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domingo, 10 de junio de 2018
martes, 15 de mayo de 2018
“Dios no escribe al WhatsApp, Él habla al corazón”, carta de Lucas Blanes
Querid@ joven me han pedido que te cuente qué se me ha pasado por la cabeza para tomar la decisión de entrar en el Seminario, “la fábrica de curas”, y querer ser sacerdote. Sí, sacerdote, hoy, en el siglo XXI.
La verdad, ni yo lo sé. Debes saber que toda “vocación” es una llamada de Dios, pero no al móvil, pues Dios no va por ahí mandando Whats; Él habla al corazón. Dios, desde la eternidad ha pensado en ti y en mí, en nuestra vida y en nuestra vocación, en esa misión que tiene para cada uno mientras vivimos en esta tierra y en la cual podemos ser realmente felices, plenamente felices. Es Él el que llama, y a mí, como a muchos jóvenes más, me ha elegido para ser sacerdote, aunque me haya costado al principio aceptarlo y le haya dado largas un par de veces. La verdad es que esto de ser cura uno no se lo espera… ¿cómo iba a pensar yo, un joven normal y corriente, como tú, que le gustaba salir de fiesta, pasarlo bien, liarla con los colegas, jugar a fútbol… que acabaría en el Seminario y que le iba a decir al mundo de hoy: “¡quiero ser sacerdote”? Pues así es, pero déjame que te cuente un poco más.
La verdad es que tuve el gran regalo de nacer en una familia cristiana, donde mis padres, desde pequeño, me han transmitido la fe y me han dado a conocer a ese tal Jesús. Pero a un niño esto de rezar e ir a misa no le acaba de entusiasmar, por lo menos a mí, así que, al tomar la primera comunión, con mis amigos de catequesis empezamos a ser monaguillos, pues así la misa se me hacía más corta. Y así fue, en las convivencias del Seminario menor, donde conocí a los “seminaristas”, esos “frikis que querían ser curas”, aunque yo iba a pasarlo bien. Pero el Señor se sirve de todo.
Empieza la ESO, se abre un nuevo mundo ante mí: las chicas, las tardes del sábado (y alguna que otra noche), algunas gamberradas, etc. Lo normal de un joven ¿no? Y en medio de la vida de un joven normal que le gusta salir y pasarlo bien, tontear con las chicas, que no le van mal los estudios… ¡pam! “¿por qué no ser sacerdote?” Esta pregunta atravesó mi corazón en el verano de 2011, cuando tenía 15 años, después de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, después de tener una experiencia muy intensa, un encuentro muy fuerte con Dios. Porque claro, iba a misa y esas cosas, pero no conocía mucho al Señor, más bien, no creía que esto de la fe tuviera algo que decirme a mi vida. Allí, en la JMJ descubrí una Iglesia joven, llena de gente como yo, pues en mi clase siempre había sido el único chico cristiano, y me avergonzaba de serlo, por eso me callaba; allí me sentí amado tal y como era, yo que siempre iba mendigando amor con los demás; allí pude ser yo mismo, tal y como soy, sin esconderme, sin máscaras ni apariencias, pues parece que para ser querido hoy en día tienes que dar la talla o estar a la altura. Y con Dios, esto no es así.
Mi vida era una macedonia de personalidades, no sabía quién era, me sentía sólo, confuso…Luego empecé a sentirme vacío, veía que mi vida no tenía sentido…Supongo que habrás intuido que después de esta llamada le dije que no al Señor. “Señor, no me rayes; que yo quiero hacer mi vida”. Acabé la ESO, y estando a punto de entrar al Seminario menor para estudiar Bachillerato, me rajé, tuve miedo, no pude dar el paso, y me quedé estudiando en Gandía. Esos dos años han sido los peores de mi vida. Por fuera, a ojos de este mundo, era perfecta: amigos para divertirse, fiestas, seguidores en Instagram, buenas notas, sin problemas, alguna novia, etc… ¿Qué más podía esperar un joven de 16-17 años? Pues yo me sentía vacío. Sentía que estaba aquí, que había sido creado para algo más. Veía que mi vida no tenía sentido, que era un aburrimiento. Me preguntaba constantemente ¿por qué estoy aquí? ¿para qué? ¿por qué no soy feliz? Me alejé más del Señor. No dejé de ir a misa, pero cerré el oído, y me tomé la fe a broma. Me sentía roto, triste. Pensaba, “si esto es la vida, prefiero no-vivir”.
En medio de esta tormenta, la llamada no se apagaba y volvía a encenderse con testimonios, pasajes del Evangelio, canciones, etc. Tuve un final de curso y un verano muy intenso (que si hay otra ocasión te lo contaré). Y al final de verano, el 10 de septiembre de 2014 entré al Seminario Mayor de Moncada. Ahora, en 4º curso, a 3 años de la ordenación sacerdotal, sólo puedo decir “gracias”. Ahora sí que vivo feliz, realizado, con alegría, pues no necesito hacer tonterías ni ponerme máscaras para sentirme amado. Sé que he nacido para amar y ser amado como soy, y mi corazón sólo pide amor, amor sincero, amor de verdad ¿el tuyo también no? Ahora sí que puedo decir: ¡quiero ser sacerdote!
Quiero pedirte, querid@ joven que reces por mí y por todos los seminaristas y sacerdotes, pues uno no nace preparado para esto y lo que se nos confía es muy grande, y nosotros, en cambio, somos unos pobrecillos. Y también te animo a que nunca te alejes del Señor. Nunca te avergüences de ser cristiano, pues sólo Jesús puede llenar y colmar tu corazón, sólo Él te conoce de verdad y te ama como eres; sólo Él puede saciar esa sed de amor, de vida y de entrega que hay dentro de ti. Y si algún día sientes la llamada de Dios, sea a lo que sea (la misión, el matrimonio cristiano, la vida contemplativa, el sacerdocio…), dile que sí, ¡adelante! De tu sí puede depender la felicidad de mucha gente que todavía no le conoce…
Lucas Blanes
Seminarista de Valencia
sábado, 12 de mayo de 2018
sábado, 10 de marzo de 2018
sábado, 10 de febrero de 2018
domingo, 7 de enero de 2018
miércoles, 20 de diciembre de 2017
domingo, 1 de octubre de 2017
sábado, 16 de septiembre de 2017
martes, 22 de agosto de 2017
miércoles, 16 de agosto de 2017
jueves, 3 de agosto de 2017
sábado, 1 de julio de 2017
martes, 9 de mayo de 2017
miércoles, 3 de mayo de 2017
lunes, 13 de febrero de 2017
domingo, 11 de diciembre de 2016
¿Quién es un sacerdote? 7 caracteristicas de un hombre de Dios según San Alberto Hurtado
1. «¡No es un ángel!»
A veces vivimos en la cultura de la exigencia. Queremos que todo sea perfecto en las personas. Pero, ¡todos tenemos flaquezas! El sacerdote es una persona como nosotros, que siente pena y alegría, que se cansa, que lucha por combatir sus imperfecciones. Es bueno esperar mucho de un sacerdote, pero debemos saber que también es un hombre. Ayudarlo, colaborar con él.
2. «Experimenta hambre, frío, peso de la edad…»
Es una dura realidad, aunque muchos no lo crean. El prejuicio general es que al sacerdote no le falta nada, vive como rey, pero los que tenemos contacto con muchos sacerdotes sabemos que la realidad dice algo diferente. Son muchos los sacerdotes que pasan hambre y frío en el mundo.
A veces viven solos, sin nadie más que la casa parroquial.
3. «Carga pasiones, y la del pecado»
Ya hablamos que el sacerdote también es humano y tiene imperfecciones, y por supuesto carga con ellas.Todos cargamos nuestra propia cruz. Una cruz de infidelidades y pecados. A veces podemos encontrar a sacerdotes que son propensos a la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula o la pereza. Son conscientes de su debilidad y trabajan en ello. Sí, se confiesa también. Acude como un buen católico a otro sacerdote para confesarse y pedir la gracia de Dios, la reconciliación con el Padre. Así pues, el sacerdote predica y practica.
4. «Su santidad, si se puede hablar de ella, es en marcha: un esfuerzo, un combate»
Todos buscamos la santidad de vida. El sacerdote también. Para ellos la santidad es el camino que abre las puertas a la comunión con los demás. Si uno ve a un sacerdote santo, le dan ganas de ser santo también. Pero para todos es una lucha. Día a día. Es un combate que requiere esfuerzo personal. Darlo todo en la cancha, como se dice. Abrir el corazón y decirle al Señor: «Éste soy yo, Señor. Tú me conoces bien, sabes qué hay aquí dentro, te pido me ayudes a dejarme iluminar por tí, a enfocarme más en el amor que tú me tienes desde la eternidad».
5. «Viene de Dios, pero sacado de entre nosotros»
Antes de ser sacerdote era un hombre común y corriente que vivía entre nosotros, estudiaba con nosotros, trabajaba con nosotros. Jugábamos con ellos, les conocimos de niños. Pero un buen día Dios los llamó a dejarlo todo, a cargar su cruz y a seguirlo a dónde Él fuera. El sacerdote tiene una historia de vida, tiene familia, sueños, sentimientos, etc. Es como nosotros, también sufre y se alegra. Dios le ha sacado de entre nosotros para invitarle a entregarse a Él y a los demás con un amor universal.
6. «Cuando él ora, oramos con él»
Todos los domingos en la “Oración Universal”, «el pueblo, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres» (Ordenación Gral. del Misal Romano 45). El carácter intercesor está muy arraigado en el corazón de la Iglesia y sobre todo en el corazón sacerdotal. Podemos decir, con certeza, que cuando el sacerdote ora, todos oramos con él. Piensen cuántas misas a diario se celebran en el mundo, y en todas ellas está presente la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. ¡Y todos los bautizados formamos parte de este Cuerpo!
7. «No es un superhombre»
No es un superhéroe ni un superhombre, pero ¡vaya que ayuda! Nos trae todos los días a Jesús en la Eucaristía, ¡lo tiene en sus manos! Además, acerca a muchos al Evangelio y al camino recto, sale en busca de la oveja perdida y la trae de vuelta al rebaño, perdona los pecados en nombre de Dios, lleva luz donde hay oscuridad, ayuda a que la semilla de la fe crezca en nuestros corazones, nos guía, nos ama, nos corrige e instruye. El sacerdote no será un superhombre, pero es un auténtico hermano, un buen amigo, un gran padre y un fiel hijo de la Iglesia. Nunca olvidemos pedirle al Señor por nuestros hermanos sacerdotes de todo el mundo para que les ilumine el camino, les de perseverancia y un corazón sacerdotal auténtico, en fin, que les haga instrumentos de su amor y misericordia en medio del mundo de hoy.
sábado, 3 de diciembre de 2016
Y a mí qué...
Al mes de ser ordenado sacerdote se me envió de capellán a un hospital durante el mes de agosto. Yo entraba en todas las habitaciones y saludaba a los enfermos de la misma manera: «Buenos días, soy el capellán, vengo a saludarle». La reacción solía ser positiva, a veces era de extrañeza y, unas pocas veces, de rechazo.
Pero hubo una que me llamó poderosamente la atención y que cuatro años después no he podido olvidar.
Entré como de costumbre en una habitación y encontré una mujer anciana. Al saludarla y decirle «Buenos días, soy el capellán...» la mujer me contestó: «Lo que pasa es que yo no creo en Dios». Mi respuesta un tanto impulsiva fue: «Y a mí qué; yo sólo vengo a saludarla». Ahí quedó la conversación.
La sorpresa fue cuando volví unos días más tarde y aquella anciana me dijo: «Lo estaba esperando ansiosamente. Su respuesta “y a mí qué” me sorprendió muchísimo y no he dejado de pensar en ello. He descubierto que la Iglesia no viene a imponerme nada, sólo a ofrecerme su ayuda».
No dejé de visitarla un sólo día hablando de las cosas de Dios, y hasta hoy, cuatro años después, continúa nuestra amistad.
Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro "100 historias en blanco y negro", que puede adquirirse en www.100sacerdotes.com
Pero hubo una que me llamó poderosamente la atención y que cuatro años después no he podido olvidar.
Entré como de costumbre en una habitación y encontré una mujer anciana. Al saludarla y decirle «Buenos días, soy el capellán...» la mujer me contestó: «Lo que pasa es que yo no creo en Dios». Mi respuesta un tanto impulsiva fue: «Y a mí qué; yo sólo vengo a saludarla». Ahí quedó la conversación.
La sorpresa fue cuando volví unos días más tarde y aquella anciana me dijo: «Lo estaba esperando ansiosamente. Su respuesta “y a mí qué” me sorprendió muchísimo y no he dejado de pensar en ello. He descubierto que la Iglesia no viene a imponerme nada, sólo a ofrecerme su ayuda».
No dejé de visitarla un sólo día hablando de las cosas de Dios, y hasta hoy, cuatro años después, continúa nuestra amistad.
Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro "100 historias en blanco y negro", que puede adquirirse en www.100sacerdotes.com
miércoles, 30 de noviembre de 2016
De posible no nacido a sacerdote
Hace 5 años asistí a una ordenación sacerdotal. Después de la ceremonia una mujer vino hacia mí muy emocionada y me dijo:
«Padre, tengo que contarle algo: Cuando usted era un joven sacerdote yo escuché un retiro que usted había predicado en la catedral de Puerto Príncipe. En su sermón usted habló sobre el aborto. Dijo que las madres deben velar por sus hijos, pues “este hijo que quizá quieren destruir podría llegar a ser presidente de la república, sacerdote u obispo”.
»En aquel momento yo llevaba un niño en mi seno y tenía la intención de abortarlo. Después de su sermón reflexioné mucho, y cambié de opinión a causa de sus palabras. Pues bien, aquel niño es uno de los sacerdotes que acaban de ser ordenados aquí. Sentí la obligación de agradecerle…»
Yo le respondí: «Demos gracias a Dios».
Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro "100 historias en blanco y negro", que puede adquirirse en www.100sacerdotes.com
«Padre, tengo que contarle algo: Cuando usted era un joven sacerdote yo escuché un retiro que usted había predicado en la catedral de Puerto Príncipe. En su sermón usted habló sobre el aborto. Dijo que las madres deben velar por sus hijos, pues “este hijo que quizá quieren destruir podría llegar a ser presidente de la república, sacerdote u obispo”.
»En aquel momento yo llevaba un niño en mi seno y tenía la intención de abortarlo. Después de su sermón reflexioné mucho, y cambié de opinión a causa de sus palabras. Pues bien, aquel niño es uno de los sacerdotes que acaban de ser ordenados aquí. Sentí la obligación de agradecerle…»
Yo le respondí: «Demos gracias a Dios».
Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro "100 historias en blanco y negro", que puede adquirirse en www.100sacerdotes.com
domingo, 27 de noviembre de 2016
Sentí una llamada
La tarde de un domingo estaba en el despacho parroquial, pasando una partida de bautismo al libro correspondiente. De pronto sentí como una llamada: «Vete a la iglesia, porque allí alguien te necesita». Dejé el trabajo que estaba haciendo y me dirigí al templo. Pude haber ido por el patio, que es el camino más corto. Si lo hubiese hecho no hubiera tenido el encuentro que luego aconteció. Sin embargo hice el recorrido más largo.
Me acerqué a la sacristía y entré en la iglesia por la puerta delantera. Hice genuflexión al Santísimo Sacramento y caminé hacia la parte de atrás, donde tenía mi confesionario.
Un muchacho que acababa de entrar en el templo me vio pasar, se levantó y, acercándose a mí me dijo: «Padre, había pensado en suicidarme. Vi la iglesia abierta y entré. Vi un sacerdote joven que me podía escuchar y aquí estoy, para que me ayude».
Se me llenaron los ojos de lágrimas ante aquel encuentro para el que el Señor me había impulsado a recorrer el camino más largo. Le dije que Dios le había traído hasta allí para recibir la fuerza de la fe. Que Dios le quería y que la vida era muy importante como para perderla en un momento de obcecación.
Salió confortado y agradecido. Yo experimenté la gracia de la acogida y la escucha a la que Dios directamente me llamaba para atender a aquel joven en un momento de crisis. Este ha sido uno de los momentos más importantes de mi vida sacerdotal, un verdadero regalo de la misericordia de Dios para con sus hijos necesitados.
Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro "100 historias en blanco y negro", que puede adquirirse en www.100sacerdotes.com
Me acerqué a la sacristía y entré en la iglesia por la puerta delantera. Hice genuflexión al Santísimo Sacramento y caminé hacia la parte de atrás, donde tenía mi confesionario.
Un muchacho que acababa de entrar en el templo me vio pasar, se levantó y, acercándose a mí me dijo: «Padre, había pensado en suicidarme. Vi la iglesia abierta y entré. Vi un sacerdote joven que me podía escuchar y aquí estoy, para que me ayude».
Se me llenaron los ojos de lágrimas ante aquel encuentro para el que el Señor me había impulsado a recorrer el camino más largo. Le dije que Dios le había traído hasta allí para recibir la fuerza de la fe. Que Dios le quería y que la vida era muy importante como para perderla en un momento de obcecación.
Salió confortado y agradecido. Yo experimenté la gracia de la acogida y la escucha a la que Dios directamente me llamaba para atender a aquel joven en un momento de crisis. Este ha sido uno de los momentos más importantes de mi vida sacerdotal, un verdadero regalo de la misericordia de Dios para con sus hijos necesitados.
Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro "100 historias en blanco y negro", que puede adquirirse en www.100sacerdotes.com
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