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lunes, 13 de marzo de 2017

Un paseo por la vida monástica: El monje, la monja.

Es una persona que se agarra a Cristo como a la auténtica realidad de su vida.

Por tres veces lo dice san Benito:
“Nada anteponer al amor de Cristo” (Reg. cap. IV)
“Los que nada estiman tanto como Cristo” (cap. V)
“Nada absolutamente prefiera a Cristo” (cap. LXXII)

La vida de todos los cristianos debe afirmarse en Cristo Jesús. Es cristiano quien vive en Cristo. Quien ha llegado a convencerse de que Cristo es su vida.

Pero ese apoyo debe ser aún más necesario, diríamos que más exigente y total, más exclusivo, para un alma contemplativa.

Su relación se hace muy personal, muy directa, íntima.

Cristo está ante él en todos los actos, en todos los momentos de su vida.

Y en el cumplimiento total de su santa voluntad.

El monje, la monja sigue a Cristo en su obediencia "a una regla y un abad" pues "El abad hace las veces de Cristo en el Monasterio" (Reg. cap II)

Cuando Dios llama a un ideal tan elevado, lo hace con una enorme delicadeza.

Un comienzo de alusiones e insinuaciones que concluye en el permanente fluir de una voz casi imperceptible y no obstante sutil y penetrante.

Cuando Dios llama a la vida monástica, cuando invita al hombre a iniciar con El ese gran diálogo que es una vida entera de oración, suele extremar al máximo el respeto que siempre tiene a nuestra libertad.

Pero siempre es Dios quien facilita nuestra respuesta. La vocación del monje suele ir acompañada de ciertas disposiciones a la vida contemplativa. Sin las cuales la vida monástica es tan sólo una invitación al despiste y a la pereza.

Fundamentalmente son dos:
Ha de ser hombre de fe. Lo que quiere decir que sepa gustar del gozo de la fe.
Y ser un hombre de oración. Que contra las tentaciones del activismo y de la agitación, sienta el alto valor religioso de la pura oración de alabanza.

sábado, 28 de noviembre de 2015

TESTIMONIO VOCACIONAL DE NOELIA

 Me llamo Noelia García Molina y soy natural de Motril (Granada). Tengo 27 años y llevo dos años y medio en el Monasterio Cisterciense de la Santa Cruz, en Casarrubios del Monte, provincia de Toledo. Comencé el noviciado el día 19 de marzo de este año 2012, solemnidad de San José (patrono de las vocaciones).
            Siempre supe que me faltaba algo para ser plenamente feliz, y busqué sin desanimarme. Llegué al Monasterio por vez primera, en septiembre de 2007 y me quedé prendada de la paz, silencio, sencillez y alegría de sus habitantes. Los días que estaba en el monasterio, rezaba con ellas y me nutría espiritualmente de sus bellos y solemnes cantos en la Liturgia de las Horas -oración oficial de la Iglesia- y en la Eucaristía de cada día. También de su espiritualidad tan rica y profunda. Comprobé que en cada una de ellas había una personalidad muy diferente pero  éso no impedía una convivencia en perfecto orden y armonía, porque  amar e imitar a Jesucristo y en El a los hermanos es su ideal y la finalidad  de su vida en el monasterio, por tanto, lo que las diferencia en este sentido, enriquece más esa convivencia y la hace más atractiva. De todos modos no fue fácil decidirme, me costaba dejar tantas cosas… y una especie de miedo al fracaso, a no ser capaz y a no sé que más cosas... Pero como experimentaba que aumentaba mi sed de Dios y lo buscaba con todo mi corazón, me rendí a Su llamada ¡No existen imposibles para Él!

NOVICIA


            Cuando regresé a mi pueblo la primera vez que las visité el Monasterio, comencé a ir a Misa -siempre que mi trabajo me lo permitía-, a rezar más, a leer la Biblia, y libros de vida espiritual. Sentía una necesidad enorme de saber más de Dios, de encontrar la verdad en todo, y mas, de encontrar algo trascendente que diera sentido real a mi vida y llenara el vacío profundo que experimentaba cuando intentaba enfrentarme conmigo misma. Poco a poco fue iluminándose mi vida por dentro. Una alegría e ilusión interior, hasta ahora desconocida, iba creciendo cada vez más intensa y me hacía vivir más hacia dentro.

            La llamada hacia la vida monástica, era cada día  más clara y yo diría que hasta urgente. Experimentaba fuerte necesidad de vivirla, pese a los miedos que también iba superando.  Por parte de la familia no lo tenía nada fácil,  la reacción de ellos fue muy dura, no lograban entender que me gustase estar en un monasterio para siempre. A partir de la primera vez que vinieron a verme y conocieron a las hermanas que tengo de comunidad, todo aquello se ha cambiado en alegría y cariño agradecido hacia ellas. Ahora son muy felices de que esté aquí y hasta se sienten orgullosos de que sea monja.
            Yo tampoco me arrepiento de haber optado por la vida monástica cisterciense, ni por este monasterio, sino que cada día me siento más impulsada a dar gracias a Dios por este “gran regalo de la vocación”, es más, me siento profunda mente agradecida, porque también me reconozco  profundamente indigna de él. Esa gratuidad de un “don tan grande para mí,  me impulsa a cuidarla con esmero y en este momento  compartirla expresando esta gozosa experiencia por si le puede ayudar a otras jóvenes, a discernir la llamada y a seguirla. Porque no hay duda de que el Señor sigue llamando a seguirle  por este camino de la vida monástica, como lo ha hecho casi desde los primeros años del cristianismo.
            Ciertamente que he pasado por momentos de tentación y duda a lo largo de mi formación, y seguiré teniéndolos, ya que el enemigo no es gustoso de este seguimiento, pero la experiencia gozosa que vivo aquí día a día, jamás la había vivido ni en los mejores momentos de mi vida antes. Considero que todo hombre busca amar y ser amado, y aquí en la vida monástica, en mi Comunidad, amo y me siento muy amada por Dios y por mis hermanas. Ahora sí entiendo experimentalmente que la vida no tiene sentido si nos falta el AMOR. Pues yo digo con el Cantar de los Cantares “He buscado el AMOR de mi alma, lo encontré y ya no lo soltaré”.


            Termino dando gracias a Dios por la vida monástica, en mi caso concreto, por la Orden Cisterciense que me ha acogido y especialmente por esta Comunidad, que ha sido el instrumento del cual se ha servido el Señor para hacerme posible conseguir mis anhelos  de encontrar la FELICIDAD, que es "comenzar a vivir ya en este mundo lo que vamos a vivir eternamente en el Cielo"
            También quiero concluir diciendo a las jóvenes que me lean y se sientan llamadas por Dios a la vida consagrada, que no tengan miedo a seguir esa llamada, por que es lo más grade y maravilloso que puede ocurrirles.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La historia de una vocación: Padre Juan, O.C.D.

Mi historia vocacional no tendría mucho sentido sin el encuentro transformante que tuve con Cristo cuando tenía yo dieciocho años. Yo asistí a Cursillos de Cristiandad en un momento de mi vida cuando me sentía solo, infeliz e insatisfecho conmigo mismo y con mi vida. Allí tuve una experiencia de Jesucristo vivo como persona real  que me conoce totalmente y me ama incondicionalmente. Comprendí que él era la respuesta a mis más profundos anhelos y deseos. Únicamente en él podía yo cumplir con el propósito para el cual Dios, en su amor, me trajo a la existencia. Luego de esta experiencia me propuse, con la ayuda de la gracia de Dios, vivir de acuerdo a su voluntad y me comprometí a llevar una vida de oración personal, recepción frecuente de los sacramentos y servicio.
Mi llamado a la vida religiosa y al sacerdocio no emergió hasta meses después. Orando frente al Santísimo una tarde, le pedía yo a nuestro Señor que me mostrara qué debía hacer con mi vida, qué camino quería él que yo tomara. Yo estaba en primer año de universidad, pero todavía no sabía qué carrera seguir. Mientras oraba vi pasar al párroco de la iglesia quien se preparaba para celebrar la Misa. Pensé: “¡Este hombre es tan afortunado! Él no tiene otra ocupación, trabajo o profesión que Dios y su obra. ¿Qué mejor causa por la cual trabajar y vivir?”
En ese momento sentí una atracción muy fuerte de ser sacerdote. Era un deseo que no provenía de mí, como si algo hubiese agarrado fuertemente y amorosamente mi corazón y lo impulsara a optar por el sacerdocio y, de esa manera, compartir con otros la Buena Noticia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esto me tomó totalmente por sorpresa, ya que yo nunca antes me había sentido atraído a ser sacerdote.
Quedé muy impactado y emocionado a la vez. Una parte de mí quería decir que sí inmediatamente. Otra parte pensaba que esto era únicamente ocurrencias mías debido a que hacía poco había vivido una fuerte experiencia espiritual en Cursillo. Además, yo no era lo suficientemente santo para eso. Pensé en mis debilidades, las muchas maneras en que soy inadecuado y otras razones por las cuales este deseo súbito no podía estar viniendo de Dios.
Otras experiencias siguieron las cuales confirmaron que Dios verdaderamente me llamaba al sacerdocio y a la vida religiosa. De negación pasé al otro extremo, es decir, a querer saber inmediatamente a qué comunidad religiosa específicamente Dios me llamaba. ¡Pero había tantas órdenes religiosas! ¿Cómo podría yo encontrar la correcta?  Entonces procedía a agotarme corriendo de un lugar a otro, de una comunidad religiosa a otra tratando de discernir y encontrar el lugar de mi llamado, pero con muy poco éxito.
En el proceso fui conociendo a los santos Carmelitas Descalzos. Me enamoré de su espiritualidad y mi vida espiritual empezó a ser formada por ésta. Varios años pasaron, terminé mi grado universitario y conseguí trabajo como maestro en una escuela católica, empleo que disfruté mucho. Sin embargo, yo sabía que Dios me llamaba a la vida consagrada.
Un día decidí contactar al director vocacional de la Provincia de Oklahoma de los Carmelitas Descalzos. Yo ya lo había contactado algunos años atrás y él me había invitado a visitarlos, pero en aquel momento yo no contaba con los ahorros necesarios. Esta segunda vez pude aceptar su invitación. Los visité en la Basílica de Santa Teresita en San Antonio, Texas. Estando allí Dios me permitió ver de maneras muy simples pero claras que ése era el lugar a donde él me llamaba. Entré como postulante en el 2001.
En estos momentos llevo ocho años como fraile Carmelita Descalzo y poco menos de dos años como sacerdote, y no me arrepiento. Todo lo contrario, me siento muy agradecido. No siempre ha sido un camino fácil, pero Jesús ha sido siempre fiel a mí, aun cuando yo no siempre le he sido fiel a él.
Como Carmelita Descalzo Dios me llama a una vida de íntima unión amorosa con él a través de la oración contemplativa, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen. Todo ministerio que realizo debe ser el desbordar de ese encuentro amoroso. Le doy gracias a él por su misericordia para conmigo y le pido que me dé la gracia de la fidelidad y entrega total para seguir a Cristo hasta el fin de mis días en esta vida.

martes, 24 de noviembre de 2015

Fue primer ministro chino, se convirtió por amor y al morir su esposa se hizo monje benedictino

La fuerza de Europa no se encuentra ni en su armamento ni en su ciencia, se halla en su religión. Observa la fe cristiana. Cuando hayas captado su corazón y su ímpetu, tómalos y llévalos a China".

Quien decía estas palabras a principios del siglo XX era Xu Jingcheng, embajador de China ante la corte de los zares, y quien las escuchaba era un joven diplomático, Lou Tseng Tsiang (1871-1949), quien estaba en Rusia desde 1892 en diferentes tareas al servicio de su país y pasaría allí catorce años.

Lou tenía a Xu como su mentor y convirtió esas palabras en norma de vida, y en cierto modo la sintetizan, centrada siempre en Cristo pero a caballo entre China y su destino vital, tan ligado a Europa.

El amor y el ejemplo de una joven belga
Lou Tseng Tsiang había nacido en Shanghai en una acomodada familia protestante. Su padre, activista de la London Missionery Society, le educó en el amor a la Biblia y le dio una rica formación en idiomas, preparándole para su carrera posterior.

Pero justo en los inicios de su profesión, en 1899, conoció en San Petersburgo a una joven hija de una familia de militares belgas. Lou se enamoró de Berthe Bovy, y como ella era católica, se casaron una vez resuelto el impedimento de disparidad de culto. El mismo sacerdote que ofició la ceremonia, el padre Antonin Veile-Lagrange, O.P., le recibiría en la Iglesia, bautizándole sub conditione.

Pero eso no sería hasta el 25 de octubre de 1911, cuando la evolución de sus propias convicciones personales y el amor a su esposa por su continuo ejemplo le llevaron a dar ese paso. "Prometí que nuestros hijos serían católicos, pero como no tenemos hijos ¿qué te parecería si me hiciera católico?", le planteó un día a Berthe. A quien hizo feliz, a pesar de que siempre se había mostrado discreta con él: "Mi esposa nunca me había planteado la cuestión religiosa, contentándose con ser lo que era: una verdadera cristiana. Aquella discreción me animaba aún más a desear unirme a ella en la Iglesia católica, donde me habría negado a entrar si ella me hubiera incitado a ello". Así lo cuenta en los libros Recuerdos y pensamientos (1945) y El encuentro de las Humanidades y el descubrimiento del Evangelio de 1949).



"No" categórico al Tratado de Versalles
Para entonces estaba en la cima de su carrera. Entre ese año y 1926, Lou fue varias veces primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores, y encabezó la delegación de China en el Tratado de Versalles de 1919. Allí se consagró como un político correoso en defensa de su patria, pues se negó a suscribir el Tratado porque concedía a Japón la soberanía sobre un territorio que China reclamaba. Fue el único país participante que no fue signatario de los acuerdos.



Tseng Tsiang estaba dejando una huella importante en la historia política de su país, e incluso en algún momento dejó los cargos que tenía para ocuparse de las víctimas del hambre, pero había algo que le preocupaba más que todo ello: el delicado estado de salud de Berthe. En 1922 se trasladaron a Suiza para buscar su recuperación, y durante ese tiempo peregrinaron a Roma y Lou fue recibido por el Papa Pío XI.

Postulante, sacerdote, abad
Algo barruntaba ya entonces sobre cuál sería su futuro en caso de fallecimiento de Mme. Bovy. Y cuando eso sucedió en 1926, Lou entró como postulante en la abadía benedictina de Saint André-les-Bruges, en Bélgica, donde adoptó el nombre de fray Pedro Celestino. Tenía 56 años. En 1935 fue ordenado sacerdote, y en 1946 el Papa Pío XII le nombró abad titular de la abadía de San Pedro en Gante. Murió el 15 de enero de 1949, tras una vida extraordinariamente rica en experiencias, pero sobre todo rectilínea en el seguimiento de la voluntad de Dios tal como se le iba revelando.



Filosofía que conduce a Dios
En sus escritos, Lou Tseng Tsiang explica el valor de la filosofía natural tradicional china al modo en que los Padres de la Iglesia valoraron la filosofía natural griega, como buena preparatoria para la fe: "Soy confucianista en el sentido de que esta filosofía moral, en la que fui educado, penetra profundamente en la naturaleza del hombre y traza claramente su línea de conducta ante el Creador, ante los padres y ante el prójimo, tanto las personas como la sociedad. El confucianismo, cuyas normas de vida moral son tan profundas y tan benéficas, encuentra en la revelación cristiana y en la existencia y en la vida de la Iglesia católica la justificación más impresionante de todo cuando posee de humano y de inmortal".

"El Logos de los griegos", escribe en otra ocasión abundando en esta idea, "se corresponde sin duda con el Tao de los chinos. En el principio era el Tao, y el Tao estaba con Dios, y el Tao era Dios. Jesucristo es el Taos hecho carne, que viene a revelarnos la vida de Dios y a desvelar su corazón humano y la piedad filial que muestra hacia su Padre".

El "latín" de los chinos
Como benedictino, sentía un gran aprecio por la liturgia como expresión del misterio de la relación entre el hombre y Dios. Como medio de aumentar las conversiones mediante los sacramentos, quería que la Iglesia autorizase en China la misa en chino, pero no porque fuese partidario de la liturgia en lengua vernácula, sino por razones culturales. De hecho, no pretendía una traducción al chino corriente, sino a las antiguas formas del chino literario ("por su profunda belleza, por su vigor y elegancia"), esto es, un equivalente del latín en Occidente: "Mientras la liturgia católica no adopte la lengua literaria china (la cual, quiero subrayar, se armoniza de manera admirable con el canto gregoriano), el culto que la Iglesia rinde a Dios, el sacrificio de la misa, el oficio divino, la liturgia de los sacramentos, la admirable liturgia católica de los funerales serán, para la raza amarilla, un libro totalmente cerrado".

El deseo incumplido de Lou fue volver a su país y participar, aunque ya septuagenario, en el renacimiento de la vida monástica católica en China (que pronto frustraría, mediante la persecución, la revolución comunista). En el claustro belga, evocando las ricas experiencias de su vida y el amor de su esposa que le había llevado a la fe, Tseng Tsiang escribió sus obras recapitulatorias, una de las cuales acaba concretando el gran objetivo de su vida de experimentado diplomático: "Que Dios sea honrado y glorificado por todas las naciones de la tierra".

domingo, 22 de noviembre de 2015

Un testimonio de experiencia vocacional de un novicio jesuita

Dicen que cada uno lleva un tesoro dentro del corazón y que es ese tesoro, personal e intransferible, el que de verdad te alimenta, te da fuerzas y te hace entusiasmarte de verdad por las personas y las cosas que merecen la pena en esta vida.

Pues bien, el mío, mi corazón, se estaba apagando cada día más y más. Mis sueños cada vez eran más pobres y ya casi me conformaba con un pactar a la baja con algo que sabía que, en el fondo, ni me llenaba ni me podría hacer feliz. Pero la cuestión era buscar seguridades, y algo en mi interior me decía que en aquella llamada que experimenté hace ahora casi cinco años no había nada seguro o cierto, sino un dar un salto, arriesgar y caminar con fe en el que me convoca, el Señor.

Tendría unos 20 años y estudiaba periodismo en Valladolid. Mi vida había transcurrido normal hasta ese momento. Era el menor de tres hermanos y con unos padres que nos educaron a mis hermanos y a mí lo mejor que supieron y, ciertamente, doy gracias de lo bien que lo hicieron. Supongo que hay un momento en el que uno tiene que hacer suyo lo que ha recibido y quitar un poco de ahí y otro poco de allá para conformar su verdadera identidad. Pues eso me ocurrió a mí en aquel entonces. Recuerdo que en unos días, todo lo que para mí había sido incuestionable porque así me lo habían enseñado y yo asumido como verdad, se desmoronó. Tengo la imagen de encontrarme totalmente perdido y desorientado, sin saber ni quién era yo, qué papel o sentido jugaba mi vida en este mundo o quién era Dios.

Al mismo tiempo que me encontraba de tal forma agobiado y desbordado por esa “tan sana” crisis de identidad que me hacía cuestionarme mi vida de cara al sufrimiento en el mundo y mi complicidad y participación en el mismo, comencé a sentir un fuego profundo de ilusión en el corazón que me llevaba a soñar con ayudar a los demás en entrega absoluta; misiones, Tercer Mundo, salvar a la gente. Todo a mi alrededor cobraba un nuevo sentido y miraba la realidad con ilusión y amor. Es algo que no se puede explicar con palabras, es sentirte feliz, pleno, llamado, ver que es posible cambiar las cosas con la fuerza que brota de Dios en nuestro interior. En definitiva, era una reorientación total de mi vida. Una vida que, hasta ese momento, iba en otra dirección, la dirección de planificar todo muy bien de cara a construirte una vida perfecta de éxito y prestigio de cara a la galería del mundo.

Paradoja o incoherencia me dirán. En el fondo, el mayor don que nos da Dios es el de la libertad. Él no nos va a forzar a un sí. Somos nosotros los que debemos aceptar o no el don que se nos da y, ¡hay que ver qué don! Pues bien, a pesar de sentirme como nunca me había sentido de ilusionado antes, mi camino a partir de ese momento fue un camino de huída y de negación de la palabra de plenitud que Dios me hacía a mí en particular. No era cuestión de sacrificar tantas cosas que en aquel entonces me parecían vitales, tales como salir de fiesta, el tener una pareja a mi lado, mi carrera de Periodismo, viajar a la India... Ese camino de escape me lleva a marchar a Inglaterra, volver a España y no saber qué hacer, estudiar un año de Psicología en Salamanca y, por fin, a dar el salto.

Sólo puedo decir ahora, tras un año y unos meses de recorrido espiritual como novicio de la Compañía de Jesús, que mis horizontes, lejos de haberse recortado, se han ampliado, que me estoy abriendo a un mundo totalmente nuevo, misterioso y apasionante como es éste de la vida entregada a Dios para servir a los demás. Y también puedo decir que soy feliz y mucho, y que esto, a pesar de los esfuerzos y de que nada te evita las asperezas normales que tiene la vida, es lo que siempre había querido hacer en mi vida, aunque antes no lo supiera formular ya que mis miedos, prejuicios contra la Iglesia o los curas o mis conceptos de libertad y de felicidad superficial y consumista me lo impidieran.

Termino citando a Juan 12, 25 que “quien intente guardar su vida (como lo había hecho yo nada más sentir la llamada de la vocación) la perderá, pero quien pierda la vida por mí la ganará”. Gracias Señor.

                                                                        ***

De entrada ser jesuita no es ningún honor, de esos por los que muchos se matan. San Ignacio llama a eso “vano honor del mundo” y lo considera una trampa. Ser jesuita tampoco es una promoción o una carrera para medrar sobre otros. San Ignacio afirma, convencido por propia experiencia, “que aquella vida es más feliz que más se aparta de todo contagio de avaricia”.

Ser jesuita no es ser más listo o más influyente o autosuficiente. Para Ignacio de Loyola todo en el hombre - menos su pecado- es regalo gratuito, “amor que desciende de arriba”.

Ser jesuita es peregrinar cada día, y todos los días, “un camino hacia Dios”. Un camino que no eliges, sino para el que eres elegido. No sin ti, naturalmente. Pero en el que un día te encuentras alcanzado por Quien lo ha desbrozado antes que tú y por ti. Más aún, por quien es Él mismo “el Camino”. Al peregrino ignaciano de Loyola lo definieron los que le conocieron como “aquel hombre que era loco por Nuestro Señor Jesucristo”.

Ser jesuita es, sencillamente, ser cristiano hasta “ser tenido y estimado por loco” por los bienpensantes al uso. Y porque Jesucristo se ha convertido, como a S. Pablo, en “razón de mi vida” (Flp 1, 21). Un Cristo, eso sí, enviado a cada ser humano, compromiso de Dios con cada persona.

Un Cristo impensable si no es como servidor del hombre y muriendo por él. Un Cristo al que es imposible decir que se le sigue, si no nos sangra el corazón a chorro ante cada miseria humana.

Gracias a Dios, la Compañía de Jesús, en algunos de sus hombres, sigue sangrando de esa herida. Si no te interesa ese Cristo, no sigas adelante. Si te interesa, ¡adelante!, ¡Pasa! Entra y ven.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Llegó cubierto de tatuajes a la abadía donde hoy es monje ¡y los conserva!: «Es parte de lo que soy»



Hace seis años, una moto se detuvo a las puertas de la abadía benedictina de Mount Angel, en Saint Benedict (Oregón, Estados Unidos). De ella descendió un hombre ya maduro, enfundado en cuero, con un piercing en las orejas, algunas rastas en el pelo y tatuajes en los brazos y el cuello. Ahora recuerda que fue “muy divertido” comprobar el impacto de su imagen sobre los monjes. Lo corrobora el abad, Vincent Trujillo: “Procurábamos no tener prejuicios en cuanto a su apariencia, pero ciertamente impresionaba. Todo el mundo es bienvenido a los retiros de discernimiento”.

De Bobby Love a Hermano André
Porque a eso acudía Bobby Love: a discernir su vocación. Y del resultado del discernimiento es buena muestra su imagen como encargado del museo del monasterio. Su nombre es ahora Hermano André y porta el mismo hábito benedictino que el resto de sus casi cincuenta compañeros.

Pero aún quedan las huellas de su pasado, los tatuajes que se hizo en manos y cuello a principios de los años 90. Los llamaban tatuajes “antitrabajo”, porque nadie que los llevase podía aspirar a ser contratado. Y es justo lo que él pretendía: como hijo rebelde de un exitoso hombre de negocios, había decidido ser artista y no quería marcha atrás. Estamparse la piel fue su forma de “quemar las naves” para empezar a llevar una vida bohemia y vivir sólo de sus pinceles.

Muchos años después, cuando decidió quedarse entre los muros del claustro, pidió permiso al abad para borrarse los tatuajes. Pero Dom Vincent le sugirió que los conservara, y el hermano André aceptó: “No tanto como recordatorio, sino porque es parte de lo que soy”, confiesa a Tom Mayhall Rastrelli en un reportaje de Statesman Journal.



Un buen monje
Rodeado de los variopintos objetos del museo (desde una colección de animales disecados a algunas piezas milenarias de cerámica, pasando por una calabaza labrada por Walt Disney), que se encarga de investigar y catalogar, el hermano André se siente “como en un jardín”, pero le sale el monje que lleva dentro: “La oración es mi trabajo real”. Y de hecho, una de las personas que más le han ayudado en sus tareas museísticas como restauradora en el Bush Barn Art Center, Catherine Alexander, destaca que “una singular forma de devoción empapa todo lo que hace”.

El antiguo Bobby Love es también el encargado de la campana que rige la vida monacal, y que toca a las 5.20, 6.30, 7.55, 11.55, 5.15 y 7.25, las horas en que los monjes acuden a la capilla para las Horas y la misa. Él se sienta en el coro en primera fila, entre los más nuevos. El abad habla bien de él: “Hace bien su trabajo y sabe cuándo es el momento de concentrarse y cuándo el de relajarse. ¡No porque seamos monjes ignoramos cómo pasarlo bien!”.



Dinero, amigos y adicciones: solo y sin rumbo
Pero ¿cuál es la historia del hermano André? Nació en el seno de una familia católica, el tercero de cinco hermanos, todas chicas salvo él, y vivieron en Texas y Mississippi. Su padre era empresario y su madre pintora, y así nació su vocación artística. Estudió en el instituto hasta que lo dejó y se enroló en el Ejército, donde estuvo cinco años, incluyendo la Guerra del Golfo.

Luego abandonó las Fuerzas Armadas y fue cuando se tatuó el cuerpo. Viviendo en Nueva York descubrió que podía ganar cien dólares a la hora haciendo tatuajes… y fue su ocupación en los años siguientes, con una reputación que le llevó de la Gran Manzana a todo el país: Nueva Orleáns, Seattle, Austin… Hacía dinero, tenía amigos… “Todo apuntaba a que yo debería ser feliz, pero me sentía solo y a la deriva. Me miraba a mí mismo y me daba cuenta de que me había convertido en un producto. Mi arte no era una expresión personal, sino lo que los chicos querían, aquello por lo que estaban dispuestos a pagar”. Todo era cuestión de dinero, de imagen, de ego… Bebía demasiado y consumía drogas.

La necesidad de Dios
Bobby Love se divorció tres veces. “No tenía ni idea de lo que era el amor. No tenía ni idea sobre cómo amor o sobre cómo dejar que los demás me quisiesen, y por eso era un miserable”, lamenta ahora el Hermano André: “Mis adicciones eran sólo un síntoma de un problema mayor… la ruina espiritual. Me di cuenta de que necesitaba a Dios. Necesitaba ser una persona completa en el sentido de que no se trata sólo de lo material o lo físico, sino de una completa dinámica espiritual que yo había ignorado por completo”.

Decidió entonces tratarse de sus adicciones, salir de la bohemia para tener un trabajo “normal” de nueve de la mañana a cinco de la tarde, tener tiempo para pensar y reconducir su vida: “Me miré los brazos y vi que en ellos sólo había odio e ira. Era un mecanismo de autodefensa”.

La fe de la infancia
En ese proceso de revisión de vida, investigó diversas religiones, pero concluyó que lo que debía intentar era conocer de verdad la que había probado en su infancia. En 2006 volvió a la fe católica: “Tuve que reaprender la fe como adulto. Cuando niño tenía un montón de cuestiones que no comprendía. Si te educan en la fe, simplemente crees en ello. Yo sólo quería saber por qué lo hacemos”.

Se confesó, veinticinco años después, y realizó el curso básico de iniciación como si no estuviese ya bautizado. Pidió perdón a todos aquellos a quienes había perjudicado durante su vida.

Creador de iconos
Quiso convertirse en un artista cristiano, “pero no para pintar esas imágenes almibaradas de Cristo y de los santos en los mismos estilos en los que ya se ha hecho, en particular con todo ese sentimentalismo. Quería, de nuevo, encontrar mi voz”. Y lo ha conseguido en el claustro, en los pequeños ratos de veinte minutos que sus responsabilidades le dejan libres.

Actualmente está terminando un icono bizantino de San Esteban y un cuadro de Veronés de los Siete Dolores de María Santísima, el encargo de una parroquia. Su superior le ha pedido que estudie iconografía, y se consagra a pintar cuadros religiosos con técnicas antiguas.

Pintar como forma de relación con Dios
Ahora su perspectiva es la de un monje: “Tuve que cambiar todo lo que pensaba sobre crear y producir. Ya no se trata de lo que soy capaz de hacer, sino de mi relación con Dios”.

Porque “Dios”, confiesa, es la última explicación para un periplo vital que empezó con la pasión del arte y le llevó a bajarse aquel día de la moto, a las puertas de la Abadía de Mount Angel, dispuesto a pasar sus rastas y sus tatuajes, pero sobre todo su alma y su pasado, por la criba de un retiro espiritual.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

De baterista rock a trapense: «Yo no iba a misa pero unos amigos me llevaron en su aniversario y...»

9 junio 2015















































































































La abadía de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, en Frattocchie (Italia), toma su origen de la supresión de la abadía de Nuestra Señora de las Catacumbas de San Calixto, cerca de Roma. Los trapenses habían sido expresamente deseados y llamados por el Papa León XIII en 1883 para que fuesen los custodios de estos santos lugares que constituyen el célebre cementerio de los primeros siglos de la Iglesia junto a la vía Apia.
Hace 40 años, el Padre José ingresó al monasterio, tras haber llevado una vida vinculada a la música de rock (fue un importante baterista de destacados artistas argentinos).

Él destaca que Dios encuentra al hombre donde el hombre está, y manifiesta, “no hace como nosotros que preparamos un escenario, mi experiencia personal es que Dios me vino a buscar donde yo estaba. Yo no reniego del pasado, al contrario, fue el lugar que Él eligió para encontrarse conmigo”.

José Otero, monje trapense de la abadía de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, explicaba esto a Radio María:

“Un día pasó Jesús por acá, y me dijo sígueme, y yo acepté y dije me voy atrás de este, que tiene la verdad y la vida”.

Y así comenzó, tenía 24 años cuando tuvo una conversión.

Un amigo suyo lo visitó una noche en el lugar donde él trabajaba. El amigo cumplía años de casados con su esposa, y lo invitaron a su casa a comer un pedazo de torta.

Después a la mañana siguiente lo llevaron a misa. “Me regalaron la maravilla de la misa”, cuenta emocionado.

En ese momento él no iba a misa, mientras que sus amigos iban todos los días. Y a partir de ellos Rolando y Mimí, el hoy padre José Otero, empezó a visitar a los benedictinos de Buenos Aires.

“Y ahí fue mi conversión”, indica. Así comenzó a empaparse de todo lo que era la vida monástica. Como quien se sabe amado, cuenta que en un momento determinado hizo la opción entre seguir con su profesión o entrar en el monasterio y optó por entrar en el monasterio.

Acerca de la dinámica en el Monasterio, el Padre José, dice que la estructura de la vida monástica es ordenar todas las cosas para contar con el tiempo necesario que facilite una vida de oración. Describe este momento, priorizando los oficios divinos, “a las tres y cuarto de la mañana nos levantamos y rezamos, vigilia, laudes, nona, vísperas, y lo más importante es la lectio divina”.

Cuentan también con tiempo para el encuentro fraterno, ya que los domingos aprovechan para charlar con los hermanos, caminar en la viña que tienen donde producen vino castelli romani, vino blanco.

El Padre José Otero, reflexiona diciendo que una de las necesidades más grandes que tiene el mundo de hoy es ver encarnada la religión en un grupo de gente, no en personas aisladas, un grupo de personas que se dedique a manifestar que el evangelio es posible, que Jesucristo vive donde dos o más se reúnen en su nombre.

Ante la pregunta qué es lo que lo motiva a elegir todos los días esta vida en el Monasterio, declara que su renovación diaria es el encuentro con Jesús en la Eucaristía, conocer la misericordia de Dios, que es conocer su verdad, experimentar en carne propio el perdón. “Yo pienso que en el cielo vamos a estar permanentemente con la boca abierta, absortos, de todas las novedades que vamos a encontrar en Dios”.

“En la Eucaristía de cada día, junto con la comunidad, se experimenta que Dios está con nosotros, como Él lo prometió, estaré con ustedes hasta el fin del mundo”, concluye.

miércoles, 21 de octubre de 2015

VEN Y SÍGUEME

«Queridos amigos, planteaos seriamente la pregunta sobre vuestra vocación, y estad dispuestos a responder al Señor que os llama a ocupar el lugar que tiene preparado para vosotros desde siempre».

Desde hace algunas décadas vemos con honda preocupación cómo el número de vocaciones tanto para el sacerdocio como para la vida consagrada viene disminuyendo. No pasa desapercibida la escasez de sacerdotes que existe para atender a las inmensas multitudes de fieles cristianos. De modo similar se puede hablar de los consagrados: muchos hijos e hijas de la Iglesia permanecen pastoralmente abandonados por falta de manos y recursos, mientras el secularismo predominante en la cultura va haciendo cada vez más difícil la respuesta a la vida cristiana y crece el influjo de sectas y "meras formas" de religiosidad. Ante esta desafiante realidad, que a todos los católicos debe preocuparnos hondamente, solemos escuchar que hay una falta o crisis de vocaciones. Pero, ¿ha dejado Dios de llamar a hombres y mujeres a la vida sacerdotal o consagrada?

¿CRISIS DE VOCACIONES,  O CRISIS DE RESPUESTA?

Lo primero que hay que afirmar es que no hay falta de vocaciones. ¡Las vocaciones abundan! ¡Dios sigue llamando a muchos también hoy! El problema está en la ausencia de respuesta al llamado del Señor, y esto por diversas razones: sordera para escuchar la voz de Dios en un mundo que nos llena de bulla; cobardía cuando uno percibe que el Señor le pide "más entrega"; oposición y presión que desalienta y hace que muchos se echen atrás, ya sea por parte del ambiente en general, del círculo de "amigos" o incluso de los propios padres y familiares; inconsistencia en la vida espiritual e incoherencia en la vida cristiana.

También habría que preguntarnos si la falta de respuesta de los llamados se debe al pobre testimonio de vida cristiana que muchas veces damos los católicos. ¿Ha dejado de ser la santidad de vida un ideal apelante y atractivo para los jóvenes de hoy por nuestra mediocridad e incoherencia entre lo que decimos creer y lo que mostramos muchas veces con nuestras obras, con nuestra conducta? Si fuéramos santos, hombres y mujeres formados en la fe y convencidos de que el Señor Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, si con el testimonio de una vida coherente supiéramos presentar a Cristo con toda la fuerza atractiva que emana de su Persona, ¡cuántas vocaciones veríamos florecer en la Iglesia hoy!

¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?

La palabra "vocación" viene del latín "vocare", que significa "llamar". Así pues, al hablar de vocación en el vocabulario cristiano entendemos el llamado que Dios hace al ser humano, a cada uno de nosotros. Ya nuestra vida misma es una vocación: el "llamado" que Dios nos hace a salir de la nada para pasar a la existencia.

Hemos sido creados con la capacidad de entrar en diálogo y comunión de amor con Dios mismo. ¡A nosotros nos llama el Señor para participar de su misma vida y naturaleza divina! Es un llamado a «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor.

Pero junto a este llamado o vocación universal hay otro llamado particular: a cada cual Dios lo llama a ocupar un lugar y a cumplir una misión específica en el mundo. Ante ese llamado «es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, día tras día, el camino por el que el Señor le sale personalmente al encuentro».

Dentro de esa vocación o llamado particular, la mayoría encuentra en la vida matrimonial su propio camino de santidad, mas otros están llamados a seguir al Señor Jesús "más de cerca", siguiendo su mismo estilo de vida mientras vivió con nosotros, renunciando a todo para entregar su vida al anuncio del Evangelio y al servicio evangelizador de los hermanos humanos, ya sea en el sacerdocio o la vida consagrada. A éstos, de una manera particular, va dirigido el llamado del Señor: «Ven y sígueme».

LA VOCACIÓN SACERDOTAL O CONSAGRADA

Por lo dicho se entiende que el llamado no es ninguna novedad. Es una realidad tan antigua como la existencia misma del hombre, una realidad que también hoy se da: Dios sigue llamando hoy.

En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios fue escogiendo a algunos hombres o mujeres para tareas concretas y específicas, para llevar a cabo su designio reconciliador. Descubrimos cómo a quienes Dios elige para una misión muy concreta, los forma ya desde el seno materno . Por eso podemos afirmar que la vocación es como un sello que está grabado en el elegido desde el momento mismo de su concepción, un sello imborrable . Porque está "hecho para eso", todo su ser se lo reclama, aunque sólo con el tiempo y los signos que Dios le envía podrá interpretar correctamente ese "reclamo interior de su ser". Dios, cuando permite al elegido percibir el llamado, sale al encuentro de esa estructura interior, corresponde a aquello para lo que el elegido "está hecho" desde su concepción, para lo que ha nacido.

En el Nuevo Testamento es el Señor Jesús, Dios hecho hombre, quien elige e invita a algunos con un tan escueto como radical: «Ven y sígueme» . De ese modo asocia a quienes llama a su misma misión reconciliadora y evangelizadora.

Quienes escucharon aquel llamado experimentaron sus exigencias: dejarlo todo por el Señor. Quienes supieron responder con prontitud, generosidad y fidelidad, recibieron por parte del Señor una promesa: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente. y en el mundo venidero, vida eterna».

Otros, como el "joven rico" o Judas Iscariote, prefirieron aferrarse a sus riquezas o a sus propios planes, negando o traicionando con el tiempo su propio llamado. El fruto amargo que experimentaron fue la honda tristeza y frustración de no responder a lo que el propio corazón reclama. A ello se suma, en el caso de Judas, el iniciar un camino de autonegación que lleva finalmente a la propia destrucción y aniquilamiento. Como vemos, aunque hoy parece haberse agudizado, la crisis de respuesta tampoco es novedad.

EL LLAMADO FUENTE DE BENDICIONES

A diferencia de lo que algunos piensan, la vocación a la vida sacerdotal o consagrada no es una mala noticia, ni para el elegido o elegida, ni para su familia. ¡Todo lo contrario! El llamado que Dios hace a un hijo o hija es fuente de bendiciones para toda la familia y signo de un amor de predilección para el llamado: «con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».

De la respuesta fiel y valiente al llamado del Señor depende la realización de la persona. Es importante que quien percibe o intuye la invitación del Señor entienda que Dios no es enemigo de su felicidad porque el camino que le señala "se opone a sus planes para ser feliz". ¡Todo lo contrario! Porque te ama, porque te conoce mejor que tú, porque es infinitamente sabio, Dios te muestra el camino que has de seguir para alcanzar tu verdadera felicidad, respondiendo a aquello para lo que estás hecho. Al mismo tiempo, ten en cuenta que la felicidad de muchas personas -empezando por tus propios padres, aunque a veces puede parecer lo contrario- depende de tu sí generoso y de tu fidelidad a llamado del Señor.

LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS

Es importante ser consciente que el presente asunto atañe a todos los hijos de la Iglesia. ¿No queremos un mundo mejor? ¿Cómo vamos a contribuir al cambio del mundo si no somos santos, y si los que son llamados por Dios no responden a su propia vocación y misión? Por eso nadie puede sentirse excluido de la responsabilidad de cooperar de alguna manera, trabajando o apoyando directa o indirectamente al florecimiento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Y como "la caridad empieza por casa", son los padres los primeros que deben rezar por la vocación de sus hijos, así como enseñarles a que en esta vida no sólo el matrimonio es un camino válido, sino que también lo son el sacerdocio o la vida consagrada. Los padres, con mucha apertura a la acción divina y espíritu de sacrificio en no pocos casos, son los primeros que han de alentar y apoyar a sus hijos a seguir las inspiraciones divinas en el momento en que alguno de ellos perciba o manifieste alguna inquietud vocacional. De ese modo, las familias cristianas están llamadas a ser hoy verdaderos semilleros de vocaciones.

CITAS PARA MEDITAR

Guía para la Oración

Vocaciones en el Antiguo Testamento: Moisés: Éx 4,10-12; Samuel: 1Sam 3,10; Isaías: Is 6,4ss; Jeremías: Jer 1,5-8.
La vocación es fruto de un amor de predilección de Dios: Jer 31,3; es como un fuego inextinguible: ver Jer 20,9.
Vocaciones en el Nuevo Testamento: María, ejemplo de una respuesta pronta y valiente a su vocación: Lc 1,38; vocación y respuesta de algunos apóstoles: Mt 4,18-22; Mateo: Mt 9,9; Juan y Andrés: Jn 1,35-42; Pedro: Lc 5,8.
Exigencias de la vocación: Lc 9,57-62; promesa del Señor a quien responde a su vocación: Mc 10,29-30.
El triste ejemplo de un joven que rechaza el llamado del Señor: Mc 10,17-22.

jueves, 10 de septiembre de 2015

¡Monja, yo ... ! ¿por qué no?

Quizás alguna vez alguien te ha dicho que tú tienes las cualidades para ser monja o quizás tú misma te has planteado de vivir con mayor exigencia tu vida cristiana. Hay a quienes les espanta la idea de responder a la llamada que sienten en su interior, ya sea porque tienen prejuicios contra la vida religiosa, ya porque piensa en el qué dirán su familia, sus amigos y conocidos. Otros en cambio no saben qué es ser monja, y monja de clausura, como lo somos nosotras,  o si existen otras formas de consagración, porque no han escuchado hablar del tema. Puede que suceda que te sientes llamada a dar tu vida entera no en el matrimonio sino en un camino que es para quienes Él quiere que le sirvan, como es la vocación.

  La vocación para la vida religiosa o sacerdotal, no es para todos. ÉL llama a quien quiere para una misión concreta, para bien de la misma persona y para todos los hombres. La vocación no es egoísta ni sofocante para quien lo tiene, sino que es libertad y donación, entrega al Amor sin límites. Dios actúa por nuestro medio para que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad, por eso llama siempre a hombres y mujeres a vivir de una manera comprometida la misma vida que su Hijo vivió en la tierra entre nosotros. La vocación, por tanto es servicio y gratitud.

  E l que se siente llamado a seguir a Cristo en la vida consagrada y sacerdotal, ha de saber que es Dios quien le está llamando y para Él nada hay imposible. Te asistirá con su gracia en cada instante de tu vida, no te dejará solo. Confía en él y no tengas miedo en responder a su invitación. Entrégate como Jesús lo hizo por ti y por mí, y descubre la realidad de la felicidad: « Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé» (Jn 15,9- 13)

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Bodas de oro de Sor Mª José

Ayer una de nuestras hermanas celebraba los 50 Años de los votos simples y lo celebramos en comunidad, en un ambiente festivo, alegre y fraterno.
Os dejo unas fotos...




Hace 50 años...




Ahora (es la que esta mas cerca, la mas bajita)



La iglesia engalanada para la ocasión


El refectorio (comedor) vestido de fiesta



Endulzando el dia






Hermana que sigas siendo la luz de la fidelidad y nos alumbres a todas con tu Paz y tu Alegría


También vimos la película "De dioses y hombres" sobre el martirio de unos monjes
El sábado 19 la familia de Sor Mª José vendrá a celebrarlo con nosotras en una misa de acción de gracias y donde renovara sus promesas.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Vocación de monja: ¿Cómo cultivar la posible vocación?


Lo importante es tu entrega diaria al Señor, tu confianza en Él, el deseo del seguimiento de Cristo -no crea un club de fans ni de admiradores, sino de seguidores-, el ir siendo fiel a lo que vas viendo, el escuchar, leer su palabra, el acudir a los sacramentos del perdón y de la Eucaristía donde él sale a nuestro encuentro. Es también un camino de amor, como un noviazgo, en el que te encontrarás feliz y harás feliz a los que te rodean. Que no te pierdas con las mil ofertas del mundo y menos con las ofertas que se te presenten de vida superficial o de pecado. El apóstol S. Pablo dice que en las cosas de Dios hay que andar con temor y temblor. Lo que ya sientes merece este cuidado y atención.

Cuando es Dios el que llama, lo hace de forma personal porque nadie puede responder por nosotros; y si la respuesta es afirmativa siempre surge algo nuevo y maravilloso en nuestra vida porque se llena de nuevas posibilidades. Es una llamada que va enlazada a una misión, a un servicio a la humanidad.

Para cultivar tu vocación necesitas oración, silencio, reflexión, de otra forma no se desarrollará. Coge la palabra de Dios, los evangelios o las cartas de S. Pablo… y leyendo una y otra vez escúchalas como Palabra de Dios dicha para ti. La Palabra de Dios hay que oírla desde la interioridad. Tu has sido amada por Dios hasta el extremo.

Hacerte monja es una decisión que va madurando en tu trato con Dios. Eso si, que en ti haya siempre disponibilidad para lo que Dios quiera.

Para tu propia reflexión puedes responder a esto:

¿cómo me encuentro yo en este momento de mi vida?, ¿cuál es mi relación con Dios?, ¿cómo le dejo que construya mi vida? ¿qué es lo que me mueve por dentro?

jueves, 27 de agosto de 2015

DISCURSO DEL SANTO PADRE Costanera de Asunción, Paraguay Domingo 12 de julio de 2015

A ECUADOR, BOLIVIA Y PARAGUAY
(5-13 DE JULIO DE 2015)

ENCUENTRO CON LOS JÓVENES


Queridos jóvenes, buenas tardes.

Después de haber leído el Evangelio, Orlando se acercó a saludarme y me dijo: “Te pido que reces por la libertad de cada uno de nosotros, de todos”. Es la bendición que pidió Orlando para cada uno de nosotros. Es la bendición que pedimos ahora todos juntos: la libertad. Porque la libertad es un regalo que nos da Dios, pero hay que saber recibirlo, hay que saber tener el corazón libre, porque todos sabemos que en el mundo hay tantos lazos que nos atan el corazón y no dejan que el corazón sea libre. La explotación, la falta de medios para sobrevivir, la drogadicción, la tristeza, todas esas cosas nos quitan la libertad. Así que todos juntos, agradeciéndole a Orlando que haya pedido esta bendición, tener el corazón libre, un corazón que pueda decir lo que piensa, que pueda decir lo que siente y que pueda hacer lo que piensa y lo que siente. ¡Ese es un corazón libre! Y eso es lo que vamos a pedir todos juntos, esa bendición que Orlando pidió para todos. Repitan conmigo: “Señor Jesús, dame un corazón libre. Que no sea esclavo de todas las trampas del mundo. Que no sea esclavo de la comodidad, del engaño. Que no sea esclavo de la buena vida. Que no sea esclavo de los vicios. Que no sea esclavo de una falsa libertad, que es hacer lo que me gusta en cada momento”. Gracias, Orlando, por hacernos caer en la cuenta de que tenemos que pedir un corazón libre. ¡Pídanlo todos los días!

Y hemos escuchado dos testimonios: el de Liz y el de Manuel. Liz nos enseña una cosa. Así como Orlando nos enseñó a rezar para tener un corazón libre, Liz con su vida nos enseña que no hay que ser como Poncio Pilato: lavarse las manos. Liz podía haber tranquilamente puesto a su mamá en un asilo, a su abuela en otro asilo y vivir su vida de joven, divirtiéndose, estudiando lo que quería. Y Liz dijo: “No, la abuela, la mamá…”. Y Liz se convirtió en sierva, en servidora y, si quieren más fuerte todavía, en sirvienta de la mamá y de la abuela. ¡Y lo hizo con cariño! Hasta tal punto –decía ella–, que hasta se cambiaron los roles y ella terminó siendo la mamá de su mamá, en el modo como la cuidaba. Su mamá, con esa enfermedad tan cruel que confunde las cosas. Y ella quemó su vida, hasta ahora, hasta los 25 años, sirviendo a su mamá y a su abuela. ¿Sola? No, Liz no estaba sola. Ella dijo dos cosas que nos tienen que ayudar: habló de un ángel, de una tía que fue como un ángel; y habló del encuentro con los amigos los fines de semana, con la comunidad juvenil de evangelización, con el grupo juvenil que alimentaba su fe. Y esos dos ángeles –esa tía que la custodiaba y ese grupo juvenil– le daban más fuerza para seguir adelante. Y eso se llama solidaridad. ¿Cómo se llama? [Responden los jóvenes: “Solidaridad”]. Cuando nos hacemos cargo del problema de otro. Y ella encontró allí un remanso para su corazón cansado. Pero hay algo que se nos escapa. Ella no dijo: “Hago esto y nada más”. ¡Estudió! Y es enfermera. Y haciendo todo eso, la ayuda, la solidaridad que recibió de ustedes, del grupo de ustedes, que recibió de esa tía que era como un ángel, la ayudó a seguir adelante. Y hoy, a los 25 años, tiene la gracia que Orlando nos hacía pedir: tiene un corazón libre. Liz cumple el cuarto mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Liz muestra su vida, ¡la quema!, en el servicio a su madre. Es un grado altísimo de solidaridad, es un grado altísimo de amor. Un testimonio. “Padre, ¿entonces se puede amar?”. Ahí tienen a alguien que nos enseña a amar.

Primero: libertad, corazón libre. Entonces, todos juntos: [Los jóvenes repiten cada frase] “Primero: corazón libre”. “Segundo: solidaridad para acompañar”. Solidaridad. Eso es lo que nos enseña este testimonio. Y a Manuel no le regalaron la vida. Manuel no es un “nene bien”. No es un “nene”, no fue un “nene”, no es un chico, un muchacho hoy, a quien la vida le fue fácil. Dijo palabras duras: “Fui explotado, fui maltratado, a riesgo de caer en las adicciones, estuve solo”. Explotación, maltrato y soledad. Y en vez de salir a hacer maldades, en vez de salir a robar, se fue a trabajar. En vez de salir a vengarse de la vida, miró adelante. Y Manuel usó una frase linda: “Pude salir adelante porque en la situación en que yo estaba era difícil hablar de futuro”. ¿Cuántos jóvenes, ustedes, hoy tienen la posibilidad de estudiar, de sentarse a la mesa con la familia todos los días, tienen la posibilidad de que no les falte lo esencial? ¿Cuántos de ustedes tienen eso? Todos juntos, los que tienen eso, digan: “¡Gracias Señor!” [Los jóvenes repiten: “¡Gracias Señor!”]. Porque acá tuvimos un testimonio de un muchacho que desde chico supo lo que era el dolor, la tristeza, que fue explotado, maltratado, que no tenía qué comer y que estaba solo. ¡Señor, salvá a esos chicos y chicas que están en esa situación! Y para nosotros, ¡Señor, gracias! ¡Gracias, Señor! Todos: ¡Gracias, Señor!

Libertad de corazón. ¿Se acuerdan? Libertad de corazón; lo que nos decía Orlando. Servicio, solidaridad; lo que nos decía Liz. Esperanza, trabajo, luchar por la vida, salir adelante; lo que nos decía Manuel. Como ven, la vida no es fácil para muchos jóvenes. Y esto quiero que lo entiendan, quiero que se lo metan en la cabeza: “Si a mí la vida me es relativamente fácil, hay otros chicos y chicas que no le es relativamente fácil”. Más aún, que la desesperación los empuja a la delincuencia, los empuja al delito, los empuja a colaborar con la corrupción. A esos chicos, a esas chicas, les tenemos que decir que nosotros les estamos cerca, queremos darles una mano, que queremos ayudarlos, con solidaridad, con amor, con esperanza.

Hubo dos frases que dijeron los dos que hablaron, Liz y Manuel. Dos frases, son lindas. Escúchenlas. Liz dijo que empezó a conocer a Jesús, conocer a Jesús, y eso es abrir la puerta a la esperanza. Y Manuel dijo: “Conocí a Dios, mi fortaleza”. Conocer a Dios es fortaleza. O sea, conocer a Dios, acercarse a Jesús, es esperanza y fortaleza. Y eso es lo que necesitamos de los jóvenes hoy: jóvenes con esperanza y jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes “debiluchos”, jóvenes que están ahí no más, ni sí ni no. No queremos jóvenes que se cansen rápido y que vivan cansados, con cara de aburridos. Queremos jóvenes fuertes. Queremos jóvenes con esperanza y con fortaleza. ¿Por qué? Porque conocen a Jesús, porque conocen a Dios. Porque tienen un corazón libre. Corazón libre, repitan. [Los jóvenes repiten cada una de las palabras] Solidaridad. Trabajo. Esperanza. Esfuerzo. Conocer a Jesús. Conocer a Dios, mi fortaleza. Un joven que viva así, ¿tiene la cara aburrida? [respuesta de los jóvenes: “No”] ¿Tiene el corazón triste? [respuesta de los jóvenes: “No”]. ¡Ese es el camino! Pero para eso hace falta sacrificio, hace falta andar contracorriente. Las Bienaventuranzas que leímos hace un rato son el plan de Jesús para nosotros. El plan... Es un plan contracorriente. Jesús les dice: “Felices los que tienen alma de pobre”. No dice: “Felices los ricos, los que acumulan plata”. No. Los que tienen el alma de pobre, los que son capaces de acercarse y comprender lo que es un pobre. Jesús no dice: “Felices los que lo pasan bien”, sino que dice: “Felices los que tienen capacidad de afligirse por el dolor de los demás”. Y así, yo les recomiendo que lean después, en casa, las Bienaventuranzas, que están en el capítulo quinto de San Mateo. ¿En qué capítulo están? [respuesta de los jóvenes: “quinto”] ¿De qué Evangelio? [respuesta de los jóvenes: “San Mateo”]. Léanlas y medítenlas, que les va a hacer bien.

Tengo que agradecer a vos, Liz; te agradezco, Manuel; e te agradezco, Orlando. Corazón libre, que es lo que debe ser.

Y me tengo que ir [jóvenes: “No!”]. El otro día, un cura en broma me dijo: “Sí, usted siga haciéndole… aconsejando a los jóvenes que hagan lío. Siga, siga. Pero después, los líos que hacen los jóvenes los tenemos que arreglar nosotros”. ¡Hagan lío! Pero también ayuden a arreglar y a organizar el lío que hacen. Las dos cosas: hagan lío y organícenlo bien. Un lío que nos dé un corazón libre, un lío que nos dé solidaridad, un lío que nos dé esperanza, un lío que nazca de haber conocido a Jesús y de saber que Dios, a quien conocí, es mi fortaleza. Ese es el lío que hagan.

Como sabía las preguntas, porque me las habían pasado antes, había escrito un discurso para ustedes, para dárselo, pero los discursos son aburridos, así que, se lo dejo al Señor Obispo encargado de la Juventud para que lo publique.

Y ahora, antes de irme, [“No!”] les pido, primero, que sigan rezando por mí; segundo, que sigan haciendo lío; tercero, que ayuden a organizar el lío que hacen para que no destruya nada. Y todos juntos ahora, en silencio, vamos a elevar el corazón a Dios. Cada uno desde su corazón, en voz baja, repita las palabras:

Señor Jesús, te doy gracias por estar aquí. Te doy gracias porque me diste hermanos como Liz, Manuel y Orlando. Te doy gracias porque nos diste muchos hermanos que son como ellos. Que te encontraron, Jesús. Que te conocen, Jesús. Que saben que Vos, su Dios, sos su fortaleza. Jesús, te pido por los chicos y chicas que no saben que Vos sos su fortaleza y que tienen miedo de vivir, miedo de ser felices, tienen miedo de soñar. Jesús, enseñános a soñar, a soñar cosas grandes, cosas lindas, cosas que aunque parezcan cotidianas, son cosas que engrandecen el corazón. Señor Jesús, danos fortaleza, danos un corazón libre, danos esperanza, danos amor y enseñános a servir. Amén.

Ahora les voy a dar la bendición y les pido, por favor, que recen por mí y que recen por tantos chicos y chicas que no tienen la gracia que tienen ustedes de haber conocido a Jesús, que les da esperanza, les da un corazón libre y los hace fuertes.

(Bendición)

Y que los bendiga Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

martes, 25 de agosto de 2015

Atencióóóóón!!!!

Dios te lo pone todo en las manos... ¿Que vas a hacer?




Lo que hagas que sea bueno y... LUCHA como si sólo dependiera de ti pero...REZA omo si solo dependiera de DIOS


martes, 11 de agosto de 2015

La Inmaculada joven, de sor Isabel Guerra, icono del EEJ Ávila 2015 y compañera hasta Polonia


La Inmaculada joven, de sor Isabel Guerra, icono del EEJ Ávila 2015 y de la Pastoral Juvenil de España

La apertura del Encuentro Europeo de Jóvenes de Ávila se estrenó en la noche del miércoles 5 de agosto con una sorpresa, que tendrá su presencia más relevante en la misa de clausura y de envío del Encuentro.

Se trata de la presentación y entrega de un icono mariano para los jóvenes de España. Es un bellísimo cuadro de sor Isabel Guerra, una Inmaculada joven, que se ha de convertir en la «réplica» (por decirlo de alguna manera) de la Cruz y del Icono de las JMJ.

Se ha elegido una Inmaculada al ser la patrona de España. Al cuadro se le han preparado unas andas, en un taller de Ciudad Real, para que pueda ser procesionada y participar en los distintos eventos de la pastoral juvenil de las diócesis de España.

Sor Isabel Guerra es una religiosa cisterciense, de origen madrileño, monja en el monasterio de Santa Lucía de Zaragoza. Es uno de los pintores contemporáneos más prestigiosos de España