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sábado, 6 de mayo de 2017
sábado, 24 de septiembre de 2016
Un minuto con Santa Teresa de Calcuta
Un minuto con la nueva santa, la santa de la oscuridad, de la ausencia de sentimiento procedente de Dios, de la incertidumbre. Ella tiene mucho que decirnos cuando estamos desanimados o cansados.
domingo, 18 de septiembre de 2016
lunes, 29 de agosto de 2016
viernes, 26 de agosto de 2016
martes, 23 de agosto de 2016
El desafío del Papa en JMJ Cracovia 2016: ¡Jóvenes, no se jubilen antes de tiempo!

Francisco dijo también a los jóvenes: “quiero confesarles otra cosa que aprendí en estos años. No quiero ofender a nadie. Me genera dolor encontrar a jóvenes que parecen haberse ‘jubilado’ antes de tiempo. Esto me duele. Jóvenes que parecen ‘jubilados’ a los 23, 24 o 25 años”.
“Me preocupa ver a jóvenes que ‘tiraron la toalla’ antes de empezar el partido. Que están ‘entregados’ sin haber comenzado a jugar. Me duele ver jóvenes que caminan con rostros tristes, como si su vida no tuviese valor. Son jóvenes esencialmente aburridos... y aburridores, que aburren a los otros; y esto me duele”.
El Santo Padre dijo asimismo que “es difícil, y a su vez cuestionador, por otro lado, ver a jóvenes que dejan la vida buscando el ‘vértigo’, o esa sensación de sentirse vivos por caminos oscuros, que al final terminan ‘pagando’…y pagando caro”.
Por eso, “queridos amigos, nos hemos reunido para ayudarnos unos a otros porque no queremos dejarnos robar lo mejor de nosotros mismos, no queremos permitir que nos roben las energías, que nos roben la alegría, los sueños, con falsas ilusiones”.
El Papa cuestionó luego a los jóvenes presentes: “queridos amigos, les pregunto: ¿Quieren para sus vidas ese vértigo alienante o quieren sentir esa fuerza que los haga sentirse vivos, plenos? ¿Vértigo alienante o fuerza de la gracia? ¿Qué cosa quieren, vértigo alienante o fuerza de la gracia?”
Para ser plenos, continuó Francisco, “para tener fuerza renovada, hay una respuesta que no se vende, que no se compra; una respuesta que no es una cosa, que no es un objeto, es una persona: se llama Jesucristo. ¡Un aplauso para el Señor!”
Jesucristo es un don, es un regalo del Padre, el don de nuestro Padre. Jesucristo es un don”, subrayó el Papa.
“Pero, Padre, alguno podría decir que es difícil soñar alto, es difícil salir y estar siempre en salida. Padre, yo soy débil, yo caigo, yo me esfuerzo pero muchas veces caigo. Los alpinistas, cuando salen a las montañas, cantan una canción muy bella, que dice así: en el arte de salir lo importante no es caer, sino no permanecer caído. Si tú eres débil, si tú caes, mira un poco alto y verás la mano tendida de Jesús que dice, ¡Levántate! ¿Y si lo hago una vez más?, otra vez, y ¿si caigo otra vez?, te levantas. Pedro preguntó y Jesús respondió, 70 veces 7. La mano de Jesús está siempre para levantarnos, ¿han comprendido?”
Para concluir, el Papa señaló: “aquí estamos, Señor. Envíanos a compartir tu Amor Misericordioso. Amén”.
sábado, 20 de agosto de 2016
martes, 16 de agosto de 2016
sábado, 13 de agosto de 2016
lunes, 21 de diciembre de 2015
Ya cerquita de la Navidad...
.... os quiero desear un felicisima Navidad llena de alegría, familia y de lo mas importante de Dios.
Y lo hago con este vídeo que nos recordara el espíritu de la Navidad de manos del Papa Francisco.
Y lo hago con este vídeo que nos recordara el espíritu de la Navidad de manos del Papa Francisco.
jueves, 27 de agosto de 2015
DISCURSO DEL SANTO PADRE Costanera de Asunción, Paraguay Domingo 12 de julio de 2015
A ECUADOR, BOLIVIA Y PARAGUAY
(5-13 DE JULIO DE 2015)
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES
Queridos jóvenes, buenas tardes.
Después de haber leído el Evangelio, Orlando se acercó a saludarme y me dijo: “Te pido que reces por la libertad de cada uno de nosotros, de todos”. Es la bendición que pidió Orlando para cada uno de nosotros. Es la bendición que pedimos ahora todos juntos: la libertad. Porque la libertad es un regalo que nos da Dios, pero hay que saber recibirlo, hay que saber tener el corazón libre, porque todos sabemos que en el mundo hay tantos lazos que nos atan el corazón y no dejan que el corazón sea libre. La explotación, la falta de medios para sobrevivir, la drogadicción, la tristeza, todas esas cosas nos quitan la libertad. Así que todos juntos, agradeciéndole a Orlando que haya pedido esta bendición, tener el corazón libre, un corazón que pueda decir lo que piensa, que pueda decir lo que siente y que pueda hacer lo que piensa y lo que siente. ¡Ese es un corazón libre! Y eso es lo que vamos a pedir todos juntos, esa bendición que Orlando pidió para todos. Repitan conmigo: “Señor Jesús, dame un corazón libre. Que no sea esclavo de todas las trampas del mundo. Que no sea esclavo de la comodidad, del engaño. Que no sea esclavo de la buena vida. Que no sea esclavo de los vicios. Que no sea esclavo de una falsa libertad, que es hacer lo que me gusta en cada momento”. Gracias, Orlando, por hacernos caer en la cuenta de que tenemos que pedir un corazón libre. ¡Pídanlo todos los días!
Y hemos escuchado dos testimonios: el de Liz y el de Manuel. Liz nos enseña una cosa. Así como Orlando nos enseñó a rezar para tener un corazón libre, Liz con su vida nos enseña que no hay que ser como Poncio Pilato: lavarse las manos. Liz podía haber tranquilamente puesto a su mamá en un asilo, a su abuela en otro asilo y vivir su vida de joven, divirtiéndose, estudiando lo que quería. Y Liz dijo: “No, la abuela, la mamá…”. Y Liz se convirtió en sierva, en servidora y, si quieren más fuerte todavía, en sirvienta de la mamá y de la abuela. ¡Y lo hizo con cariño! Hasta tal punto –decía ella–, que hasta se cambiaron los roles y ella terminó siendo la mamá de su mamá, en el modo como la cuidaba. Su mamá, con esa enfermedad tan cruel que confunde las cosas. Y ella quemó su vida, hasta ahora, hasta los 25 años, sirviendo a su mamá y a su abuela. ¿Sola? No, Liz no estaba sola. Ella dijo dos cosas que nos tienen que ayudar: habló de un ángel, de una tía que fue como un ángel; y habló del encuentro con los amigos los fines de semana, con la comunidad juvenil de evangelización, con el grupo juvenil que alimentaba su fe. Y esos dos ángeles –esa tía que la custodiaba y ese grupo juvenil– le daban más fuerza para seguir adelante. Y eso se llama solidaridad. ¿Cómo se llama? [Responden los jóvenes: “Solidaridad”]. Cuando nos hacemos cargo del problema de otro. Y ella encontró allí un remanso para su corazón cansado. Pero hay algo que se nos escapa. Ella no dijo: “Hago esto y nada más”. ¡Estudió! Y es enfermera. Y haciendo todo eso, la ayuda, la solidaridad que recibió de ustedes, del grupo de ustedes, que recibió de esa tía que era como un ángel, la ayudó a seguir adelante. Y hoy, a los 25 años, tiene la gracia que Orlando nos hacía pedir: tiene un corazón libre. Liz cumple el cuarto mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Liz muestra su vida, ¡la quema!, en el servicio a su madre. Es un grado altísimo de solidaridad, es un grado altísimo de amor. Un testimonio. “Padre, ¿entonces se puede amar?”. Ahí tienen a alguien que nos enseña a amar.
Primero: libertad, corazón libre. Entonces, todos juntos: [Los jóvenes repiten cada frase] “Primero: corazón libre”. “Segundo: solidaridad para acompañar”. Solidaridad. Eso es lo que nos enseña este testimonio. Y a Manuel no le regalaron la vida. Manuel no es un “nene bien”. No es un “nene”, no fue un “nene”, no es un chico, un muchacho hoy, a quien la vida le fue fácil. Dijo palabras duras: “Fui explotado, fui maltratado, a riesgo de caer en las adicciones, estuve solo”. Explotación, maltrato y soledad. Y en vez de salir a hacer maldades, en vez de salir a robar, se fue a trabajar. En vez de salir a vengarse de la vida, miró adelante. Y Manuel usó una frase linda: “Pude salir adelante porque en la situación en que yo estaba era difícil hablar de futuro”. ¿Cuántos jóvenes, ustedes, hoy tienen la posibilidad de estudiar, de sentarse a la mesa con la familia todos los días, tienen la posibilidad de que no les falte lo esencial? ¿Cuántos de ustedes tienen eso? Todos juntos, los que tienen eso, digan: “¡Gracias Señor!” [Los jóvenes repiten: “¡Gracias Señor!”]. Porque acá tuvimos un testimonio de un muchacho que desde chico supo lo que era el dolor, la tristeza, que fue explotado, maltratado, que no tenía qué comer y que estaba solo. ¡Señor, salvá a esos chicos y chicas que están en esa situación! Y para nosotros, ¡Señor, gracias! ¡Gracias, Señor! Todos: ¡Gracias, Señor!
Libertad de corazón. ¿Se acuerdan? Libertad de corazón; lo que nos decía Orlando. Servicio, solidaridad; lo que nos decía Liz. Esperanza, trabajo, luchar por la vida, salir adelante; lo que nos decía Manuel. Como ven, la vida no es fácil para muchos jóvenes. Y esto quiero que lo entiendan, quiero que se lo metan en la cabeza: “Si a mí la vida me es relativamente fácil, hay otros chicos y chicas que no le es relativamente fácil”. Más aún, que la desesperación los empuja a la delincuencia, los empuja al delito, los empuja a colaborar con la corrupción. A esos chicos, a esas chicas, les tenemos que decir que nosotros les estamos cerca, queremos darles una mano, que queremos ayudarlos, con solidaridad, con amor, con esperanza.
Hubo dos frases que dijeron los dos que hablaron, Liz y Manuel. Dos frases, son lindas. Escúchenlas. Liz dijo que empezó a conocer a Jesús, conocer a Jesús, y eso es abrir la puerta a la esperanza. Y Manuel dijo: “Conocí a Dios, mi fortaleza”. Conocer a Dios es fortaleza. O sea, conocer a Dios, acercarse a Jesús, es esperanza y fortaleza. Y eso es lo que necesitamos de los jóvenes hoy: jóvenes con esperanza y jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes “debiluchos”, jóvenes que están ahí no más, ni sí ni no. No queremos jóvenes que se cansen rápido y que vivan cansados, con cara de aburridos. Queremos jóvenes fuertes. Queremos jóvenes con esperanza y con fortaleza. ¿Por qué? Porque conocen a Jesús, porque conocen a Dios. Porque tienen un corazón libre. Corazón libre, repitan. [Los jóvenes repiten cada una de las palabras] Solidaridad. Trabajo. Esperanza. Esfuerzo. Conocer a Jesús. Conocer a Dios, mi fortaleza. Un joven que viva así, ¿tiene la cara aburrida? [respuesta de los jóvenes: “No”] ¿Tiene el corazón triste? [respuesta de los jóvenes: “No”]. ¡Ese es el camino! Pero para eso hace falta sacrificio, hace falta andar contracorriente. Las Bienaventuranzas que leímos hace un rato son el plan de Jesús para nosotros. El plan... Es un plan contracorriente. Jesús les dice: “Felices los que tienen alma de pobre”. No dice: “Felices los ricos, los que acumulan plata”. No. Los que tienen el alma de pobre, los que son capaces de acercarse y comprender lo que es un pobre. Jesús no dice: “Felices los que lo pasan bien”, sino que dice: “Felices los que tienen capacidad de afligirse por el dolor de los demás”. Y así, yo les recomiendo que lean después, en casa, las Bienaventuranzas, que están en el capítulo quinto de San Mateo. ¿En qué capítulo están? [respuesta de los jóvenes: “quinto”] ¿De qué Evangelio? [respuesta de los jóvenes: “San Mateo”]. Léanlas y medítenlas, que les va a hacer bien.
Tengo que agradecer a vos, Liz; te agradezco, Manuel; e te agradezco, Orlando. Corazón libre, que es lo que debe ser.
Y me tengo que ir [jóvenes: “No!”]. El otro día, un cura en broma me dijo: “Sí, usted siga haciéndole… aconsejando a los jóvenes que hagan lío. Siga, siga. Pero después, los líos que hacen los jóvenes los tenemos que arreglar nosotros”. ¡Hagan lío! Pero también ayuden a arreglar y a organizar el lío que hacen. Las dos cosas: hagan lío y organícenlo bien. Un lío que nos dé un corazón libre, un lío que nos dé solidaridad, un lío que nos dé esperanza, un lío que nazca de haber conocido a Jesús y de saber que Dios, a quien conocí, es mi fortaleza. Ese es el lío que hagan.
Como sabía las preguntas, porque me las habían pasado antes, había escrito un discurso para ustedes, para dárselo, pero los discursos son aburridos, así que, se lo dejo al Señor Obispo encargado de la Juventud para que lo publique.
Y ahora, antes de irme, [“No!”] les pido, primero, que sigan rezando por mí; segundo, que sigan haciendo lío; tercero, que ayuden a organizar el lío que hacen para que no destruya nada. Y todos juntos ahora, en silencio, vamos a elevar el corazón a Dios. Cada uno desde su corazón, en voz baja, repita las palabras:
Señor Jesús, te doy gracias por estar aquí. Te doy gracias porque me diste hermanos como Liz, Manuel y Orlando. Te doy gracias porque nos diste muchos hermanos que son como ellos. Que te encontraron, Jesús. Que te conocen, Jesús. Que saben que Vos, su Dios, sos su fortaleza. Jesús, te pido por los chicos y chicas que no saben que Vos sos su fortaleza y que tienen miedo de vivir, miedo de ser felices, tienen miedo de soñar. Jesús, enseñános a soñar, a soñar cosas grandes, cosas lindas, cosas que aunque parezcan cotidianas, son cosas que engrandecen el corazón. Señor Jesús, danos fortaleza, danos un corazón libre, danos esperanza, danos amor y enseñános a servir. Amén.
Ahora les voy a dar la bendición y les pido, por favor, que recen por mí y que recen por tantos chicos y chicas que no tienen la gracia que tienen ustedes de haber conocido a Jesús, que les da esperanza, les da un corazón libre y los hace fuertes.
(Bendición)
Y que los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
(5-13 DE JULIO DE 2015)
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES
Queridos jóvenes, buenas tardes.
Después de haber leído el Evangelio, Orlando se acercó a saludarme y me dijo: “Te pido que reces por la libertad de cada uno de nosotros, de todos”. Es la bendición que pidió Orlando para cada uno de nosotros. Es la bendición que pedimos ahora todos juntos: la libertad. Porque la libertad es un regalo que nos da Dios, pero hay que saber recibirlo, hay que saber tener el corazón libre, porque todos sabemos que en el mundo hay tantos lazos que nos atan el corazón y no dejan que el corazón sea libre. La explotación, la falta de medios para sobrevivir, la drogadicción, la tristeza, todas esas cosas nos quitan la libertad. Así que todos juntos, agradeciéndole a Orlando que haya pedido esta bendición, tener el corazón libre, un corazón que pueda decir lo que piensa, que pueda decir lo que siente y que pueda hacer lo que piensa y lo que siente. ¡Ese es un corazón libre! Y eso es lo que vamos a pedir todos juntos, esa bendición que Orlando pidió para todos. Repitan conmigo: “Señor Jesús, dame un corazón libre. Que no sea esclavo de todas las trampas del mundo. Que no sea esclavo de la comodidad, del engaño. Que no sea esclavo de la buena vida. Que no sea esclavo de los vicios. Que no sea esclavo de una falsa libertad, que es hacer lo que me gusta en cada momento”. Gracias, Orlando, por hacernos caer en la cuenta de que tenemos que pedir un corazón libre. ¡Pídanlo todos los días!
Y hemos escuchado dos testimonios: el de Liz y el de Manuel. Liz nos enseña una cosa. Así como Orlando nos enseñó a rezar para tener un corazón libre, Liz con su vida nos enseña que no hay que ser como Poncio Pilato: lavarse las manos. Liz podía haber tranquilamente puesto a su mamá en un asilo, a su abuela en otro asilo y vivir su vida de joven, divirtiéndose, estudiando lo que quería. Y Liz dijo: “No, la abuela, la mamá…”. Y Liz se convirtió en sierva, en servidora y, si quieren más fuerte todavía, en sirvienta de la mamá y de la abuela. ¡Y lo hizo con cariño! Hasta tal punto –decía ella–, que hasta se cambiaron los roles y ella terminó siendo la mamá de su mamá, en el modo como la cuidaba. Su mamá, con esa enfermedad tan cruel que confunde las cosas. Y ella quemó su vida, hasta ahora, hasta los 25 años, sirviendo a su mamá y a su abuela. ¿Sola? No, Liz no estaba sola. Ella dijo dos cosas que nos tienen que ayudar: habló de un ángel, de una tía que fue como un ángel; y habló del encuentro con los amigos los fines de semana, con la comunidad juvenil de evangelización, con el grupo juvenil que alimentaba su fe. Y esos dos ángeles –esa tía que la custodiaba y ese grupo juvenil– le daban más fuerza para seguir adelante. Y eso se llama solidaridad. ¿Cómo se llama? [Responden los jóvenes: “Solidaridad”]. Cuando nos hacemos cargo del problema de otro. Y ella encontró allí un remanso para su corazón cansado. Pero hay algo que se nos escapa. Ella no dijo: “Hago esto y nada más”. ¡Estudió! Y es enfermera. Y haciendo todo eso, la ayuda, la solidaridad que recibió de ustedes, del grupo de ustedes, que recibió de esa tía que era como un ángel, la ayudó a seguir adelante. Y hoy, a los 25 años, tiene la gracia que Orlando nos hacía pedir: tiene un corazón libre. Liz cumple el cuarto mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Liz muestra su vida, ¡la quema!, en el servicio a su madre. Es un grado altísimo de solidaridad, es un grado altísimo de amor. Un testimonio. “Padre, ¿entonces se puede amar?”. Ahí tienen a alguien que nos enseña a amar.
Primero: libertad, corazón libre. Entonces, todos juntos: [Los jóvenes repiten cada frase] “Primero: corazón libre”. “Segundo: solidaridad para acompañar”. Solidaridad. Eso es lo que nos enseña este testimonio. Y a Manuel no le regalaron la vida. Manuel no es un “nene bien”. No es un “nene”, no fue un “nene”, no es un chico, un muchacho hoy, a quien la vida le fue fácil. Dijo palabras duras: “Fui explotado, fui maltratado, a riesgo de caer en las adicciones, estuve solo”. Explotación, maltrato y soledad. Y en vez de salir a hacer maldades, en vez de salir a robar, se fue a trabajar. En vez de salir a vengarse de la vida, miró adelante. Y Manuel usó una frase linda: “Pude salir adelante porque en la situación en que yo estaba era difícil hablar de futuro”. ¿Cuántos jóvenes, ustedes, hoy tienen la posibilidad de estudiar, de sentarse a la mesa con la familia todos los días, tienen la posibilidad de que no les falte lo esencial? ¿Cuántos de ustedes tienen eso? Todos juntos, los que tienen eso, digan: “¡Gracias Señor!” [Los jóvenes repiten: “¡Gracias Señor!”]. Porque acá tuvimos un testimonio de un muchacho que desde chico supo lo que era el dolor, la tristeza, que fue explotado, maltratado, que no tenía qué comer y que estaba solo. ¡Señor, salvá a esos chicos y chicas que están en esa situación! Y para nosotros, ¡Señor, gracias! ¡Gracias, Señor! Todos: ¡Gracias, Señor!
Libertad de corazón. ¿Se acuerdan? Libertad de corazón; lo que nos decía Orlando. Servicio, solidaridad; lo que nos decía Liz. Esperanza, trabajo, luchar por la vida, salir adelante; lo que nos decía Manuel. Como ven, la vida no es fácil para muchos jóvenes. Y esto quiero que lo entiendan, quiero que se lo metan en la cabeza: “Si a mí la vida me es relativamente fácil, hay otros chicos y chicas que no le es relativamente fácil”. Más aún, que la desesperación los empuja a la delincuencia, los empuja al delito, los empuja a colaborar con la corrupción. A esos chicos, a esas chicas, les tenemos que decir que nosotros les estamos cerca, queremos darles una mano, que queremos ayudarlos, con solidaridad, con amor, con esperanza.
Hubo dos frases que dijeron los dos que hablaron, Liz y Manuel. Dos frases, son lindas. Escúchenlas. Liz dijo que empezó a conocer a Jesús, conocer a Jesús, y eso es abrir la puerta a la esperanza. Y Manuel dijo: “Conocí a Dios, mi fortaleza”. Conocer a Dios es fortaleza. O sea, conocer a Dios, acercarse a Jesús, es esperanza y fortaleza. Y eso es lo que necesitamos de los jóvenes hoy: jóvenes con esperanza y jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes “debiluchos”, jóvenes que están ahí no más, ni sí ni no. No queremos jóvenes que se cansen rápido y que vivan cansados, con cara de aburridos. Queremos jóvenes fuertes. Queremos jóvenes con esperanza y con fortaleza. ¿Por qué? Porque conocen a Jesús, porque conocen a Dios. Porque tienen un corazón libre. Corazón libre, repitan. [Los jóvenes repiten cada una de las palabras] Solidaridad. Trabajo. Esperanza. Esfuerzo. Conocer a Jesús. Conocer a Dios, mi fortaleza. Un joven que viva así, ¿tiene la cara aburrida? [respuesta de los jóvenes: “No”] ¿Tiene el corazón triste? [respuesta de los jóvenes: “No”]. ¡Ese es el camino! Pero para eso hace falta sacrificio, hace falta andar contracorriente. Las Bienaventuranzas que leímos hace un rato son el plan de Jesús para nosotros. El plan... Es un plan contracorriente. Jesús les dice: “Felices los que tienen alma de pobre”. No dice: “Felices los ricos, los que acumulan plata”. No. Los que tienen el alma de pobre, los que son capaces de acercarse y comprender lo que es un pobre. Jesús no dice: “Felices los que lo pasan bien”, sino que dice: “Felices los que tienen capacidad de afligirse por el dolor de los demás”. Y así, yo les recomiendo que lean después, en casa, las Bienaventuranzas, que están en el capítulo quinto de San Mateo. ¿En qué capítulo están? [respuesta de los jóvenes: “quinto”] ¿De qué Evangelio? [respuesta de los jóvenes: “San Mateo”]. Léanlas y medítenlas, que les va a hacer bien.
Tengo que agradecer a vos, Liz; te agradezco, Manuel; e te agradezco, Orlando. Corazón libre, que es lo que debe ser.
Y me tengo que ir [jóvenes: “No!”]. El otro día, un cura en broma me dijo: “Sí, usted siga haciéndole… aconsejando a los jóvenes que hagan lío. Siga, siga. Pero después, los líos que hacen los jóvenes los tenemos que arreglar nosotros”. ¡Hagan lío! Pero también ayuden a arreglar y a organizar el lío que hacen. Las dos cosas: hagan lío y organícenlo bien. Un lío que nos dé un corazón libre, un lío que nos dé solidaridad, un lío que nos dé esperanza, un lío que nazca de haber conocido a Jesús y de saber que Dios, a quien conocí, es mi fortaleza. Ese es el lío que hagan.
Como sabía las preguntas, porque me las habían pasado antes, había escrito un discurso para ustedes, para dárselo, pero los discursos son aburridos, así que, se lo dejo al Señor Obispo encargado de la Juventud para que lo publique.
Y ahora, antes de irme, [“No!”] les pido, primero, que sigan rezando por mí; segundo, que sigan haciendo lío; tercero, que ayuden a organizar el lío que hacen para que no destruya nada. Y todos juntos ahora, en silencio, vamos a elevar el corazón a Dios. Cada uno desde su corazón, en voz baja, repita las palabras:
Señor Jesús, te doy gracias por estar aquí. Te doy gracias porque me diste hermanos como Liz, Manuel y Orlando. Te doy gracias porque nos diste muchos hermanos que son como ellos. Que te encontraron, Jesús. Que te conocen, Jesús. Que saben que Vos, su Dios, sos su fortaleza. Jesús, te pido por los chicos y chicas que no saben que Vos sos su fortaleza y que tienen miedo de vivir, miedo de ser felices, tienen miedo de soñar. Jesús, enseñános a soñar, a soñar cosas grandes, cosas lindas, cosas que aunque parezcan cotidianas, son cosas que engrandecen el corazón. Señor Jesús, danos fortaleza, danos un corazón libre, danos esperanza, danos amor y enseñános a servir. Amén.
Ahora les voy a dar la bendición y les pido, por favor, que recen por mí y que recen por tantos chicos y chicas que no tienen la gracia que tienen ustedes de haber conocido a Jesús, que les da esperanza, les da un corazón libre y los hace fuertes.
(Bendición)
Y que los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
miércoles, 22 de julio de 2015
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