lunes, 25 de enero de 2010

La conversión (y vocación) del apóstol Pablo

En la fiesta de la Conversión del Apóstol Pablo:


viernes, 22 de enero de 2010

Mi vocación: el Carmelo


¡Alabado sea Jesucristo!
A través de este blog quiero compartirles mi experiencia de 3 meses en el Carmelo Descalzo y mi llamada a la vida religiosa.
Me llamo Daniella Martínez Buysse, tengo 17 años de edad.
A pesar de mi corta edad, el Señor muchas veces me ha manifestado mi Vocación al Carmelo Descalzo. Mi primero Colegio se llamó El Carmelo, a los 11 años de edad me vistieron de Carmelita en honor a Santa Teresita por su día, en esos momentos de mi vida comencé a sentir ese profundo deseo de ser Religiosa. También el año pasado fui a una Escuela de Animadores Misioneros (ESAM) en Valencia- Venezuela, nos hospedamos en una hacienda llamada Monte Sacro y en esa hacienda había un monasterio de Carmelitas. Ahí las vi por primera vez y me entro esa curiosidad por conocerlas mejor, hice muy buena amistad con ellas y me permitieron hacer un retiro de 6 días dentro del Monasterio, fue muy hermoso, entonces termine de enamorarme del Carmelo Descalzo. No me quede definitivamente porque debía viajar a Bucaramanga- Colombia, ya que estaba haciendo Discernimiento Vocacional con las Hermanas Misioneras de Santa Teresita; viaje a Bucaramanga y a los meses me di cuenta que mi vocación no estaba en ese lugar, y solo le pedía al Señor que me diera una pista o que me ayudara en lo que estaba pasando, y así fue, el Señor me ayudo, pues a los pocos días, las Hnas. Misioneras y yo íbamos a un retiro espiritual y sin yo esperarlo de mi Dios pasamos por un Monasterio Carmelita, en ese momento desee entrar ahí y ser Carmelita Descalza, es que el nombre del Carmelo Descalzo produce en mi un deseo inmenso de consagración a Dios.
A los pocos días hable con las Hnas. Misioneras, les pedí permiso para hacer una experiencia en el Carmelo y ellas muy generosas me dejaron hacer mi experiencia en el Carmelo como parte de mi Proceso de Discernimiento; ese mismo día llame a las Carmelitas y las fui a visitar, y lo mejor fue que en un mes estaba aceptada en el Carmelo, Ingrese un 18 de Junio, día en que se iniciaba el Año sacerdotal.
Cuando entre al Carmelo me costaba mucho el Silencio, ya que soy una persona muy conversadora y alegre, pero me atrae el Carmelo por su Fraternidad y vida de Oración. Por otro lado se me hizo muy fácil la integración en la comunidad, ya al cuarto día de mi ingreso del estaba bailando y cantando a las Hnas. Me gusta mucho la Música, sobretodo el cantarle a mi Señor, son dones que sin duda me gustaría colocarlos al servicio de la comunidad y de la Iglesia.
Siento que nací para carmelita; todo el ideal de este carisma enciende un fuego ardoroso en mi corazón.
Me encanta la Alegría de Sta. Teresita de los Andes, el Caminito de infancia de Sta. Teresita, el recogimiento interior de Sor Isabel, las Poesías del Santo Padre, y la fortaleza y la fe de la Sta. Madre.
El Carmelo es un foco de irradiación universal que expande en la oscuridad del mundo sus rayos de Fe, Esperanza y Caridad.
He sentido que las Carmelitas son la Raíz de la Iglesia, las que extraen la savia espiritual y luego la entregan generosamente al Cuerpo Místico. Somos, como quería la Sta. Madre Teresa de Jesús, un pequeño ejército que desde la humilde penumbra de nuestra clausura, reforzamos la iglesia militante, pedimos por la iglesia purgante y nos encontramos con la iglesia triunfante… Les suplico que me encomienden en sus oraciones para que el Señor me conceda la gracia de militar muy pronto en estas filas.
FRATERNALMENTE: Daniella

jueves, 21 de enero de 2010

La dirección espiritual

Levántate y vete, a Damasco, allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas. Hch 22,10
La dirección espiritual no es, en realidad, un paso más en el proceso de dis­cernimiento vocacional; es un recurso que puedes aprovechar en cada uno de los pasos.
El director espiritual te motivará a orar y a percibir los signos de la volun­tad de Dios; te indicará dónde obtener la información y te ayudará a reflexio­nar En el momento de la decisión se alejará de ti para que tú, frente a Jesús, li­bremente respondas a su llamada. Te ayudará a que te prepares conveniente­mente para ingresar en una casa de formación. Su oración y sacrificio por ti te alcanzarán del Espíritu Santo, la luz para descubrir tu vocación y la fuerza pa­ra seguirla.
Si bien es cierto que la vocación es una llamada de Dios que nadie puede es­cuchar por ti ni responder a ella en tu lugar, también es cierto que necesitas de alguien que te acompañe en tu discernimiento vocacional.
Es fácil hacerse ilusiones: podrías creer que es un llamado de Dios lo que tal vez sea sólo un deseo tuyo, o bien podrías pensar que no tienes vocación cuan­do en realidad Dios te está llamando. Dialoga con tu director espiritual para clarificar la autenticidad de tu vocación.
Jesucristo, después de habérsele aparecido a Pablo en el camino de Damas­co, le dijo que fuera con Ananías y que éste le indicaría cuál era la voluntad de Dios. Aunque Cristo hubiera podido decirle a Pablo lo que quería de él, quiso valerse de Ananías para hacerle descubrir su vocación (cf Hch 22, 10-15).
En el discernimiento del proyecto de Dios sobre ti no puedes prescindir de la mediación de la Iglesia.
Descubrir tu vocación no es fácil, pero tampoco es imposible Si con since­ridad te pones a buscar la voluntad de Dios y realizas los pasos que aquí te su­giero, creo que podrás encontrarla.
De muchas maneras Dios te está revelando la manera como quiere que co­labores en la instauración de su reino. El es el más interesado en que tú descu­bras y realices tu vocación. Por eso haz oración, dialoga con tu director espiri­tual, percibe, infórmate, reflexiona, decídete y actúa.

martes, 19 de enero de 2010

Oración de la entrega total


Te entrego, Señor, mi vida; hazla fecunda.
Te entrego, Señor, mi voluntad; hazla idéntica a la tuya.
Toma mis manos; hazlas acogedoras.
Toma mi corazón; hazlo ardiente.
Toma mis pies; hazlos incansables.
Toma mis ojos; hazlos transparentes.
Toma mis horas grises; hazlas novedad.
Toma mi niñez; hazla sencilla.
Toma mis cansancios; hazlos tuyos.
Toma mis veredas; hazlas tu camino.
Toma mis mentiras; hazlas verdad.
Toma mis muertes; hazlas vida.
Toma mi pobreza; hazla tu riqueza.
Toma mi obediencia; hazla tu gozo.
Toma mi nada; hazla lo que quieras.
Toma mi familia hazla tuya.
Toma mis amigos; hazlos tuyos.
Toma mis pecados, mis faltas de amor,
mis permanentes desilusiones. Transfórmalo todo.
Toma mis cruces y déjame volar.
Toma mis flores marchitas y déjame ser libre.
Hazme nuevo en la donación, alegría en la entrega,
gozo desbordante al dar la vida, al gastarme en tu servicio.

lunes, 11 de enero de 2010

GASTAR LA VIDA



Jesucristo ha dicho: “Quién quiera economizar su vida, la perderá;
y quién la gaste por Mí, la recobrará en la vida eterna”.

Pero a nosotros nos da miedo gastar la vida, entregarla sin reservas.
Un terrible instinto de conservación nos lleva hacia el egoísmo,
y nos atenaza cuando queremos jugarnos la vida.

Tenemos seguros por todas partes para evitar los riesgos.
Y sobre todo está la cobardía...

Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida.
Pero la vida Tú nos la has dado para gastarla;
no se la puede economizar en estéril egoísmo.

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen;
hacer un favor al que no lo va a devolver;
gastar la vida es lanzarse aun al fracaso, si hace falta,
sin falsas prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo.

Somos antorchas que sólo tenemos sentido cuando nos quemamos;
sólo entonces seremos luz.

Líbranos de la prudencia cobarde,
la que nos hace evitar el sacrificio y buscar la seguridad.

Gastar la vida no se hace con gestos ampulosos y falsa teatralidad.
La vida se da sencillamente, sin publicidad,
como el agua de la vertiente, como la madre da cl pecho a su bebé,
como el sudor humilde del sembrador.

Entrénanos, Señor, a lanzarnos a lo imposible,
porque detrás de lo imposible está tu gracia y tu presencia;
no podemos caer en el vacío.

El futuro es un enigma,
nuestro camino se interna en la niebla;
pero queremos seguir dándonos,
porque Tú estás esperando en la noche,
con mil ojos humanos rebosando lágrimas.

Lucho Espinal

lunes, 4 de enero de 2010

Vocación y vocaciones, profesión, matrimonio...


Muchas veces surgen preguntas comunes acerca de la vocación. Preparando un retiro para unas religiosas contemplativas, he tenido oportunidad de releer estos textos de la clásica obra del P. Severino María Alonso, cmf "La vida consagrada. Síntesis teológica":

La palabra "vocación" es una de las palabras más gastadas, más en uso y abuso en nuestro vocabulario habitual. Hay que devolverle su sentido primero, original. Vocación quiere decir llamada. Y llamada de Dios. Y dice siempre relación directa inmediata a la salvación sobrenatural.
Vocación cristiana
La llamada de Dios a la existencia no puede definirse, estrictamente hablando, como vocación. Dios no llama tampoco, propiamente, a ninguna tarea humana y temporal. Sólo en sentido amplio puede hablarse de vocación a desempeñar una misión en el orden temporal.
Dios llama a la salvación sobrenatural y llama a trabajar por la salvación sobrenatural de los demás. Dios llama al hombre –a todo hombre- a la amistad y la filiación divinas. Esta es la vocación más fundamental, base de toda ulterior vocación. El hombre, históricamente, no ha tenido nunca otra vocación. Ha sido pensado y elegido en Cristo para ser amigo y para ser hijo de Dios. Y, como es claro, en un orden sobrenatural, de gracia. "La vocación última del hombre –dice el Concilio_ en realidad es una sola, es decir, divina" (GS 22). "La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios" (GS 19).
Pero Dios llama al hombre en una comunidad de salvación y desde una comunidad de salvación, que se llama Iglesia. Por eso, la vocación cristiana es vocación en Cristo y vocación en la Iglesia.
La llamada es personal y se dirige a la persona. La vocación tiene una estructura de diálogo. Hay quien llama, quien escucha y quien responde.
Esta vocación a la amistad y a la filiación divinas sólo nos llega y se realiza en Cristo y en su Iglesia. Esta es la vocación cristiana, común a todos los hombres, que es la vocación más fundamental de todas. Sólo desde aquí tienen sentido y pueden entenderse las llamadas "vocaciones de consagración" –aunque esta denominación no nos convence del todo. El Concilio habla de vocación sagrada y de vocación divina.
Esta vocación es una elección de Dios libre y gratuita. Excluye, por lo mismo, toda idea de mérito. Y su raíz última es el amor.


Sentido bíblico
Lo primero que resalta en la vocación divina es la iniciativa de Dios, lo mismo que en la Alianza, la iniciativa es exclusivamente suya. La llamada es libre y gratuita. El diálogo lo abre siempre Dios. Y aquí descubrimos el carácter absolutamente original del seguimiento de Cristo: no espera a que vengan a él sus discípulos; los llama. Y un día podrá decirles a todos: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros" (Jn 15,16).
La vocación, antes de ser una respuesta del hombre y para poder ser respuesta del hombre, es llamada de Dios. Ya hemos dicho que la estructura de la vocación es una estructura de diálogo. Hay quien llama, quien escucha y quien responde. Y esta respuesta se da sólo en la fe, que es también diálogo.
Dios llama. Y llama objetivamente. A través de los acontecimientos y a través de los dones –de naturaleza y de gracia- concedidos a la persona. Y así habla Dios.
Y en Dios llamar es dar la posibilidad de responder, es crear en el llamado una real capacidad de respuesta. No es simple llamada exterior o interior. Es un don objetivo. Algo de esto quiere decir esa expresión, tan oída, de que Dios da siempre las gracias necesarias para desempeñar dignamente la misión que confía a una persona.


Vocación y profesiones humanas
En sentido estricto no puede llamarse vocación a los diversos estados, condiciones o situaciones sociales en que puede encontrarse un cristiano. Hemos abusado mucho del término vocación. Dios, propiamente, no llama a desempeñar una tarea simplemente humana o natural. Las tareas y oficios temporales no son, en el sentido bíblico del término, vocación. Sólo en un sentido amplio y poco riguroso del término podría llamarse así. En cuanto que es Dios quien ha concedido a la persona los dones naturales y las aptitudes que posee y que la disponen o predisponen para el desempeño de una determinada actividad humana.
Cada cristiano tiene que vivir y realizar la vocación divina en medio de sus quehaceres humanos, no al margen de ellos. Pero esos quehaceres humanos no son, propiamente, vocación. Dios no llama a nadie a desempeñar una profesión humana y temporal. Tampoco impone ninguna verdadera obligación de aceptar esta o aquella forma de trabajo. Las profesiones humanas no implican, en este sentido, verdadera obligatoriedad moral. Nadie está obligado a desempeñar esta o aquella, Dios nos ha dejado absoluta libertad. Y el hombre puede libremente elegir. Donde no existe obligación de responder, tampoco existe llamada, la vocación lleva siempre consigo una verdadera obligatoriedad. Si Dios llama, es para que se le responda.
El matrimonio tampoco es, propiamente hablando una vocación divina; aunque de todos los estados simplemente humanos, es el que más se acerca, en su contenido, al sentido propio de vocación. Sobre todo si tenemos en cuenta que es un "sacramento", signo de una realidad sobrenatural.
Toda persona humana, física y psíquicamente normal, está destinada al matrimonio. Es una ley universal de la creación. Está destinada a poseer la vida en plenitud y, después a poder transmitirla, en el ámbito querido por Dios. Para seguir esta ley no se necesita una ulterior llamada de Dios, una vocación propiamente dicha. Basta la ley impresa en la misma naturaleza. Por eso, tampoco implica de suyo una obligatoriedad especial. No hay una llamada individual –una vocación. No tiene por qué haber tampoco una respuesta individual. Nadie está obligado personalmente, en virtud de esta ley universal que afecta más a la naturaleza humana que a cada persona en particular, a seguir el camino del matrimonio. Y donde no hay obligatoriedad, tampoco hay propiamente vocación divina, llamada de Dios.
Para vivir otro género de vida, que implica necesariamente una renuncia a este camino normal y a la ley natural de la creación, se precisa una vocación especial.
El matrimonio es una manera normal, ordinaria (LG 31) de vivir la vocación cristiana. Pero, en sí mismo, no implica una vocación especial.
La llamada a la virginidad consagrada no implica, ni mucho menos, deprecio del matrimonio y ni siquiera falta de atractivo humano y espiritual por él, como tampoco –claro está- incapacidad física o moral para fundar un hogar, vivir una vida de familia, tener unos hijos o saberlos educar. La persona llamada por Dios a vivir la virginidad sería de suyo, la más apta también para el matrimonio.


Vocación religiosa y sacerdotal
Tanto para el sacerdocio como para la vida religiosa se necesita una llamada positiva de Dios, una verdadera vocación, en el sentido más estricto de la palabra. Y es necesaria también una llamada de la Iglesia, la llamada de Dios y la respuesta del hombre son –básicamente- los dos elementos de la vocación cristiana y, en definitiva, de toda verdadera vocación sobrenatural.
Pero cuando una vocación tiene un marcado sentido social y un quehacer específico en la Iglesia, hay un tercer elemento, que es el reconocimiento, la aprobación y la llamada de Iglesia. Es decir, la llamada interior y divina se hace llamada exterior, eclesial.
Dios llama objetivamente, como hemos dicho. A través de los acontecimiento; a través de los dones y cualidades, de naturaleza y de gracia, concedidos a la persona. Estas cualidades objetivas son perfectamente constatables. Podríamos hablar de vocación objetiva. No hablamos de inclinación o de gusto o de sentimiento como elementos decisivos y constitutivos de la vocación divina, porque no lo son.
También hemos dicho que en Dios "llamar" es dar una posibilidad real de respuesta, es crear en el llamado una capacidad de responder, o sea, un conjunto de dones y de gracias que le hacen apto para ese nuevo estilo de vida a que Dios le llama.
Para saber si existe o no vocación religiosa o sacerdotal, habrá que examinar fundamentalmente estas dos cosas: la realidad de las aptitudes físicas, psicológicas, intelectuales y morales –lo que llamamos idoneidad- y el valor evangélico de las motivaciones –lo que se ha llamado la rectitud de intención.
Y habrá que tener en cuenta el sentido y el alcance de la llamada eclesiástica, ya que la vocación sacerdotal y religiosa implican esencialmente la llamada de la Iglesia.
Ambos elementos, el divino y el eclesiástico, pertenecen a la esencia misma de la vocación, de manera que si falta uno de ellos, la vocación no existe. La llamada de la Iglesia entra en la misma llamada de Dios, como parte integrante de ella.

viernes, 1 de enero de 2010

Feliz Año 2010


Gracias señor por todo cuanto me diste en el año que termina.
Gracias por los días de sol y los nublados tristes por las tardes tranquilas y las noches oscuras.
Gracias por lo que nos prestaste y luego nos pediste.
Gracias señor por la sonrisa amable y por la mano amiga, por el amor y todo lo hermoso, por todo lo dulce, por las flores y las estrellas, por la existencia de los niños y de las personas buenas.
Gracias por la soledad y por el trabajo, por las inquietudes y las dificultades, por las lágrimas, por todo lo que nos acerco a ti.
Gracias por habernos conservado la vida, por habernos dado techo, abrigo y sustento.
¿Que nos traerá el año que comienza?
Lo que quiera Señor pero te pedimos:

FE para mirarte en todo.
ESPERANZA para no desfallecer.
CARIDAD para amarte cada vez mas y hacerte amar por los que nos rodean.
Dadnos paciencia, humildad, desprendimiento y generosidad.
Dadnos Señor lo que Tu sabes que nos conviene y no sabemos pedir.
Que tengamos un corazón alerta, el oído atento, las manos y la mente activos y que nos hallemos siempre dispuestos a hacer tu voluntad.
Derrama Señor tu gracia sobre todos los que amamos y concede tu paz al mundo entero.

Así sea....