sábado, 17 de febrero de 2018

I Encuentro Camino


Las Madres Benedictinas de Sahagún, León, España y los Padres Maristas también de Sahagún.
Organizamos un encuentro de lectura de la Palabra de Dios para hacer VIDA el Evangelio.
Dirigido para hombres y mujeres de cualquier edad.
¡ANIMAOS!




miércoles, 14 de febrero de 2018

11 COSAS QUE CONVIENE SABER SOBRE EL MIÉRCOLES DE CENIZA


A pocos días del inicio de la Cuaresma, que sirve de preparación para la Pascua y que comienza este miércoles, recordamos algunas cosas esenciales que todo católico debe saber para poder vivir intensamente este tiempo litúrgico

1.- ¿Qué es el miércoles de Ceniza?

Es el primer día de la Cuaresma, es decir, de los 40 días en los que la Iglesia llama a los fieles a la conversión y a prepararse verdaderamente para vivir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en la Semana Santa.

El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. En este se explica que en la Misa, se bendice e impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos del año anterior. 

2.- ¿Cómo nace la tradición de imponer las cenizas?

La tradición de imponer la ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. Por aquel entonces las personas se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo.

La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi 400 años D.C. y a partir del siglo XI, la Iglesia en Roma impone las cenizas al inicio de este tiempo.

3.- ¿Por qué se impone la ceniza?

La ceniza es un símbolo. Su función está descrita en un importante documento de la Iglesia, más precisamente en el artículo 125 del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia:

“El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.

4. ¿Qué simbolizan y qué recuerdan las cenizas?

La palabra ceniza, que proviene del latín "cinis", representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Esta adoptó tempranamente un sentido simbólico de muerte, caducidad, pero también de humildad y penitencia.

La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin: "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gn 2,7); "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).

5.- ¿Dónde se puede conseguir la ceniza?

Para la ceremonia se deben quemar los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas son rociadas con agua bendita y luego aromatizadas con incienso.

6.- ¿Cómo se impone la ceniza?

Este acto tiene lugar en la Misa al término de la homilía y está permitido que los laicos ayuden al sacerdote. Las cenizas son impuestas en la frente, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras bíblicas: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio».

7.- ¿Qué hacer cuando no hay sacerdote?

Cuando no hay sacerdote la imposición de cenizas puede realizarse sin Misa, de forma extraordinaria. Sin embargo, es recomendable que al acto se preceda con una liturgia de la palabra.

Es importante recordar que la bendición de las cenizas, como todo sacramental, solo puede realizarla un sacerdote o diácono.

8.- ¿A quién se puede imponer la ceniza?

Puede recibir este sacramental cualquier persona, inclusive no católica. Como especifica el Catecismo (1670 y siguientes) los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos «preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella».

9.- ¿Es obligatoria la imposición de las cenizas?

El Miércoles de Ceniza no es día de precepto y por lo tanto la imposición de ceniza no es obligatoria. No obstante, ese día concurre una gran cantidad de personas a la Santa Misa, algo que siempre es recomendable.

10.- ¿Cuánto tiempo hay que tener la ceniza en la frente?

Cuanto uno desee. No existe un tiempo determinado.

11.- ¿Es obligatorio el ayuno y la abstinencia?

El Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia, como en el Viernes Santo, para los mayores de 18 años y menores de 60. Fuera de esos límites es opcional. Ese día los fieles pueden tener una comida “fuerte” una sola vez al día.

La abstinencia de comer carne es obligatoria desde los 14 años. Todos los viernes de Cuaresma también son de abstinencia obligatoria. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del rosario.

POR DIEGO LÓPEZ MARINA 

Fuente: ACI Prensa

martes, 13 de febrero de 2018

Los religiosos responden a preguntas que siempre te has hecho

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)
Queridos hermanos y hermanas:
            Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,[1] que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.
            Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).
            Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetas
            Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
            Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
            Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
Un corazón frío
            Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;[2] su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
            Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.[3] Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
            También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
            El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.[4]
¿Qué podemos hacer?
            Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
            El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos,[5] para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
            El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]
            El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
            Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.
El fuego de la Pascua
            Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
            Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
            En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,[7] para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
            Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
Vaticano, 1 de noviembre de 2017   
Solemnidad de Todos los Santos

FRANCISCO

domingo, 31 de diciembre de 2017

De periodista en Rome Reports a Hija de la Caridad

Era una chica más. Cumplía su sueño: ser periodista. Había trabajado en diversos medios y vivía en Italia para hacer noticias sobre el Vaticano en la agencia de noticias Rome Reports.

Patricia de La Vega dice que le encantaba lo que hacía. Sin embargo, algo cambió en su vida cuando descubrió que su vocación era servir a los más pobres de la sociedad. 

SOR PATRICIA DE LA VEGA
Hija de la Caridad
“Eso era algo con lo que había soñado desde que era pequeña, pero llegó un momento en el que vi que eso no llenaba toda mi vida, que había algo que me faltaba. Y entonces fue a través del contacto con las personas que más lo necesitan cuando ahí descubrí que en ese caminar juntos, eso a mí me hacía feliz, eso es lo que llenaba toda mi vida. Y pensé: “Esto es lo que quiero para siempre”.

Fue así como conoció a las Hijas de la Caridad, congregación ligada a San Vicente de Paúl, y comenzó a repensar su camino. Dice que no fue fácil, y que pasó miedo, pero tomó aire y dio el salto. Ahora asegura que no se arrepiente de su decisión, porque cree que es la que la conduce a la verdadera felicidad.

SOR PATRICIA DE LA VEGA
Hija de la Caridad
“Merece la pena totalmente, porque te hace vivir la vida con toda su intensidad. Porque me ha ayudado a conocer a muchas personas que de otra manera no hubiese conocido, porque ha hecho abrir mi corazón, mi vida, mi persona. Porque junto con estas personas y en la vocación en la que estoy creo que he crecido, que soy mejor, y que si no hubiese seguido esta vida pues no lo hubiese sido, creo que no. No hubiese sido tan feliz como lo soy ahora”.

Tras nueve años regresó a Roma, aunque esta vez no como periodista sino como consagrada. Celebró los 400 años de su carisma. Un carisma vicenciano que la impulsa a entregar cada día de su vida al servicio a los demás.

martes, 26 de diciembre de 2017

No hay edad para ser cura: 69 años y 2 hijas. Mañana se ordena sacerdote.

Un padre de dos hijas se ordenará sacerdote el próximo sábado en Zaragoza, tras haber completado su formación en el Seminario Metropolitano y haber realizado el preceptivo curso de servicio pastoral en parroquias y delegaciones de esta archidiócesis aragonesa.



Se llama José Manuel Camacho, tiene 69 años y decidió hacerse sacerdote cuando falleció su esposa. Ingresó en el Seminario Metropolitano de Zaragoza, donde ha seguido el programa universitario de grado en Estudios Eclesiásticos durante seis años, según han informado fuentes del Arzobispado.

José Manuel Camacho es el mayor de los siete seminaristas diocesanos que recibirán la ordenación sacerdotal el próximo sábado, en una ceremonia que presidirá el arzobispo de Zaragoza, Vicente Jiménez, y que tendrá lugar en la Basílica del Pilar.

Además de José Manuel Camacho, serán ordenados sacerdotes los colombianos Federico Castillo y Fabio Losada, el turolense -de Calanda- Pedro Sauras, y los zaragozanos Pablo Vadillo, Alejandro Latorre e Ignacio Laguna. Estos dos últimos se licenciaron en Derecho y ejercieron como abogados antes de decidir convertirse en sacerdotes.

Articulo Original ABC

sábado, 23 de diciembre de 2017

¿Por que existen los monjes y las monjas?

Vivimos inquietos exigiendo que todas las ocupaciones que emprendemos tengan resultados inmediatos y perceptibles. Se aceleran nuestros pasos por la vida, y vamos matando nuestra capacidad de detenernos pacientemente ante la belleza y valor de los acontecimientos importantes. Las noticias, el entretenimiento y las redes sociales saturan nuestros días y tenemos ya poco deseo en invertir demasiado tiempo en una misma ocupación, pues sólo interesa tener nuevas sensaciones que sean breves e intensas, y que en lo posible no exijan de nosotros un compromiso demasiado grande. ¿Cómo podríamos, inmersos en este momento de la historia, comprender siquiera la vida de hombres y mujeres que entregan su existencia a contemplar los misterios de Dios, e interceder ante Él por el dolor del mundo, en un clima de permanente silencio, soledad y oración?

Antes de dar cualquier respuesta, debemos saber que la vida monástica cristiana no puede entenderse sin más como una invención de hombres y mujeres extraordinarios que deciden llevar una vida tranquila lejos del ruido y el dolor del mundo, valiéndose sólo de sus esfuerzos. Es hoy, como lo era ya en el siglo IV, la respuesta a una llamada del Espíritu Santo a seguir a Cristo en un camino de lucha y donación de sí mismo en el desierto por el bien de todos los hombres. No debemos nunca perder de vista lo sobrenatural de todo esto: el monje va a buscar a Dios en respuesta a una llamada que Él mismo le hace. A esto es a lo que llamamos “vocación”.

En cuanto es llamado, el monje se adentra en la clausura del monasterio, con la consciencia de que aunque lo que vea sean muros de roca es al corazón de Cristo al que entra: ese lugar de encuentro espiritual con todos los hombres y mujeres que en la vida buscan sentido y respuesta a sus más inquietantes preguntas, así como consuelo a sus más hondos dolores.
Los monjes y monjas viven pues en una permanente ofrenda de sí mismos, alimentando con sus oraciones al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. A los ojos de nuestra mentalidad instrumental, tan limitada a los resultados visibles, podemos juzgar la vida monástica como un absurdo modo de desperdiciar la existencia. Si la contemplamos en cambio bajo la luz de la fe, es ella un vivo testimonio del misterio de Dios entre los hombres, pues descubrimos que los monjes, consagrados a contemplar a Dios e interceder ante Él por el mundo entero, son piedras vivas que sostienen y animan misteriosamente las obras visibles que la Iglesia realiza en medio del mundo. Así, si la Iglesia es un cuerpo, diremos que mientras algunos de sus miembros están llamados a caminar y predicar o enseñar, otros bombean la sangre ocultamente desde la clausura y contribuyen así a que el cuerpo no desfallezca.

Mario Felipe Vivas Name

domingo, 17 de diciembre de 2017

Confieso que me enamoré...(Padre Eduardo)

No os asustéis. Tal vez no es el mejor momento para empezar un comentario abierto haciendo una confesión de este tipo, siendo yo fraile. Pero no tengo más remedio que confesar que me he sentido seducido por la mirada de Dios. Una mirada que me rescató de mi propio afán de cumplir expectativas. 

Era el tiempo en que uno vivía permanentemente en la comparación de otros. Todavía recuerdo vivamente el nombre y los dos apellidos de los más brillantes compañeros de clase y de los que mejor jugaban al fútbol... Yo los miré siempre de lejos, con una envidia no disimulada, asumiendo mal mi mediocridad. 

Su ternura alzó mi barbilla y me dijo: Mira delante... no te quedes en tus propias torpezas, que anidará en ti la amargura. Yo amo a los que son capaces de perdonarse y de nacer. Poco a poco la sensación de una mirada dentro de mí fue dando paso a otra manera de sanear mis agobios y días grises... 

Confieso que algo fue ocurriendo lentamente en esos lugares donde se teje la confianza o anida el recelo. Y caigo en la cuenta de que esa mirada es como una permanente voz diciéndome: Seguirás perdiendo el sentido (un poco loco sí que estoy) y seguirás cayendo, pero te pido solo que seas suficientemente humilde para dejarte recoger. 

Esta convicción me sigue conmoviendo y, desde entonces, siento que el peso de la vida no descansa en mis espaldas, que no me pide que sea fuerte, que sea perfecto, que tenga la respuesta adecuada... Solo me pide creer que mi vida le importa, que no voy ni vamos a la deriva, que de todo fracaso, de todo dolor, de toda decepción y vacío... me recogerá su mano... 

Confieso que he sido seducido por un Dios que teje con mis pecados y mis pobrezas el deseo de seguir buscando su rostro. 

Hace ya tiempo que uno de los faros y de las alegrías que mueve mi historia son aquellos versos de Juan de la Cruz: 

Buscando mis amores, 
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras.

Confieso que sigo buscando mi amor... y reconozco de manera especial la ternura de ese amor (de Dios y sus guiños) en la vida de muchas personas que él me ha ido regalando. 

Mientras voy de camino, me dejo seducir por la brisa de Dios hecha cercanía en aquellos que ahora pintan de colorines mi vida, en tantas ocasiones quebrada y perdida... mi amiga, mi hermano, mi madre, un abuelillo... todo en UN MISMO AMOR... solo uno.