamiento de la gracia en el orden sobrenatural. Vocación viene del verbo "vocare", que significa llamar. Es una invitación, un llamamiento de Dios. Pero, ¿cómo distinguir la vocación?

a) La vocación es una gracia. Un don de Dios.

Una vocación se caracteriza por una serie de dones, de luces, de inspiración sobrenaturales, bajo cuya influencia, el alma se siente atraída hacia un estado u otro.

Aquí tenemos que hacer la distinción. Una vocación NUNCA se podrá distinguir sin la libertad de pensamiento. Dios creó al hombre (y a la mujer) libre... es decir. A su IMAGEN y SEMEJANZA. Si a uno frecuentemente lo obligan a escoger una "vocación", porque "hay tanta gente necesitada, te necesitamos", puede ser un modo de chantaje sentimental.

Es decir: No sirve de nada hacer sentir a alguien culpable por no seguir en MI GRUPO, según A MÍ ME GUSTA, con MIS MEDIOS Y MÉTODOS. Incluso ha habido grupos que, formando parte dentro de la Iglesia Católica, incluso algunos sacerdotes u obispos se les ha criticado por este excesivo "celo". No estoy enterado de todos los casos. Pero de ser cierto, no se tendría que juzgar al grupo completo, sino a la comunidad LOCAL. Incluso alguna gente ha llegado a afirmar que son más católicos que el Papa. No. No va por ahí...

b) No es una orden, sino un llamamiento, una invitación

Dios, da continuamente sus luces, como en un suspiro. Recordemos el pasaje del libro de los reyes, donde el profeta Elías se escondió en una cueva y esperó al Señor. Primero llegó un terremoto, pero Dios no estaba allí. Luego un gran torrente, pero Dios tampoco estaba allí. Finalmente... llegó una brisa suave, y Elías reconoció a Dios y salió de la cueva.

Tenemos que hacer la aclaración de que NO TE VAS AL INFIERNO si no supiste escoger tu vocación. Eso sí, será más difícil llegar a la santidad (y al cielo para el caso es lo mismo), porque ya Dios te había preparado el camino (chance hasta pavimentado y preferiste irte por otra parte. Claro, no falta quien la riega por no saber ser paciente al tomar una decisión. Tal es el caso del típico cuate que por "comerse la torta antes del recreo" termina casándose a la fuerza con su novia porque la cigüeña ya viene en camino.

c) Algunos emprenden el camino equivocado,

como san Pablo, y en él ven al fin más claramente, a través de su error, la excelencia del buen camino. Pero generalmente la vocación es una voz, algunas veces dulce, y otras apremiante, se deja oír en el silencio del alma como un eco lejano... que les dice: VEN, SIGUEME.

Es como una certeza de que un mensaje está destinado para tí. A veces es imposible negarlo... una certeza del 100% incluso más real que la realidad que vivimos, o que este coche es rojo. Es como una luz que ilumina al alma, y en un instante logra ver su vida, pasada, presente y futura, con una claridad impresionante, y dice: Esto es para mí.

+Autor: Ricardo Garcia

jueves, 25 de junio de 2009

jueves, 18 de junio de 2009

Unidos en oración...


El Papa Benedicto XVI inaugurará este 19 de junio el Año Sacerdotal, durante el cual proclamará a San Juan María Vianney como patrono de los sacerdotes.

El titulo elegido por el Santo Padre para este año es “fidelidad de Cristo, fidelidad de el Sacerdote”, estamos invitados como Cristianos Católicos a unirnos como Iglesia en oración por aquellos que han respondido la llamada de Dios, para que puedan permanecer sujetos a la gracia divina y que puedan ser imagen de Cristo Sacerdote entregándose al servicio de los demás. Que Dios les conceda la fidelidad a sus compromisos, hoy más que nunca la iglesia necesita sacerdotes santos y estamos llamados como iglesia a unirnos en oración por todos nuestros sacerdotes.

Como un modo de vivir este año sacerdotal, “Vocaciones Cristo te llama” les invita a que “adopten” un sacerdote, para que en sus oraciones pidan especialmente por su santificación.

¡Oh Jesús danos Sacerdotes según tu corazón!

Un año para mostrar a los sacerdotes el amor de la Iglesia


El próximo 19 de junio el Papa Benedicto XVI inaugurará con unas vísperas solemnes en la Basílica de San Pedro, el Año Sacerdotal con el tema: "Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote".

Durante este año Benedicto XVI proclamará a san Juan María Vianney "patrono de todos los sacerdotes del mundo". Igualmente se publicará el "Directorio para los confesores y directores espirituales", así como a una recopilación de textos del Papa sobre temas esenciales de la vida y de la misión sacerdotal en la época actual.

ZENIT ha conversado con el cardenal brasileño Cláudio Hummes, O.F.M., prefecto para la congregación del Clero y obispo emérito de Sao Paulo, quien presenta este año como "propositivo" y como una oportunidad para que los sacerdotes recuerden que "la Iglesia los ama, que se preocupa por ellos".

--¿Cuál es el objetivo principal del año sacerdotal?

--Cardenal Hummes: En primer lugar la circunstancia. Será un año jubilar por los 150 años de la muerte de san Juan María Vianney, más conocido como el santo cura de Ars. Esta es la oportunidad, pero el motivo fundamental es que el Papa quiere dar a los sacerdotes una importancia especial y decir cuánto los ama, cuánto los quiere ayudar a vivir con alegría y con fervor su vocación y misión.

Esta iniciativa del Papa tiene lugar en un momento de gran expansión de una nueva cultura: hoy domina la cultura postmoderna, relativista, urbana, pluralista, secularizada, laicista, en la cual los sacerdotes deben vivir su vocación y su misión.

El reto es entender cómo ser sacerdote en este nuevo tiempo, no para condenar al mundo sino para salvar el mundo, como Jesús, quien no vino para condenar al mundo sino para salvarlo.

El sacerdote debe hacer esto de corazón, con mucha apertura, sin demonizar a la sociedad. Debe estar integrado en ella con la alegría misionera de querer llevar a la gente de esta sociedad a Jesucristo.

Es necesario dar una oportunidad para que todos oren con los sacerdotes y por los sacerdotes, convocar los sacerdotes a orar, hacerlo de la mejor manera posible en la sociedad actual y, además, eventualmente tomar iniciativas para que los sacerdotes tengan mejores condiciones para vivir su vocación y la misión.

Es un año positivo y propositivo. No se trata, en primer lugar, de corregir a los sacerdotes. Hay problemas que siempre deben ser corregidos y la Iglesia no puede cerrar los ojos, pero sabemos que la grandísima mayoría de los sacerdotes tienen una gran dignidad y adhieren a su ministerio y a su vocación. Dan su vida por esta vocación que han aceptado libremente.

Lamentablemente se dan los problemas de los que nos hemos enterado en los últimos años relativos a la pedofilia y otros delitos sexuales graves, pero como máximo quizá pueden llegar a un cuatro por ciento del clero. La Iglesia quiere decirle al 96 por ciento restante que estamos orgullosos de ellos, que son hombres de Dios y que los queremos ayudar y reconocer todo lo que hacen como testimonio de vida.

Es también un momento oportuno para intensificar y profundizar la cuestión de cómo ser sacerdotes en este mundo que cambia y que Dios nos ha puesto delante para salvar.

--¿Por qué el Papa ha presentado a san Juan María Vianney como modelo para los sacerdotes?

--Cardenal Hummes: Porque desde hace mucho tiempo es el patrono de los párrocos. Forma parte del mundo del presbítero. Queremos también estimular a varias naciones y conferencias episcopales o iglesias locales para que escojan algún sacerdote ejemplar de su área, y presentarlo al mundo y a los jóvenes. Hombres y sacerdotes que sean verdaderamente modelos, que puedan inspirar y puedan renovar la convicción del gran valor y de la importancia del ministerio sacerdotal.

--Para usted como sacerdote, ¿cuál es el aspecto más bello de su vocación?

--Cardenal Hummes: Esta pregunta me hace recordar un hecho de san Francisco de Asís: El dijo una vez: "Si me encontrara por el camino a un sacerdote y a un ángel, yo saludaría primero al sacerdote y luego al ángel. ¿Por qué? Porque el sacerdote es quien nos da a Cristo en la Eucaristía". Esto es lo más fundamental y maravilloso: el sacerdote tiene el don y la gracia de Dios para ser ministro de este gran misterio de la Eucaristía.

El sacerdocio fue instituido por Jesucristo en la Última Cena. Cuando dijo "Haced esto en conmemoración mía", les dio a los apóstoles este mandamiento y también el poder de hacer esto, de hacer lo mismo que Jesús hizo en la última cena. Y estos apóstoles han transmitido a su vez este ministerio y este poder divino a los hombres que son obispos y sacerdotes.

Esto es lo más importante y el centro. La Eucaristía es el centro de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II dijo que la Iglesia vive de la Eucaristía. El sacerdote es el ministro de este gran sacramento, que es el memorial de la muerte de Jesús.

Y luego tenemos también el sacramento de la Reconciliación. Jesús dijo: "A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados" (Juan, 20, 23). Ha venido para reconciliar el mundo con Dios y a los seres humanos entre ellos. Ha dado el Espíritu Santo a los apóstoles soplando sobre ellos.

Él ha dado a los apóstoles en nombre de Dios y suyo aquello que había adquirido con su sangre y con su vida en la Cruz, transformando la violencia en un acto de amor para el perdón de los pecados. Y les dice a los apóstoles que serán los ministros de este perdón. Esto es fundamental para todos. Cada uno quiere ser perdonado de sus pecados, estar en paz con Dios y con los demás. El misterio de la reconciliación es muy importante en a vida del sacerdote.

Hay otras muchas acciones como la evangelización, el anuncio de la persona de Jesucristo muerto y resucitado, de su reino. El mundo tiene derecho de saber y conocer a Jesucristo y todo lo que significa su Reino. Este es un ministerio específico también del sacerdote que comparte con los obispos y con los laicos que hacen el anuncio de la Palabra y deben llevar a la gente a un encuentro intenso y personal con Jesucristo.

--¿Cuáles cree que son las mayores dificultades y los nuevos retos que afrontan hoy los jóvenes que quieren ser sacerdotes?

--Cardenal Hummes: Quiero repetir que no debemos demonizar la cultura actual que se difunde cada vez más y que se convierte en una cultura dominante en todo el mundo a pesar de la presencia de otras culturas.

Esta nueva cultura ya no quiere ser ni cristiana ni religiosa. Quiere ser laica y rechaza y quiere rechazar cualquier injerencia religiosa. Los adolescentes y los jóvenes se encuentran en una situación diferente a la que hemos vivido nosotros, que nacimos en una cultura muy religiosa y que se reconocía como cristiana y católica. Actualmente ya no es así.

Creo que para los adolescentes y jóvenes es realmente más difícil tener la valentía de aceptar una invitación de Dios, que nace en su interior. Responder es hoy más complicado, porque la sociedad ya no valora el sacerdocio. Antes la sociedad lo valoraba. Ahora bien, un trabajo de fe y de evangelización será siempre posible, porque Dios da siempre todas las gracias cuando llama para esto.

La parroquia debe ofrecer a los jóvenes y a los adolescentes la oportunidad de hablar de aquello que llevan en el corazón, de ese llamado, porque si ellos no tienen la oportunidad de hablar con alguien en quien puedan confiar, poco a poco esta voz desaparecerá. Aquí entra en juego la pastoral vocacional, que tanto necesitamos.

Una parroquia bien organizada es capaz de salir al encuentro de los jóvenes y adolescentes y darles la oportunidad de hablar sobre el llamado que sienten. También la oración por las vocaciones es ahora más importante que en el pasado.

Otra causa por la que puede haber menos candidatos es porque las familias son más reducidas. Tienen pocos hijos o ninguno. Esto lo hace más difícil. El número de sacerdotes en varios países se ha reducido demasiado. Vemos esta situación con grandísima preocupación.

--¿Cómo cree que debe ser la formación de un seminarista en los ámbitos personal, espiritual, intelectual y litúrgico? ¿Qué aspectos cree que no pueden faltar?

--Cardenal Hummes: La Iglesia habla de cuatro dimensiones que deben ser cultivadas con los candidatos.

En primer lugar, la dimensión humana, la afectiva --toda la cuestión de su persona--, su naturaleza, su dignidad y una madurez afectiva normal. Esto es importante porque es la base.

Luego está la dimensión espiritual. Hoy nos encontramos delante de una cultura que ya no es ni cristiana ni religiosa. Por lo tanto es aún más necesario desarrollar bien la espiritualidad en los candidatos.

Luego está la dimensión intelectual. Es necesario estudiar filosofía y teología para que los sacerdotes sean capaces de hablar y de anunciar hoy a Jesucristo y su mensaje, de modo que emerja toda la riqueza del diálogo entre la fe y la razón humana. Dios es el Logos de todo y Jesucristo es su explicación.

Después, obviamente, está la dimensión de apostolado, es decir, hay que preparar a estos candidatos a ser pastores en el mundo de hoy. En este ámbito pastoral hoy es muy importante la identidad misionera. Los sacerdotes deben tener no sólo una preparación sino también un estímulo fuerte para no limitarse sólo a recibir y ofrecer el servicio a aquellos que vienen a verles, sino también para salir en búsqueda de las personas que no van a la Iglesia, sobretodo de aquellos bautizados que se han alejado porque no han sido lo suficientemente evangelizados, y que tienen el derecho de serlo, porque hemos prometido llevar a Jesucristo, educar en la fe.

Esto muchísimas veces no se ha hecho o se ha hecho muy poco. El sacerdote debe ir en misión y preparar su comunidad para que vaya a anunciar a Jesucristo a la gente, al menos a aquellos que están en el territorio de su parroquia pero también más allá de ésta.

Hoy esta dimensión misionera es muy importante. El discípulo se convierte en misionero con su adhesión entusiasta, alegre a Cristo, capaz de revestir incondicionalmente toda su vida de él. Debemos ser como los discípulos: fervorosos, misioneros, alegres. En esto consiste la clave, el secreto.

--¿Qué actividades especiales se van a realizar en este año tanto para los jóvenes como para los mismos sacerdotes?

--Cardenal Hummes: Habrá iniciativas en el ámbito de la Iglesia universal, pero el año de sacerdote debe celebrarse también a nivel local. Es decir, en las iglesias locales, las diócesis y las parroquias, porque los sacerdotes son los ministros del pueblo y deben incluir las comunidades.

Las diócesis deben impulsar iniciativas tanto de profundización como de celebración para llevar a los sacerdotes el mensaje de que la Iglesia los ama, los respeta, los admira y se siente orgullosa de ellos.

El Papa abrirá el Año Sacerdotal el 19 de junio, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, porque es la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes. Habrá vísperas solemnes celebradas en la basílica vaticana, estará presente la reliquia del cura de Ars. Su corazón estará en la Basílica como signo de la importancia que el Papa quiere dar a los sacerdotes. Esperamos que muchos sacerdotes estén presentes.

La clausura tendrá lugar un año después. Todavía queda por definir la fecha exacta del gran encuentro del Papa con los sacerdotes, al que están invitadas todas las diócesis. Habrá otras muchas iniciativas. Estamos pensando también en realizar un congreso teológico internacional los días precedentes a la clausura. También habrá ejercicios espirituales. Esperamos también poder involucrar a las universidades católicas para que puedan profundizar en el sentido del sacerdocio, la teología del sacerdocio, y en todos los temas que son importantes para los sacerdotes.

--¿Puede hablarnos ahora de los desafíos que enfrenta un sacerdote en esta sociedad tan anti religiosa? ¿Cómo cree que puede permanecer fiel a su vocación?

--Cardenal Hummes: En primer lugar, la Iglesia a través de sus seminarios y formadores debe hacer una selección muy rigurosa de los candidatos. Luego hace falta una buena formación, fundamentalmente en la dimensión humana, intelectual, espiritual, pastoral y misionera. Es fundamental recordar que el sacerdote es discípulo de Jesucristo y estar seguros de que haya tenido este encuentro personal y comunitario intenso con Jesucristo, en el le haya dado su adhesión. Cada misa puede ser un momento muy fuerte para este encuentro. Pero también la lectura de la Palabra de Dios.

Como decía Juan Pablo II, hay muchas oportunidades para testimoniar el encuentro con Jesucristo. Es fundamental ser un misionero capaz de renovar este celo sacerdotal, de sentirse alegre y convencido de su misión y de que esto tiene un sentido fundamental para la Iglesia y para el mundo.

Siempre digo que el sacerdote no es sólo importante por el aspecto religioso dentro de la Iglesia. Desempeña también una grandísima labor en la sociedad, porque promueve los grandes valores humanos, está muy cerca de los pobres con la solidaridad, la atención por los derechos humanos. Creo que debemos ayudarles para que vivan esta vocación con alegría, con mucha lucidez y también con corazón para que sean felices, dado que se puede ser feliz en el sacrifico y el cansancio.

Ser feliz no está en contradicción con el sufrimiento. Jesús no era infeliz en la cruz. Sufría tremendamente, pero estaba feliz, porque sabía que lo hacia por amor y que esto tenía un sentido fundamental para la salvación del mundo. Era un gesto de fidelidad a su Padre.

--¿Qué otros santos cree que pueden ser modelos para el sacerdote de hoy?

--Cardenal Hummes: Obviamente el gran ideal es siempre Jesucristo, el buen pastor. En el caso de los apóstoles, sobretodo san Pablo. Hemos celebrado el Año Paulino. Se ve que era una figura realmente impresionante y que puede ser siempre una gran inspiración para los sacerdotes, sobretodo en una sociedad que ya no es cristiana. Cruzó las fronteras de Israel para ser apóstol de los gentiles, de los paganos. En un mundo que se está alejando tanto de cualquier manifestación religiosa, su ejemplo es fundamental. San Pablo tenía esta conciencia muy fuerte: Jesús ha venido para salvar, no para condenar. Es la misma conciencia que debemos tener nosotros ante el mundo de hoy.


Por Carmen Elena Villa ZENIT.org


domingo, 7 de junio de 2009

Los gemidos del Espíritu y otros más...


El domingo de la Santísima Trinidad celebramos en España la Jornada Pro Orantibus, una jornada en la que orar por aquellos que a diario oran por nosotros en sus monasterios y eremitorios.

En una de las expresiones más audaces y bellas de san Pablo, leemos en la importante carta a los Romanos lo que algunos biblistas han llamado la «teología de los tres gemidos». Siempre que he meditado sobre esta epístola fundamental del apóstol Pablo, al llegar al capítulo 8 donde se explican los mencionados tres gemidos, he pensado que estamos todas las vocaciones cristianas ahí incluidas, pero si cabe hablar así, más todavía las almas que han sido llamadas por el Señor a una vocación contemplativa en los diferentes monasterios claustrales y eremitorios.

Porque es esta una pedagogía que nos enseña al resto del Pueblo de Dios: aprender a orar desde la escucha de los gemidos. En primer lugar, el gemido de la creación: toda la tierra gime como con dolores de parto, dice san Pablo. En realidad, la historia de la humanidad es una crónica de este gemido materno, el propio del trance de un nacimiento de algo que no termina de ver la luz. ¡Cuántos intentos a través de los siglos para hacer un mundo en el que se respire la paz, Dios no sea un extraño y el prójimo sea un verdadero hermano! El gemido de la creación tiene que ver con ese mundo inacabado, como si de una sinfonía incompleta se tratase. Y por este motivo gime la tierra, gime la historia, gime la humanidad en cada una de sus generaciones: viejos y nuevos pecados, antiguos y modernos desastres, siembran de errores y horrores el paso de los hombres hasta el punto de gemir como se gime en un parto en el que no se consigue que nazca la nueva creación deseada.

Hay un segundo gemido al que se refiere Pablo: el gemido de aquellos que hemos recibido las primicias de la fe. Es decir, también nosotros gemimos en nuestro interior, porque también nosotros, los creyentes, tenemos dificultades, lagunas, inmadureces, lentitudes, también nosotros tenemos pecados. Estamos hechos de la misma pasta, y nuestra libertad se juega a diario en el
noble intento de responder a la gracia que nos llama y nos acompaña. Nuestro gemido es una pregunta a flor de piel, esas preguntas de las que el poeta Rainer María Rilke hablaba para indicar las cosas no resueltas en el corazón. El gemido de nuestra vida nos hace mendigos junto a una creación mendiga también, con la que solidariamente reconocemos que algo nos está faltando
porque no terminamos de descubrirlo o porque lo hemos descuidado.

Si todo quedase aquí, estaríamos ante el triste relato de una impotencia, de un fracaso, que termina en incapacidad y que acaba en llanto. Pero este doble gemido nos pone en una actitud de espera, que coincide con lo que el mismo Dios ha querido también asumir: gemir con nosotros. Efectivamente, el tercer gemido es para san Pablo el gemido del Espíritu que clama
en nosotros: «Abba, Padre». Toda la realidad inacabada de la historia de la humanidad y de la historia personal de cada hombre no concluye fatalmente en la llantina desesperada y estéril de nuestra orfandad, sino en ese grito de Dios con el que su Espíritu nos vuelve a hacer hijos. «Abba, Padre», pone en nuestra condición huérfana la alegría de la filiación divina como última e
inmerecida palabra.

Los contemplativos son los custodios de estos tres gemidos, haciendo suyo el de la historia, el de cada corazón, en una incesante plegaria, y haciendo especialmente suyo el gemido de Dios con el que dar a la Iglesia y a la entera humanidad la filiación y su cobijo. De este modo interceden ellos, los contemplativos, por todos los demás hermanos en la Iglesia. Para esto guardan el silencio y cuidan la soledad, para poder escuchar los tres gemidos junto a la Palabra de Dios y para poderlos testimoniar en la Presencia del Señor.

+ Jesús Sanz Montes, OFM
Obispo de Huesca y de Jaca
Presidente de la C.E. para la Vida Consagrada

sábado, 6 de junio de 2009

Desde un Carmelo Descalzo


Preguntar a una monja carmelita por qué lo es, qué la ha llevado al claustro, a la vida contemplativa, es algo que quizá puede hacer sonreír, pero tras la sonrisa de una descalza se esconde un secreto, el secreto de una historia de Amor. Una carmelita descalza es un alma enamorada. Un día el Hijo de María la enamoró, y ella se dejó prender en sus redes, y de la mano de su Madre, que le levantó el velo, pudo ver su Corazón blando, manso, humilde y paciente. Fue Él, el Hijo de Dios, el que la llamó y le abrió la Casa de su Madre, el jardín de santa María, ese huertecillo cerrado donde mora el Dios Vivo, percibido en ese viento suave y delicado de nuestro padre san Elías; esa Montaña Santa en donde se oyen resonar las frescas palabras de nuestra madre santa Teresa: «el estilo que pretendemos llevar es no sólo de ser monjas, sino ermitañas, y así se desasen de todo lo criado».

Sí, la carmelita es una ermitaña, una ermitaña de la Virgen María a quien está consagrada, a quien pertenece desde su entrada en su palomarcico. Desde que aprende la monja a hacer su celdilla en el Pecho de esta Madre dulcísima, empieza a serlo de veras; su santo escapulario son los brazos purísimos que la asen a su regazo, y le hacen sentir que el yugo de Cristo es suave y su
carga ligera; así se pierde en María para encontrarse en Jesús, ese Jesús cuyo Espíritu clama en ella «Abba, Padre».

La carmelita es feliz en su Carmelo, inmensamente feliz. Con frecuencia se siente indigna, muy indigna de estar en este lugar sagrado, por eso se descalza, porque la tierra que pisa es santa, porque sabe que está ante la zarza ardiente, que Dios la llama a hablar con Él cara a cara, y necesita dejarlo todo y dejarse a sí misma para volar libre y ligera hasta el Corazón de su Señor. Por eso permanece siempre en «su sitio», su nido, su amada celda. Desde su celda contempla el pedacito de cielo que se ve desde el Carmelo, y piensa cuán atinada estuvo su santa Madre al decir: «Esta Casa es un Cielo, si lo puede haber en la tierra, para quien se contenta sólo de contentar a Dios y no hace caso de contento suyo.»

En su celda no hay nada, es pobre, muy pobre, por eso sospecha que le gusta tanto a Dios. Y sueña la carmelita con Cristo pobre, y el corazón se le ensancha y lo vierte en su Esposo, y con Él trata de amores y le canta y le llama: ¡Ven, Señor Jesús! Ama a su Dios sobre todas las cosas y ama por todos y cada uno de sus hermanos los hombres. Ora intensamente por los que hablan
a los hombres de Dios, mientras ella habla a Dios de los hombres.

Sabe que es como la raíz de un bello rosal, por eso desaparece. Su presencia es oculta y silenciosa, pero real; ella sabe que cuanto más profundice en el arte divino de esconderse, que cuanto más hondo sea su sacrificio y su silencio, más fecundo será su apostolado y más auténtica y genuina su vida carmelitana.

Se siente dichosa de vivir en todo instante de una vida sólo para Dios. ¿No es acaso Él digno de que haya almas que se le consagren así, para vivir dedicadas sólo a su amor y su culto? Así se siente feliz al ser llamada a esta vida esponsal, y este amor la impulsa a inmolarse sin descanso por la Iglesia y sus pastores, por la extensión del Reino de Dios en el mundo. Y es que en el pecho de la descalza bulle un corazón sacerdotal. Y acaricia el ideal de ser madre espiritual de todos los sacerdotes del mundo, de los capitanes de este castillo. Y suplica a su Majestad le conceda dar su vida por ellos, para presentárselos a su Esposo como el fruto fecundo de su Amor. «Por ellos me consagro yo...». Y aletea el espíritu de su Madre Fundadora que pone a sus sacerdotes y Príncipes de la Iglesia como el centro de una llamada y una misión: «Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor». Para ello aspira a la perfección de la caridad, guardando su corazón sólo para Cristo, con el fin de poder llegar a transformarse por amor, en Él, para poder gozar de su Esposo amado, que es el Tesoro escondido en el campo de su alma.

Todo es pobre en los carmelos, todo en ellos recuerda al santo portalico de Belén, y así la Santa Madre apremia amorosamente a vivir esta virtud evangélica «en casa, en vestidos, en palabras y mucho más en el pensamiento». Su pobre hábito de sayal, su capa blanca y sus pies descalzos le recuerdan que es toda de Cristo al que ama, al que quiere imitar por el camino del Evangelio, es un eco de la coplilla teresiana: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios, basta.»

Se puede ser feliz sin nada en absoluto, sólo con Él, que llena nuestras almas y nuestros días de un amor incomparable y «compañero nuestro es en el Santísimo Sacramento». Y quiere la carmelita imitarle, y seguir ese camino real de silencio, ocultamiento e inmolación de nuestros sagrarios, y así se siente inmensamente feliz de ser la lámpara viva que se gaste a sus pies. «Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche...», y se pierde en el amor de Dios.

La labor de manos sencilla –que no ocupe la mente–, la oración, la Eucaristía, la Liturgia de las Horas, el silencio y el recreo, nos recuerdan que nuestra vida es un reflejo de Nazaret, y de la Virgen María que nos grita en el hondón del alma que en esta casa lo primero es Dios, que Él es el centro, nuestro corazón y nuestra vida. «Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle consigo y hablar con Él... sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad.»

Y así siente la monja descalza fluir de sus labios esta sencilla oración: Bendito Carmelo, donde reinan la Caridad y el Amor, ¿cómo te pagaré tantos beneficios?

Decir Carmelo, es decir oración y también decir Caridad, la más pura caridad evangélica. Los palomarcicos de la Virgen Nuestra Señora son casas llenas de equilibrio humano y sobrenatural. El perfume y el calor de Jesús invade el Carmelo y el distintivo de sus discípulos reina entre sus esposas. Este es el cimiento del «estilo de hermandad» legado en herencia por la Santa Madre. La carmelita percibe dulcemente la sorpresa de las almas que se acercan a sus rejas y sienten la alegría que brota de dentro. ¿Cómo no estar alegre, cómo no irradiar una gran alegría si Cristo las llena desde dentro?

La soledad y el silencio no impiden la comunión fraterna, sino que la vigorizan y la hacen sólida y ardiente de caridad.

En su vida comunitaria la carmelita es una «cristiana en acción», que pasa de puntillas por el convento, haciendo el bien y llevando prendido en el alma el Mandamiento Nuevo, siempre en aras de la santa obediencia, virtud muy querida para ella, pues le transmite, juntamente con la regla, constituciones y costumbres santas, lo más sagrado y lo más importante para ella: la Voluntad Divina, que es lo mismo que decir el mismo Dios. Así se sirve de los signos externos inspirados por el Espíritu Santo como medio y trampolín para saltar a su Dios, y vivir hacia dentro, hacia el interior del castillo donde ocurren las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.

¿Qué más puede decir una carmelita? Dar gracias y mil gracias por el don de la vida contemplativa, que le ha enseñado a amar como Cristo y que es realmente fuente y llama de amor viva, foco luminoso para que el mundo no pierda la capacidad de amar.

Esta es la perla preciosa; este el tesoro escondido, la preciosa margarita que un día se nos dio en herencia y que no acaba aquí, sino que se prolongará en un amor eterno. «¿Qué será cuando veamos a la Eterna Majestad?», si aquí de tanto quererle, ¡qué dulce se hace la vida!

Si la intimidad divina es el carisma y el apostolado específico de la carmelita descalza, ¡qué gozo saber que está llamada a saborear, ya desde ahora, a vida del Cielo!

«¿Quién os trajo acá, doncella del valle de la tristura?: Dios y mi buena ventura». Dios, María, Cristo, ese Cristo cuyo Espíritu clama en nosotros: «Abba, ¡Padre!».

Una hija de santa Teresa

miércoles, 3 de junio de 2009

Un día en el Convento de las Hermanas Clarisas de León

Suena el timbre: comienza la jornada, aunque en la enfermería llevan ya un rato despiertas, ayudando a levantar a las hermanas que no pueden hacerlo solas.
Si salimos a la huerta vemos a algunas monjas que aprovechan el fresco de la mañana para regar los jardines, mientras otra pasea por la muralla pasando entre sus dedos las cuentas del rosario. De vez en cuando mira hacia lo alto, y da gracias a Dios por el nuevo cielo que hoy ha pintado para los hombres. Arriba, la hermana luna, a un lado la catedral, de frente algunas nubes se dejan colorear por los nacientes rayos del hermano sol que comienza a asomar en el paisaje, y una multitud de pájaros revoloteando en círculos y piando dando la bienvenida al nuevo día que nace.
El reloj del Coro da las 7 y se oye a una sola voz, el saludo de la comunidad a Jesús Eucaristía: "Te adoramos Santísimo Señor Jesucristo, aquí y en todas las iglesias que hay en todo el mundo, y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo".
Ofrecemos al Señor el día que tenemos por delante y tras una hora de oración personal elevamos a Dios nuestra alabanza con el canto de Laudes. A continuación le ofrecemos a nuestra Madre, la Virgen María, el rezo del rosario y seguimos con la oración de Tercia. A su término, la comunidad, en procesión y en silencio, se dirige al Refectorio para el desayuno.
Son las 9 y media cuando se oye la campana que nos llama a trabajar. El trabajo, manual lo realizamos en común y está distribuido en dos talleres: confección y bordado de ornamentos litúrgicos y encuadernación. Cuando el reloj da la hora, en cada oficina, las voces de las hermanas se unen para hacer una plegaria y una comunión espiritual. Es la manera de no apagar el "espíritu de la santa oración y devoción, al cual deben servir todas las demás cosas temporales", como nos recomienda nuestra seráfica Madre Santa Clara en su Regla. También es habitual que se rece durante el trabajo la "corona franciscana".
¿Dónde va esa hermana que sale de la oficina? Es la hora de su "vela". Durante la mañana y la tarde acompañamos a Jesús Sacramentado en el Sagrario. Lo hacemos por turnos de media hora. Antes estábamos dos hermanas en cada turno, ahora, como somos menos, algunas hermanas están solas.
Pero si ya es la una, ¡cómo pasa el tiempo! De nuevo se oye la campana llamando a la comunidad al rezo de Sexta. Después un breve examen sobre la mañana transcurrida y el Ángelus.
En procesión y recitando el salmo 129 vamos al refectorio para la comida, que se hace en silencio mientras una hermana lee, primero el evangelio y después noticias de la Iglesia, mensajes del Papa o circulares.
Acabada la refección llega el momento de la recreación en el que las monjas, mientras sus manos mueven con garbo la aguja del ganchillo, comentan acontecimientos de actualidad o la Palabra de Dios y su vivencia, comparten noticias de sus familias o comunican si alguien se ha acercado al torno para pedir oraciones y las intenciones concretas. Algunas veces, dejando salir a las niñas que llevamos dentro, jugamos a la comba o a la pelota, llenando el ambiente de risas y algarabía.
El sonido del timbre paraliza toda acción. Son las dos y media. Es tiempo de silencio. Nos retiramos a las celdas para descansar, si lo necesitamos, o realizar otra actividad que no rompa el silencio.
A las cuatro menos veinte, el timbre nos convoca de nuevo en el Coro para el rezo de Nona y la lectio divina. Seguidamente el tiempo dedicado a la formación permanente o al ensayo de los cantos para la Misa y el Oficio divino. A las cinco las hermanas regresan al trabajo o a atender las distintas oficinas necesarias para la buena marcha del convento: biblioteca, archivo, economato, secretaría… hasta las 6 y media aproximadamente.
Hasta las 7 y cuarto contamos con un tiempo libre, que aprovechamos para dar un paseo, regar jardines, leer o nuestras devociones personales; tiempo para desconectar de las ocupaciones cotidianas y prepararnos para el momento cumbre de la jornada: la Eucaristía, "Sagrado Banquete en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura".
¿Pero por qué empieza de manera distinta? Porque la celebramos unida a la hora de Vísperas y lo primero es el himno y los salmos, que cantamos todos los días para dar más solemnidad a nuestra alabanza.
Al finalizar, la oración personal se prolonga hasta las nueve menos cuarto, hora en que cantamos a la Virgen la "Tota Pulcra", rezamos el Ángelus y hacemos la consagración al Corazón de Jesús, para acabar este tiempo de oración con el Oficio de Lecturas. Los sábados y vísperas de solemnidades lo rezamos a las once y media de la noche, para conservar el carácter nocturno de esta Hora.
Salimos a cenar. Todo se desarrolla como en la comida. Cuando es fiesta, la madre levanta el silencio y podemos hablar, como acto de fraterna familiaridad. Y después, el recreo.
La jornada está llegando a su fin. Por última vez en el día, el timbre nos devuelve al silencio y nos lleva al Coro para el último acto de comunidad: el rezo de Completas.
Son las diez y media de la noche. Nos retiramos a las celdas para imitar con nuestro descanso a Jesús que reposó en el sepulcro, y pedimos al Señor que al levantarnos mañana, le imitemos también resucitando a una vida nueva.
¿Quieres conocer más de cerca nuestra vida? Te invitamos a hacerlo...
Paz y Bien
Sor Mª Cristina de la Eucaristía, o.s.c.
Para más información
y orientación vocacional:
CONVENTO DE SANTA CRUZ
C/ Cardenal Landazuri, 8
24003 LEÓN (ESPAÑA)
Tfno: 987 23 63 34
Mail: santacruzleon@gmail.com

CARTA DE APERTURA DEL AÑO SACERDOTAL

Queridísimos Sacerdotes:

Dentro de unas dos semanas – viernes 19 de junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús – podremos vivir un intenso momento de fe, muy unidos al Santo Padre y entre nosotros, cuando en la Basílica Papal de San Pedro en el Vaticano celebraremos las Vísperas e comenzaremos el Año Sacerdotal.

Estamos ciertamente llamados a la conversión en cada día, pero en este Año lo somos en una manera muy particular, juntamente a cuantos han recibido el don de la Ordenación sacerdotal. ¿A qué debemos convertirnos? Conversión para ser siempre más auténticamente aquello que somos, conversión hacia nuestra identidad eclesial para un ministerio que sea absolutamente consecuente con dicha identidad, con el fin de que una renovada y alegre conciencia del nuestro “ser” determine nuestro “hacer”, o mejor, ofrezca el espacio a Cristo, Buen Pastor, para que El pueda vivir dentro de nosotros y actuar a través de nosotros.

Nuestra espiritualidad no puede ser otra que la de Cristo, único y Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento.

En este Año, que el Sumo Pontífice ha providencialmente proclamado, buscaremos todos juntos la referencia a la identidad de Cristo, Hijo de Dios, en comunión con el Padre y el Espíritu Santo, hecho Hombre en las entrañas virginales de María; a su misión de revelar al Padre y a su admirable diseño de salvación. Esta misión de Cristo comporta también la construcción de la Iglesia: El Buen Pastor (cfr. Ju. 19, 1-21), que da su vida por la Iglesia (cfr. Ef. 5, 25).

Convertirse sí cada día para que el estilo de vida de Cristo sea cada vez más el estilo de cada uno de nosotros.

Debemos ser para los hombres, debemos comprometernos a vivir en comunión con el santo y divino amor con la gente; un amor que da la vida (he aquí incisa la riqueza del sagrado celibato), que obliga a la solidaridad auténtica con los que sufren y con los pobres de toda pobreza.

Debemos ser obreros para la construcción de la única Iglesia de Cristo por lo cual debemos vivir fielmente la comunión de amor con el Papa, con los Obispos, con los hermanos sacerdotes y con los fieles. Debemos vivir la comunión con camino jamás interrumpido de la Iglesia en el interior del Cuerpo místico.

Debemos poder correr espiritualmente en este Año “dilatato corde” correspondiendo a nuestra vocación para así poder mejor decir con verdad: “no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mi” (Gal. 2, 20).

La santidad de los sacerdotes esparce todo un beneficio al Cuerpo eclesial y es por eso que los fieles ordenados – como también los seminaristas, religiosos, religiosas y fieles laicos – todos juntos podremos encontrarnos en la Basílica Vaticana en ocasión de la Vísperas presididas por el Santo Padre, después de haber acogido la reliquia del corazón de aquel luminoso modelo, que es San Juan María Vianney.

Todos aquellos que no tendrán ocasión de estar presentes podrán unirse espiritualmente en sus propios lugares.

Entrada a la basílica a las 16,00.
Llegada de la Reliquia a las 17,30. Seguirá la celebración de las Vísperas.
Los billetes para la entrada se deberán pedir por medio de fax (+39 0669885863) a la Prefectura de la Casa Pontificia y se entregarán un día antes en el “Portone di Bronzo”, debajo de la columnata, al lado de la Basílica.

Los Sacerdotes vestirán el hábito propio; los Religiosos el del Instituto al que pertenecen.

El Año Sacerdotal terminara con una Reunión Internacional en Roma, los días 9-10-11 de junio de 2010. Se dará amplia información sobre el tema durante este mes de junio.

Todos cuantos tengan interés en participar y para cualquier asunto pueden ponerse en contacto con la “Opera Romana Pellegrinaggi”, Via della Pigna 13/a, I-00186 Roma – tel. (0039)06-698961.


 Mauro Piacenza
Arzob. Tit. de Vittoriana
Secretario