lunes, 29 de marzo de 2010

Un artículo interesantísimo...

Non praevalebunt

JUAN MANUEL DE PRADA Lunes , 29-03-10

ESCRIBÍA Chesterton que Cristo «no eligió como piedra fundamental al brillante Pablo ni al místico Juan, sino a un pillastre, un fanfarrón, un cobarde y, en una palabra, un hombre. Sobre esa piedra construyó su Iglesia; y las puertas del infierno no han prevalecido sobre ella. Todos los imperios y los reinos han perecido a causa de su debilidad inherente y continua, a pesar de haber sido fundados sobre hombres fuertes y sobre hombros fuertes. Sólo la Iglesia cristiana histórica fue fundada sobre un hombre débil, y por esa razón es indestructible». Parece evidente que si Cristo hubiese querido elegir a un hombre sin tacha habría podido hacerlo; aunque, en honor a la verdad, ninguno de sus apóstoles puede considerarse un «hombre sin tacha»: el «místico Juan», por ejemplo, pecaba de vanidad, como demuestra el hecho de que solicitara sin rubor sentarse a la vera de Cristo en el cielo; y al «brillante Pablo» lo afeaba cierto apego a los títulos mundanos, pues en su seguimiento de Jesús no renunció a la ciudadanía romana. Y de ese apego que, en estricto sentido, contrariaba el designio de Cristo, que ordenaba «dejarlo todo», surgió un gran bien para la Iglesia, que fue la predicación a los gentiles.
La Iglesia, en efecto, ha contado desde el instante mismo de su fundación con la debilidad de los hombres; y la acción de la gracia ha inspirado a esos hombres débiles, aun cuando seguían aferrados a su debilidad, en misiones que han deparado un enorme bien a la Iglesia. Quizá el caso más evidente sea el de Alejandro VI, a quien siempre se ha considerado el prototipo de Papa corrompido, entregado a debilidades escandalosas que la literatura anticatólica ha divulgado hasta el hartazgo. Pero Alejandro VI fue el muñidor del Tratado de Tordesillas, que encomendó la evangelización del Nuevo Mundo a España y Portugal, quizá la empresa más gloriosa acometida por la Cristiandad. Parece evidente que Alejandro VI no era un «hombre sin tacha»; pero, con sus tachas a cuestas, la acción de la gracia actuó a través de él, convirtiéndolo en instrumento magnífico del designio divino. Que la Iglesia es -en palabras de San Agustín- «santa y meretriz» es algo que cualquier católico debería saber: santa por inspiración divina; meretriz porque esa inspiración se encarna en hombres débiles, corrompidos por flaquezas a las que no siempre saben renunciar. Y tal naturaleza inextricable adquiere mayor misterio cuando miembros de la Iglesia de probada flaqueza alumbran misiones que redundan en beneficio de la Iglesia; misterio que los enemigos de la Iglesia han aprovechado siempre para instilar el veneno del desaliento y la desafección entre los fieles. Así está ocurriendo ahora, tras el desvelamiento de las flaquezas que ensuciaron la vida de Marcial Maciel.
Que Maciel, como Alejandro VI, no fue un «hombre sin tacha» parece fuera de toda duda. Pero extender su tacha a la misión que alumbró sería tanto negar la acción de la gracia y la naturaleza misma de la Iglesia, que fue fundada sobre los hombros de «un pillastre, un fanfarrón, un cobarde y, en una palabra, un hombre». Los enemigos de la Iglesia, que niegan su inspiración divina (tal vez porque son quienes mejor la conocen), pretenden que los católicos, en esta hora de tribulación, olviden que la acción de la gracia actúa también sobre pillastres, fanfarrones y cobardes; en una palabra, sobre hombres débiles que cargan con una misión que pone a prueba sus fuerzas, que desafía sus fuerzas, que con frecuencia excede sus fuerzas; hombres, en fin, que a veces traicionan esa misión con sus actos, como Pedro traicionó a Cristo, después de haber sido elegido como piedra fundamental de su Iglesia. Los enemigos de la Iglesia saben, desde luego, cómo suscitar farisaicamente escándalo y desaliento entre los católicos; saben cómo instilar el veneno del orgullo puritano entre quienes fueron llamados, con sus flaquezas a cuestas, a una misión que excedía sus fuerzas. El día en que los católicos llegaran a creer que la misión de la Iglesia depende de su condición de «hombres sin tacha», las puertas del infierno habrían prevalecido.
www.juanmanueldeprada.com

Sacerdote, testigo de la misericordia de Dios

sábado, 27 de marzo de 2010

domingo, 14 de marzo de 2010

IV Domingo de Cuaresma "El hijo pródigo y el Padre prodigioso"

El evangelio de este IV domingo de Cuaresma constituye una de las páginas evangélicas más sublimes. Nos hemos acostumbrado a escuchar la parábola del hijo pródigo, pero si se oye con unos oidos abiertos, como si fuera algo nuevo, resulta tan rica de matices, tan sorprendente, que lo mejor es simplemente pararse y contemplarla.
Quiero compartir con vosotros alguna reflexión en torno a esta imagen.
En primer lugar, es importante no olvidar quienes eran los destinatarios de esta parábola; eran los maestros de la ley, los fariseos, judios observantes de la Ley divina, escrupulosos en su cumplimiento y conocimiento, escandalizados por la actitud de Jesús de cercanía y misericordia hacia los cobradores de impuestos y demás pecadores públicos.
Les resultaba intolerable que alguien que se decía enviado por Dios pudiera contaminarse en el contacto con semejante gente. Particularmente grave era el hecho de que compartiera mesa y casa con esos "indeseables". Al menos Juan Bautista les fustigaba con su palabra, amenazaba con la venida de un Mesías a sangre y fuego que arrasaría toda iniquidad. Pero aquel galileo.... parecía tener sólo palabras amables, cariñosas para con los pecadores....
El hijo mayor representa a estos piadosos judios. Permanece en la casa del Padre, observa todos sus mandatos al milimetro, pero como un esclavo, no como un hijo. De hecho, su corazón está lejos del Padre aunque vivan bajo el mismo techo, porque se ha vuelto de piedra, incapaz de comprender y acoger. Él va a ser el gran perdedor de la historia; al menos el hijo pequeño fue capaz de reconocer su pecado, pero el mayor no, porque lo confunde con la virtud.
Y, ¿qué decir del hijo pequeño? Creía ser feliz lejos del Padre, ser libre, más hombre, independiente. Y le pide la parte de su herencia, que es tanto como decir "Para mí no existes, dejo de tener padre, quiero ser ya huerfano". Y se marcha persiguiendo sus ilusiones de felicidad, que son sólo sombras e ilusiones. Jesús subraya que llega a caer a lo más bajo en que nadie puede caer. ¿Qué puede haber más bajo para un israelita libre que cuidar cerdos, el animal impuro, siendo criado de un pagano y querer comer hasta la comida de los puercos sin poder hacerlo? Nada.
Y prepara su discurso mentalmente, su estrategia para cuando vuelva harapiento y arrastrado ante su padre: "Le diré he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco ser tu hijo. Acéptame, al menos, como criado".
Y se pone en camino...
Y cuando llega a la casa del padre, este, que salía cada mañana al camino para ver si le veía volver, no le deja ni soltar su argumento... le cubre de besos, le abraza y sólo acierta a decir llorando "Hijo mío, hijo mío". Le viste con la mejor túnica, le pone el anillo, símbolo de la filiación recuperada, y le pone las sandalias, símbolo de libertad y dignidad.
Que maravilla ¿verdad?

viernes, 12 de marzo de 2010

Seguir a Jesús, una aventura apasionante.


LA REALIDAD DEL JOVEN

El joven es un ser bombardeado de llamadas. Llamada a dar sentido a la vida; llamada a vivir bien sus distintas relaciones; llamada a elegir correctamente su futuro; llamada a responder con equilibrio en su dimensión afectiva y sexual; llamada a llenar su necesidad de ser amado y poder amar; llamada a optar por una carrera o profesión; llamada a ocupar adecuadamente su lugar en la sociedad; llamada a discernir dón­de le quiere Dios en el mundo y en la Iglesia.


Sólo cuando sabe elegir bien, sólo cuando responde correctamente a esas llamadas alcanza esa plenitud que tanto ansía y tanto le identifica con su verdad más profunda: ser hijo de Dios.


Diríamos, por tanto, que el ser humano es “un ser vocacionado”: llamado a elegir aquello que más le hace persona. Entre tantas experiencias, acontecimientos y personas que le “llaman” le provocan, le estimulan, le invitan, le agradan, es bueno seguir este principio: “Soy auténtico cuan­do elijo no lo que más me gusta o me apetece, sino lo que más me hace persona
Ahí tienes un buen criterio, para que tus respuestas a tantas lla­madas acierten en el blanco.

OPTAR EN LA VIDA POR JESUCRISTO

Entre tantas llamadas, una ha ido apareciendo con fuerza en tu vida: ser cristiano. Ser discípulo de Jesús. Ser hermano de todos los hombres. Ser seguidor de Aquel que llena, colma y ama tu vida en totalidad.


Vivir la experiencia de amistad con Jesús es el fenómeno más extraordina­rio que le puede ocurrir a un joven. Es sentirse abrazado por su ternura, su bondad, su personalidad desbordante. Jesús ama; y ama gratuitamente. Nos ha amado primero. Nos amaba desde el comienzo de los siglos. Nos ha amado desde el seno de nuestra madre. Pero su amor, porque quiere ayudar­nos a crecer en la Verdad, es exigente.


Jesús lo exige todo. Seguir radicalmente. No quiere cristianos de medias tintas, de mediocridades. Lo dice con toda claridad: “El que no está conmigo está contra mi. El que no recoge conmigo, desparrama”. Nos invita a par­ticipar de su plenitud, para llegar a la perfección del Padre. Quiere que participemos de su plenitud para ser testigos en medio del mundo, para ser constructores de su Reino
.

Jesús nos enseña (Lc 9,57-62) que las exigencias del Reino son mayores que las otras muchas llamadas que la sociedad, los padres o los proyectos humanos nos puedan sugerir. El Reino está por encima de cualquier situación. El Reino de Dios es vida y se preocupa de la vida de los hombres. ¡¡Se necesitan obreros, dispuestos a darlo todo, para construir ese Rei­no, para ser servidores de la vida!!


Para el Reino de Dios sólo valen personas fuertes, decididas, arriesgadas. Por eso, seguir a Jesús es la aventura más apasionante que un joven puede vivir.


Es ponerle a El como único tesoro, única perla preciosa por la que “vendo” mis proyectos y mi futuro, para servirle solo a El y a los hermanos.


PUNTO DE COMPROMISO.

Jesús llama, propone, invita. Respeta totalmente nuestra libertad. No fuerza, no rompe, no obliga. Pero si entre tú y él hay una verdadera amistad, al Amigo no se le defrauda. Al amigo se le da todo. “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.


“Elegir a Cristo es todo o nada, no hay término medio. ¿Llegarás has­ta llevar en tu cuerpo la marca candente de Jesús y de su amor? Se reconoce en ti cuando puedes decirle: “Tú me has amado primero”, tú eres mi alegría, mi amor esencial; que eso me baste”.


Quien quiera seguir a Jesús no pone condiciones, por muy nobles que estas parezcan (“Déjame primero enterrar a mi padre”, o “Déjame primero despedirme de mi familia”). Quien se decide a seguirle no vuelve la vista atrás.


Ante su llamada, ante la experiencia de Amistad, con El, ante la gran­deza del amor que ha derramado sobre nosotros, solo quedan tres actitu­des en el discípulo:


— Confianza absoluta en El: en su Persona, en su Palabra, en su propuesta de vida para ti y para mi.

— Humildad como el que sirve: El es Camino, Verdad, y Vida; El siendo Dios se hizo uno de tantos.

— Disponibilidad total a su voluntad: Como María, nosotros también, incluso cuando nos desborda su proposición, le decimos: “Hágase”. “Hágase, en mi, según tu Palabra”. Un “Sí” rotundo, un “Sí” definitivo, un “Sí” total.




lunes, 1 de marzo de 2010

El sacerdote es para vosotros...


El Papa Benedicto XVI inauguró el pasado 19 de junio del 2009, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, un Año Sacerdotal, con ocasión del 150 aniversario de la muerte del Santo cura de Ars, San Juan María Vianney.
El Santo Padre ha querido así que toda la Iglesia se una en oración agradecida a Dios por el don del ministerio sacerdotal, plasmado visiblemente en la entrega generosa y cotidiana, al servicio de la Iglesia y del mundo, de tantos sacerdotes.
Han terminado ya, felizmente, los tiempos de confusión pasados, con sus debates sobre si era necesario más sacerdocio o más laicado. Ahora que las “aguas” han vuelto a su cauce, vemos con nitidez que la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, no podría subsistir si faltase alguno de sus miembros; cuando uno de ellos se desarrolla, el resto crece armónicamente. Si tenemos familias cristianas que sean verdaderas “iglesias domésticas”, surgirán en ellas vocaciones a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal. Si hay vocaciones consagradas, habrá vocaciones sacerdotales y viceversa.
Sin sacerdotes no puede existir la Iglesia de Jesucristo, porque sin Eucaristía, sin el Cuerpo y la Sangre del Señor resucitado, no pueden existir comunidades cristianas en las que se viva el mandamiento nuevo del Amor. Jesús, en el momento supremo, antes del sacrificio de su vida en la cruz, estando con sus apóstoles en la Última Cena, instituye, al mismo tiempo, el sacramento eucarístico y el ministerio apostólico, llamado a continuar hasta su retorno glorioso.
El evangelista San Juan recoge, en el lugar que ocupa la fracción del pan en los evangelios sinópticos, el lavatorio de los pies. No hay oposición alguna entre ambos signos. Sin la vivencia del amor y del servicio, expresados radicalmente por el lavatorio, no es posible la eucaristía ni el ministerio sacerdotal, que es expresión y signo permanente del amor de Cristo servidor a su Iglesia. También el Señor instituye el sacerdocio cuando lava los pies a sus discípulos con el manto arremangado, como un esclavo, y la jofaina, porque esa es, precisamente, la misión permanente del sacerdote: la de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir, pasando por uno de tantos en humildad y entrega.
Así vivía su ministerio el Santo cura de Ars y así explicaba a sus feligreses lo que era el ministerio sacerdotal: “El sacerdote no es sacerdote para él mismo, lo es para vosotros”. Estas palabras, lejos de quedarse para él en una bella teoría, las ponía en práctica con sus agotadoras jornadas de trabajo parroquial. Destacaba especialmente por su profunda y constante oración, largas horas ante el sagrario, desde antes de que amaneciera. Se podía decir que vivía en el templo parroquial. “¡Él está allí!”, exclamaba el Santo Cura mirando el tabernáculo. “No hay nada más grande que la Eucaristía”, decía absolutamente convencido.
De esa honda contemplación de Cristo Eucaristía nació en San Juan María la actitud de misericordia que llevaba a su querido confesionario, en el que llegaba a estar más de diecisiete horas diarias para reconciliar las largas filas de penitentes, llegados de toda Francia atraídos por su fama de santidad.
Es cierto que la Iglesia y el mundo han cambiado mucho en poco tiempo. Nuestra sociedad no es la misma que se encontró el santo sacerdote. Pero el ejemplo de abnegación, de amor, de fidelidad, de primacía de la contemplación frente a la acción, de caridad pastoral, del Santo Cura, permanece imperecedero.
Este Año Sacerdotal nos invita a todos, como Iglesia, a dar gracias a Dios por el don de los sacerdotes, presencia de Cristo en el mundo, a los sacerdotes a revitalizar y profundizar el carisma que recibimos el día de nuestra ordenación. Y a los jóvenes que puedan sentir una leve inquietud, una cierta llamada hacia el sacerdocio, quizá viendo el ejemplo de su párroco o de otros sacerdotes, a preguntarse: “¿Por qué ellos sí y yo no?, ¿Por qué no entregar mi vida, mi juventud, mis ilusiones, a este proyecto tan grande?, ¿Por qué no podría ser yo también signo vivo de Cristo Buen Pastor, anunciando la Buena Noticia que el mundo necesita escuchar?

Rubén García Peláez