La fuerza de Europa no se encuentra ni en su armamento ni en su ciencia, se halla en su religión. Observa la fe cristiana. Cuando hayas captado su corazón y su ímpetu, tómalos y llévalos a China".
Quien decía estas palabras a principios del siglo XX era Xu Jingcheng, embajador de China ante la corte de los zares, y quien las escuchaba era un joven diplomático, Lou Tseng Tsiang (1871-1949), quien estaba en Rusia desde 1892 en diferentes tareas al servicio de su país y pasaría allí catorce años.
Lou tenía a Xu como su mentor y convirtió esas palabras en norma de vida, y en cierto modo la sintetizan, centrada siempre en Cristo pero a caballo entre China y su destino vital, tan ligado a Europa.
El amor y el ejemplo de una joven belga
Lou Tseng Tsiang había nacido en Shanghai en una acomodada familia protestante. Su padre, activista de la London Missionery Society, le educó en el amor a la Biblia y le dio una rica formación en idiomas, preparándole para su carrera posterior.
Pero justo en los inicios de su profesión, en 1899, conoció en San Petersburgo a una joven hija de una familia de militares belgas. Lou se enamoró de Berthe Bovy, y como ella era católica, se casaron una vez resuelto el impedimento de disparidad de culto. El mismo sacerdote que ofició la ceremonia, el padre Antonin Veile-Lagrange, O.P., le recibiría en la Iglesia, bautizándole sub conditione.
Pero eso no sería hasta el 25 de octubre de 1911, cuando la evolución de sus propias convicciones personales y el amor a su esposa por su continuo ejemplo le llevaron a dar ese paso. "Prometí que nuestros hijos serían católicos, pero como no tenemos hijos ¿qué te parecería si me hiciera católico?", le planteó un día a Berthe. A quien hizo feliz, a pesar de que siempre se había mostrado discreta con él: "Mi esposa nunca me había planteado la cuestión religiosa, contentándose con ser lo que era: una verdadera cristiana. Aquella discreción me animaba aún más a desear unirme a ella en la Iglesia católica, donde me habría negado a entrar si ella me hubiera incitado a ello". Así lo cuenta en los libros Recuerdos y pensamientos (1945) y El encuentro de las Humanidades y el descubrimiento del Evangelio de 1949).
"No" categórico al Tratado de Versalles
Para entonces estaba en la cima de su carrera. Entre ese año y 1926, Lou fue varias veces primer ministro y ministro de Asuntos Exteriores, y encabezó la delegación de China en el Tratado de Versalles de 1919. Allí se consagró como un político correoso en defensa de su patria, pues se negó a suscribir el Tratado porque concedía a Japón la soberanía sobre un territorio que China reclamaba. Fue el único país participante que no fue signatario de los acuerdos.
Tseng Tsiang estaba dejando una huella importante en la historia política de su país, e incluso en algún momento dejó los cargos que tenía para ocuparse de las víctimas del hambre, pero había algo que le preocupaba más que todo ello: el delicado estado de salud de Berthe. En 1922 se trasladaron a Suiza para buscar su recuperación, y durante ese tiempo peregrinaron a Roma y Lou fue recibido por el Papa Pío XI.
Postulante, sacerdote, abad
Algo barruntaba ya entonces sobre cuál sería su futuro en caso de fallecimiento de Mme. Bovy. Y cuando eso sucedió en 1926, Lou entró como postulante en la abadía benedictina de Saint André-les-Bruges, en Bélgica, donde adoptó el nombre de fray Pedro Celestino. Tenía 56 años. En 1935 fue ordenado sacerdote, y en 1946 el Papa Pío XII le nombró abad titular de la abadía de San Pedro en Gante. Murió el 15 de enero de 1949, tras una vida extraordinariamente rica en experiencias, pero sobre todo rectilínea en el seguimiento de la voluntad de Dios tal como se le iba revelando.
Filosofía que conduce a Dios
En sus escritos, Lou Tseng Tsiang explica el valor de la filosofía natural tradicional china al modo en que los Padres de la Iglesia valoraron la filosofía natural griega, como buena preparatoria para la fe: "Soy confucianista en el sentido de que esta filosofía moral, en la que fui educado, penetra profundamente en la naturaleza del hombre y traza claramente su línea de conducta ante el Creador, ante los padres y ante el prójimo, tanto las personas como la sociedad. El confucianismo, cuyas normas de vida moral son tan profundas y tan benéficas, encuentra en la revelación cristiana y en la existencia y en la vida de la Iglesia católica la justificación más impresionante de todo cuando posee de humano y de inmortal".
"El Logos de los griegos", escribe en otra ocasión abundando en esta idea, "se corresponde sin duda con el Tao de los chinos. En el principio era el Tao, y el Tao estaba con Dios, y el Tao era Dios. Jesucristo es el Taos hecho carne, que viene a revelarnos la vida de Dios y a desvelar su corazón humano y la piedad filial que muestra hacia su Padre".
El "latín" de los chinos
Como benedictino, sentía un gran aprecio por la liturgia como expresión del misterio de la relación entre el hombre y Dios. Como medio de aumentar las conversiones mediante los sacramentos, quería que la Iglesia autorizase en China la misa en chino, pero no porque fuese partidario de la liturgia en lengua vernácula, sino por razones culturales. De hecho, no pretendía una traducción al chino corriente, sino a las antiguas formas del chino literario ("por su profunda belleza, por su vigor y elegancia"), esto es, un equivalente del latín en Occidente: "Mientras la liturgia católica no adopte la lengua literaria china (la cual, quiero subrayar, se armoniza de manera admirable con el canto gregoriano), el culto que la Iglesia rinde a Dios, el sacrificio de la misa, el oficio divino, la liturgia de los sacramentos, la admirable liturgia católica de los funerales serán, para la raza amarilla, un libro totalmente cerrado".
El deseo incumplido de Lou fue volver a su país y participar, aunque ya septuagenario, en el renacimiento de la vida monástica católica en China (que pronto frustraría, mediante la persecución, la revolución comunista). En el claustro belga, evocando las ricas experiencias de su vida y el amor de su esposa que le había llevado a la fe, Tseng Tsiang escribió sus obras recapitulatorias, una de las cuales acaba concretando el gran objetivo de su vida de experimentado diplomático: "Que Dios sea honrado y glorificado por todas las naciones de la tierra".
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martes, 24 de noviembre de 2015
Fue primer ministro chino, se convirtió por amor y al morir su esposa se hizo monje benedictino
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viernes, 20 de noviembre de 2015
Llegó cubierto de tatuajes a la abadía donde hoy es monje ¡y los conserva!: «Es parte de lo que soy»
Hace seis años, una moto se detuvo a las puertas de la abadía benedictina de Mount Angel, en Saint Benedict (Oregón, Estados Unidos). De ella descendió un hombre ya maduro, enfundado en cuero, con un piercing en las orejas, algunas rastas en el pelo y tatuajes en los brazos y el cuello. Ahora recuerda que fue “muy divertido” comprobar el impacto de su imagen sobre los monjes. Lo corrobora el abad, Vincent Trujillo: “Procurábamos no tener prejuicios en cuanto a su apariencia, pero ciertamente impresionaba. Todo el mundo es bienvenido a los retiros de discernimiento”.
De Bobby Love a Hermano André
Porque a eso acudía Bobby Love: a discernir su vocación. Y del resultado del discernimiento es buena muestra su imagen como encargado del museo del monasterio. Su nombre es ahora Hermano André y porta el mismo hábito benedictino que el resto de sus casi cincuenta compañeros.
Pero aún quedan las huellas de su pasado, los tatuajes que se hizo en manos y cuello a principios de los años 90. Los llamaban tatuajes “antitrabajo”, porque nadie que los llevase podía aspirar a ser contratado. Y es justo lo que él pretendía: como hijo rebelde de un exitoso hombre de negocios, había decidido ser artista y no quería marcha atrás. Estamparse la piel fue su forma de “quemar las naves” para empezar a llevar una vida bohemia y vivir sólo de sus pinceles.
Muchos años después, cuando decidió quedarse entre los muros del claustro, pidió permiso al abad para borrarse los tatuajes. Pero Dom Vincent le sugirió que los conservara, y el hermano André aceptó: “No tanto como recordatorio, sino porque es parte de lo que soy”, confiesa a Tom Mayhall Rastrelli en un reportaje de Statesman Journal.
Un buen monje
Rodeado de los variopintos objetos del museo (desde una colección de animales disecados a algunas piezas milenarias de cerámica, pasando por una calabaza labrada por Walt Disney), que se encarga de investigar y catalogar, el hermano André se siente “como en un jardín”, pero le sale el monje que lleva dentro: “La oración es mi trabajo real”. Y de hecho, una de las personas que más le han ayudado en sus tareas museísticas como restauradora en el Bush Barn Art Center, Catherine Alexander, destaca que “una singular forma de devoción empapa todo lo que hace”.
El antiguo Bobby Love es también el encargado de la campana que rige la vida monacal, y que toca a las 5.20, 6.30, 7.55, 11.55, 5.15 y 7.25, las horas en que los monjes acuden a la capilla para las Horas y la misa. Él se sienta en el coro en primera fila, entre los más nuevos. El abad habla bien de él: “Hace bien su trabajo y sabe cuándo es el momento de concentrarse y cuándo el de relajarse. ¡No porque seamos monjes ignoramos cómo pasarlo bien!”.
Dinero, amigos y adicciones: solo y sin rumbo
Pero ¿cuál es la historia del hermano André? Nació en el seno de una familia católica, el tercero de cinco hermanos, todas chicas salvo él, y vivieron en Texas y Mississippi. Su padre era empresario y su madre pintora, y así nació su vocación artística. Estudió en el instituto hasta que lo dejó y se enroló en el Ejército, donde estuvo cinco años, incluyendo la Guerra del Golfo.
Luego abandonó las Fuerzas Armadas y fue cuando se tatuó el cuerpo. Viviendo en Nueva York descubrió que podía ganar cien dólares a la hora haciendo tatuajes… y fue su ocupación en los años siguientes, con una reputación que le llevó de la Gran Manzana a todo el país: Nueva Orleáns, Seattle, Austin… Hacía dinero, tenía amigos… “Todo apuntaba a que yo debería ser feliz, pero me sentía solo y a la deriva. Me miraba a mí mismo y me daba cuenta de que me había convertido en un producto. Mi arte no era una expresión personal, sino lo que los chicos querían, aquello por lo que estaban dispuestos a pagar”. Todo era cuestión de dinero, de imagen, de ego… Bebía demasiado y consumía drogas.
La necesidad de Dios
Bobby Love se divorció tres veces. “No tenía ni idea de lo que era el amor. No tenía ni idea sobre cómo amor o sobre cómo dejar que los demás me quisiesen, y por eso era un miserable”, lamenta ahora el Hermano André: “Mis adicciones eran sólo un síntoma de un problema mayor… la ruina espiritual. Me di cuenta de que necesitaba a Dios. Necesitaba ser una persona completa en el sentido de que no se trata sólo de lo material o lo físico, sino de una completa dinámica espiritual que yo había ignorado por completo”.
Decidió entonces tratarse de sus adicciones, salir de la bohemia para tener un trabajo “normal” de nueve de la mañana a cinco de la tarde, tener tiempo para pensar y reconducir su vida: “Me miré los brazos y vi que en ellos sólo había odio e ira. Era un mecanismo de autodefensa”.
La fe de la infancia
En ese proceso de revisión de vida, investigó diversas religiones, pero concluyó que lo que debía intentar era conocer de verdad la que había probado en su infancia. En 2006 volvió a la fe católica: “Tuve que reaprender la fe como adulto. Cuando niño tenía un montón de cuestiones que no comprendía. Si te educan en la fe, simplemente crees en ello. Yo sólo quería saber por qué lo hacemos”.
Se confesó, veinticinco años después, y realizó el curso básico de iniciación como si no estuviese ya bautizado. Pidió perdón a todos aquellos a quienes había perjudicado durante su vida.
Creador de iconos
Quiso convertirse en un artista cristiano, “pero no para pintar esas imágenes almibaradas de Cristo y de los santos en los mismos estilos en los que ya se ha hecho, en particular con todo ese sentimentalismo. Quería, de nuevo, encontrar mi voz”. Y lo ha conseguido en el claustro, en los pequeños ratos de veinte minutos que sus responsabilidades le dejan libres.
Actualmente está terminando un icono bizantino de San Esteban y un cuadro de Veronés de los Siete Dolores de María Santísima, el encargo de una parroquia. Su superior le ha pedido que estudie iconografía, y se consagra a pintar cuadros religiosos con técnicas antiguas.
Pintar como forma de relación con Dios
Ahora su perspectiva es la de un monje: “Tuve que cambiar todo lo que pensaba sobre crear y producir. Ya no se trata de lo que soy capaz de hacer, sino de mi relación con Dios”.
Porque “Dios”, confiesa, es la última explicación para un periplo vital que empezó con la pasión del arte y le llevó a bajarse aquel día de la moto, a las puertas de la Abadía de Mount Angel, dispuesto a pasar sus rastas y sus tatuajes, pero sobre todo su alma y su pasado, por la criba de un retiro espiritual.
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miércoles, 18 de noviembre de 2015
De baterista rock a trapense: «Yo no iba a misa pero unos amigos me llevaron en su aniversario y...»
9 junio 2015
La abadía de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, en Frattocchie (Italia), toma su origen de la supresión de la abadía de Nuestra Señora de las Catacumbas de San Calixto, cerca de Roma. Los trapenses habían sido expresamente deseados y llamados por el Papa León XIII en 1883 para que fuesen los custodios de estos santos lugares que constituyen el célebre cementerio de los primeros siglos de la Iglesia junto a la vía Apia.
Hace 40 años, el Padre José ingresó al monasterio, tras haber llevado una vida vinculada a la música de rock (fue un importante baterista de destacados artistas argentinos).
Él destaca que Dios encuentra al hombre donde el hombre está, y manifiesta, “no hace como nosotros que preparamos un escenario, mi experiencia personal es que Dios me vino a buscar donde yo estaba. Yo no reniego del pasado, al contrario, fue el lugar que Él eligió para encontrarse conmigo”.
José Otero, monje trapense de la abadía de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, explicaba esto a Radio María:
“Un día pasó Jesús por acá, y me dijo sígueme, y yo acepté y dije me voy atrás de este, que tiene la verdad y la vida”.
Y así comenzó, tenía 24 años cuando tuvo una conversión.
Un amigo suyo lo visitó una noche en el lugar donde él trabajaba. El amigo cumplía años de casados con su esposa, y lo invitaron a su casa a comer un pedazo de torta.
Después a la mañana siguiente lo llevaron a misa. “Me regalaron la maravilla de la misa”, cuenta emocionado.
En ese momento él no iba a misa, mientras que sus amigos iban todos los días. Y a partir de ellos Rolando y Mimí, el hoy padre José Otero, empezó a visitar a los benedictinos de Buenos Aires.
“Y ahí fue mi conversión”, indica. Así comenzó a empaparse de todo lo que era la vida monástica. Como quien se sabe amado, cuenta que en un momento determinado hizo la opción entre seguir con su profesión o entrar en el monasterio y optó por entrar en el monasterio.
Acerca de la dinámica en el Monasterio, el Padre José, dice que la estructura de la vida monástica es ordenar todas las cosas para contar con el tiempo necesario que facilite una vida de oración. Describe este momento, priorizando los oficios divinos, “a las tres y cuarto de la mañana nos levantamos y rezamos, vigilia, laudes, nona, vísperas, y lo más importante es la lectio divina”.
Cuentan también con tiempo para el encuentro fraterno, ya que los domingos aprovechan para charlar con los hermanos, caminar en la viña que tienen donde producen vino castelli romani, vino blanco.
El Padre José Otero, reflexiona diciendo que una de las necesidades más grandes que tiene el mundo de hoy es ver encarnada la religión en un grupo de gente, no en personas aisladas, un grupo de personas que se dedique a manifestar que el evangelio es posible, que Jesucristo vive donde dos o más se reúnen en su nombre.
Ante la pregunta qué es lo que lo motiva a elegir todos los días esta vida en el Monasterio, declara que su renovación diaria es el encuentro con Jesús en la Eucaristía, conocer la misericordia de Dios, que es conocer su verdad, experimentar en carne propio el perdón. “Yo pienso que en el cielo vamos a estar permanentemente con la boca abierta, absortos, de todas las novedades que vamos a encontrar en Dios”.
“En la Eucaristía de cada día, junto con la comunidad, se experimenta que Dios está con nosotros, como Él lo prometió, estaré con ustedes hasta el fin del mundo”, concluye.
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miércoles, 21 de octubre de 2015
VEN Y SÍGUEME
«Queridos amigos, planteaos seriamente la pregunta sobre vuestra vocación, y estad dispuestos a responder al Señor que os llama a ocupar el lugar que tiene preparado para vosotros desde siempre».
Desde hace algunas décadas vemos con honda preocupación cómo el número de vocaciones tanto para el sacerdocio como para la vida consagrada viene disminuyendo. No pasa desapercibida la escasez de sacerdotes que existe para atender a las inmensas multitudes de fieles cristianos. De modo similar se puede hablar de los consagrados: muchos hijos e hijas de la Iglesia permanecen pastoralmente abandonados por falta de manos y recursos, mientras el secularismo predominante en la cultura va haciendo cada vez más difícil la respuesta a la vida cristiana y crece el influjo de sectas y "meras formas" de religiosidad. Ante esta desafiante realidad, que a todos los católicos debe preocuparnos hondamente, solemos escuchar que hay una falta o crisis de vocaciones. Pero, ¿ha dejado Dios de llamar a hombres y mujeres a la vida sacerdotal o consagrada?
¿CRISIS DE VOCACIONES, O CRISIS DE RESPUESTA?
Lo primero que hay que afirmar es que no hay falta de vocaciones. ¡Las vocaciones abundan! ¡Dios sigue llamando a muchos también hoy! El problema está en la ausencia de respuesta al llamado del Señor, y esto por diversas razones: sordera para escuchar la voz de Dios en un mundo que nos llena de bulla; cobardía cuando uno percibe que el Señor le pide "más entrega"; oposición y presión que desalienta y hace que muchos se echen atrás, ya sea por parte del ambiente en general, del círculo de "amigos" o incluso de los propios padres y familiares; inconsistencia en la vida espiritual e incoherencia en la vida cristiana.
También habría que preguntarnos si la falta de respuesta de los llamados se debe al pobre testimonio de vida cristiana que muchas veces damos los católicos. ¿Ha dejado de ser la santidad de vida un ideal apelante y atractivo para los jóvenes de hoy por nuestra mediocridad e incoherencia entre lo que decimos creer y lo que mostramos muchas veces con nuestras obras, con nuestra conducta? Si fuéramos santos, hombres y mujeres formados en la fe y convencidos de que el Señor Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, si con el testimonio de una vida coherente supiéramos presentar a Cristo con toda la fuerza atractiva que emana de su Persona, ¡cuántas vocaciones veríamos florecer en la Iglesia hoy!
¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?
La palabra "vocación" viene del latín "vocare", que significa "llamar". Así pues, al hablar de vocación en el vocabulario cristiano entendemos el llamado que Dios hace al ser humano, a cada uno de nosotros. Ya nuestra vida misma es una vocación: el "llamado" que Dios nos hace a salir de la nada para pasar a la existencia.
Hemos sido creados con la capacidad de entrar en diálogo y comunión de amor con Dios mismo. ¡A nosotros nos llama el Señor para participar de su misma vida y naturaleza divina! Es un llamado a «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor.
Pero junto a este llamado o vocación universal hay otro llamado particular: a cada cual Dios lo llama a ocupar un lugar y a cumplir una misión específica en el mundo. Ante ese llamado «es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, día tras día, el camino por el que el Señor le sale personalmente al encuentro».
Dentro de esa vocación o llamado particular, la mayoría encuentra en la vida matrimonial su propio camino de santidad, mas otros están llamados a seguir al Señor Jesús "más de cerca", siguiendo su mismo estilo de vida mientras vivió con nosotros, renunciando a todo para entregar su vida al anuncio del Evangelio y al servicio evangelizador de los hermanos humanos, ya sea en el sacerdocio o la vida consagrada. A éstos, de una manera particular, va dirigido el llamado del Señor: «Ven y sígueme».
LA VOCACIÓN SACERDOTAL O CONSAGRADA
Por lo dicho se entiende que el llamado no es ninguna novedad. Es una realidad tan antigua como la existencia misma del hombre, una realidad que también hoy se da: Dios sigue llamando hoy.
En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios fue escogiendo a algunos hombres o mujeres para tareas concretas y específicas, para llevar a cabo su designio reconciliador. Descubrimos cómo a quienes Dios elige para una misión muy concreta, los forma ya desde el seno materno . Por eso podemos afirmar que la vocación es como un sello que está grabado en el elegido desde el momento mismo de su concepción, un sello imborrable . Porque está "hecho para eso", todo su ser se lo reclama, aunque sólo con el tiempo y los signos que Dios le envía podrá interpretar correctamente ese "reclamo interior de su ser". Dios, cuando permite al elegido percibir el llamado, sale al encuentro de esa estructura interior, corresponde a aquello para lo que el elegido "está hecho" desde su concepción, para lo que ha nacido.
En el Nuevo Testamento es el Señor Jesús, Dios hecho hombre, quien elige e invita a algunos con un tan escueto como radical: «Ven y sígueme» . De ese modo asocia a quienes llama a su misma misión reconciliadora y evangelizadora.
Quienes escucharon aquel llamado experimentaron sus exigencias: dejarlo todo por el Señor. Quienes supieron responder con prontitud, generosidad y fidelidad, recibieron por parte del Señor una promesa: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente. y en el mundo venidero, vida eterna».
Otros, como el "joven rico" o Judas Iscariote, prefirieron aferrarse a sus riquezas o a sus propios planes, negando o traicionando con el tiempo su propio llamado. El fruto amargo que experimentaron fue la honda tristeza y frustración de no responder a lo que el propio corazón reclama. A ello se suma, en el caso de Judas, el iniciar un camino de autonegación que lleva finalmente a la propia destrucción y aniquilamiento. Como vemos, aunque hoy parece haberse agudizado, la crisis de respuesta tampoco es novedad.
EL LLAMADO FUENTE DE BENDICIONES
A diferencia de lo que algunos piensan, la vocación a la vida sacerdotal o consagrada no es una mala noticia, ni para el elegido o elegida, ni para su familia. ¡Todo lo contrario! El llamado que Dios hace a un hijo o hija es fuente de bendiciones para toda la familia y signo de un amor de predilección para el llamado: «con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».
De la respuesta fiel y valiente al llamado del Señor depende la realización de la persona. Es importante que quien percibe o intuye la invitación del Señor entienda que Dios no es enemigo de su felicidad porque el camino que le señala "se opone a sus planes para ser feliz". ¡Todo lo contrario! Porque te ama, porque te conoce mejor que tú, porque es infinitamente sabio, Dios te muestra el camino que has de seguir para alcanzar tu verdadera felicidad, respondiendo a aquello para lo que estás hecho. Al mismo tiempo, ten en cuenta que la felicidad de muchas personas -empezando por tus propios padres, aunque a veces puede parecer lo contrario- depende de tu sí generoso y de tu fidelidad a llamado del Señor.
LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS
Es importante ser consciente que el presente asunto atañe a todos los hijos de la Iglesia. ¿No queremos un mundo mejor? ¿Cómo vamos a contribuir al cambio del mundo si no somos santos, y si los que son llamados por Dios no responden a su propia vocación y misión? Por eso nadie puede sentirse excluido de la responsabilidad de cooperar de alguna manera, trabajando o apoyando directa o indirectamente al florecimiento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Y como "la caridad empieza por casa", son los padres los primeros que deben rezar por la vocación de sus hijos, así como enseñarles a que en esta vida no sólo el matrimonio es un camino válido, sino que también lo son el sacerdocio o la vida consagrada. Los padres, con mucha apertura a la acción divina y espíritu de sacrificio en no pocos casos, son los primeros que han de alentar y apoyar a sus hijos a seguir las inspiraciones divinas en el momento en que alguno de ellos perciba o manifieste alguna inquietud vocacional. De ese modo, las familias cristianas están llamadas a ser hoy verdaderos semilleros de vocaciones.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
Vocaciones en el Antiguo Testamento: Moisés: Éx 4,10-12; Samuel: 1Sam 3,10; Isaías: Is 6,4ss; Jeremías: Jer 1,5-8.
La vocación es fruto de un amor de predilección de Dios: Jer 31,3; es como un fuego inextinguible: ver Jer 20,9.
Vocaciones en el Nuevo Testamento: María, ejemplo de una respuesta pronta y valiente a su vocación: Lc 1,38; vocación y respuesta de algunos apóstoles: Mt 4,18-22; Mateo: Mt 9,9; Juan y Andrés: Jn 1,35-42; Pedro: Lc 5,8.
Exigencias de la vocación: Lc 9,57-62; promesa del Señor a quien responde a su vocación: Mc 10,29-30.
El triste ejemplo de un joven que rechaza el llamado del Señor: Mc 10,17-22.
Desde hace algunas décadas vemos con honda preocupación cómo el número de vocaciones tanto para el sacerdocio como para la vida consagrada viene disminuyendo. No pasa desapercibida la escasez de sacerdotes que existe para atender a las inmensas multitudes de fieles cristianos. De modo similar se puede hablar de los consagrados: muchos hijos e hijas de la Iglesia permanecen pastoralmente abandonados por falta de manos y recursos, mientras el secularismo predominante en la cultura va haciendo cada vez más difícil la respuesta a la vida cristiana y crece el influjo de sectas y "meras formas" de religiosidad. Ante esta desafiante realidad, que a todos los católicos debe preocuparnos hondamente, solemos escuchar que hay una falta o crisis de vocaciones. Pero, ¿ha dejado Dios de llamar a hombres y mujeres a la vida sacerdotal o consagrada?
¿CRISIS DE VOCACIONES, O CRISIS DE RESPUESTA?
Lo primero que hay que afirmar es que no hay falta de vocaciones. ¡Las vocaciones abundan! ¡Dios sigue llamando a muchos también hoy! El problema está en la ausencia de respuesta al llamado del Señor, y esto por diversas razones: sordera para escuchar la voz de Dios en un mundo que nos llena de bulla; cobardía cuando uno percibe que el Señor le pide "más entrega"; oposición y presión que desalienta y hace que muchos se echen atrás, ya sea por parte del ambiente en general, del círculo de "amigos" o incluso de los propios padres y familiares; inconsistencia en la vida espiritual e incoherencia en la vida cristiana.
También habría que preguntarnos si la falta de respuesta de los llamados se debe al pobre testimonio de vida cristiana que muchas veces damos los católicos. ¿Ha dejado de ser la santidad de vida un ideal apelante y atractivo para los jóvenes de hoy por nuestra mediocridad e incoherencia entre lo que decimos creer y lo que mostramos muchas veces con nuestras obras, con nuestra conducta? Si fuéramos santos, hombres y mujeres formados en la fe y convencidos de que el Señor Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, si con el testimonio de una vida coherente supiéramos presentar a Cristo con toda la fuerza atractiva que emana de su Persona, ¡cuántas vocaciones veríamos florecer en la Iglesia hoy!
¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?
La palabra "vocación" viene del latín "vocare", que significa "llamar". Así pues, al hablar de vocación en el vocabulario cristiano entendemos el llamado que Dios hace al ser humano, a cada uno de nosotros. Ya nuestra vida misma es una vocación: el "llamado" que Dios nos hace a salir de la nada para pasar a la existencia.
Hemos sido creados con la capacidad de entrar en diálogo y comunión de amor con Dios mismo. ¡A nosotros nos llama el Señor para participar de su misma vida y naturaleza divina! Es un llamado a «ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor.
Pero junto a este llamado o vocación universal hay otro llamado particular: a cada cual Dios lo llama a ocupar un lugar y a cumplir una misión específica en el mundo. Ante ese llamado «es deber irrenunciable de cada uno buscar y reconocer, día tras día, el camino por el que el Señor le sale personalmente al encuentro».
Dentro de esa vocación o llamado particular, la mayoría encuentra en la vida matrimonial su propio camino de santidad, mas otros están llamados a seguir al Señor Jesús "más de cerca", siguiendo su mismo estilo de vida mientras vivió con nosotros, renunciando a todo para entregar su vida al anuncio del Evangelio y al servicio evangelizador de los hermanos humanos, ya sea en el sacerdocio o la vida consagrada. A éstos, de una manera particular, va dirigido el llamado del Señor: «Ven y sígueme».
LA VOCACIÓN SACERDOTAL O CONSAGRADA
Por lo dicho se entiende que el llamado no es ninguna novedad. Es una realidad tan antigua como la existencia misma del hombre, una realidad que también hoy se da: Dios sigue llamando hoy.
En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios fue escogiendo a algunos hombres o mujeres para tareas concretas y específicas, para llevar a cabo su designio reconciliador. Descubrimos cómo a quienes Dios elige para una misión muy concreta, los forma ya desde el seno materno . Por eso podemos afirmar que la vocación es como un sello que está grabado en el elegido desde el momento mismo de su concepción, un sello imborrable . Porque está "hecho para eso", todo su ser se lo reclama, aunque sólo con el tiempo y los signos que Dios le envía podrá interpretar correctamente ese "reclamo interior de su ser". Dios, cuando permite al elegido percibir el llamado, sale al encuentro de esa estructura interior, corresponde a aquello para lo que el elegido "está hecho" desde su concepción, para lo que ha nacido.
En el Nuevo Testamento es el Señor Jesús, Dios hecho hombre, quien elige e invita a algunos con un tan escueto como radical: «Ven y sígueme» . De ese modo asocia a quienes llama a su misma misión reconciliadora y evangelizadora.
Quienes escucharon aquel llamado experimentaron sus exigencias: dejarlo todo por el Señor. Quienes supieron responder con prontitud, generosidad y fidelidad, recibieron por parte del Señor una promesa: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente. y en el mundo venidero, vida eterna».
Otros, como el "joven rico" o Judas Iscariote, prefirieron aferrarse a sus riquezas o a sus propios planes, negando o traicionando con el tiempo su propio llamado. El fruto amargo que experimentaron fue la honda tristeza y frustración de no responder a lo que el propio corazón reclama. A ello se suma, en el caso de Judas, el iniciar un camino de autonegación que lleva finalmente a la propia destrucción y aniquilamiento. Como vemos, aunque hoy parece haberse agudizado, la crisis de respuesta tampoco es novedad.
EL LLAMADO FUENTE DE BENDICIONES
A diferencia de lo que algunos piensan, la vocación a la vida sacerdotal o consagrada no es una mala noticia, ni para el elegido o elegida, ni para su familia. ¡Todo lo contrario! El llamado que Dios hace a un hijo o hija es fuente de bendiciones para toda la familia y signo de un amor de predilección para el llamado: «con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti».
De la respuesta fiel y valiente al llamado del Señor depende la realización de la persona. Es importante que quien percibe o intuye la invitación del Señor entienda que Dios no es enemigo de su felicidad porque el camino que le señala "se opone a sus planes para ser feliz". ¡Todo lo contrario! Porque te ama, porque te conoce mejor que tú, porque es infinitamente sabio, Dios te muestra el camino que has de seguir para alcanzar tu verdadera felicidad, respondiendo a aquello para lo que estás hecho. Al mismo tiempo, ten en cuenta que la felicidad de muchas personas -empezando por tus propios padres, aunque a veces puede parecer lo contrario- depende de tu sí generoso y de tu fidelidad a llamado del Señor.
LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS
Es importante ser consciente que el presente asunto atañe a todos los hijos de la Iglesia. ¿No queremos un mundo mejor? ¿Cómo vamos a contribuir al cambio del mundo si no somos santos, y si los que son llamados por Dios no responden a su propia vocación y misión? Por eso nadie puede sentirse excluido de la responsabilidad de cooperar de alguna manera, trabajando o apoyando directa o indirectamente al florecimiento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Y como "la caridad empieza por casa", son los padres los primeros que deben rezar por la vocación de sus hijos, así como enseñarles a que en esta vida no sólo el matrimonio es un camino válido, sino que también lo son el sacerdocio o la vida consagrada. Los padres, con mucha apertura a la acción divina y espíritu de sacrificio en no pocos casos, son los primeros que han de alentar y apoyar a sus hijos a seguir las inspiraciones divinas en el momento en que alguno de ellos perciba o manifieste alguna inquietud vocacional. De ese modo, las familias cristianas están llamadas a ser hoy verdaderos semilleros de vocaciones.
CITAS PARA MEDITAR
Guía para la Oración
Vocaciones en el Antiguo Testamento: Moisés: Éx 4,10-12; Samuel: 1Sam 3,10; Isaías: Is 6,4ss; Jeremías: Jer 1,5-8.
La vocación es fruto de un amor de predilección de Dios: Jer 31,3; es como un fuego inextinguible: ver Jer 20,9.
Vocaciones en el Nuevo Testamento: María, ejemplo de una respuesta pronta y valiente a su vocación: Lc 1,38; vocación y respuesta de algunos apóstoles: Mt 4,18-22; Mateo: Mt 9,9; Juan y Andrés: Jn 1,35-42; Pedro: Lc 5,8.
Exigencias de la vocación: Lc 9,57-62; promesa del Señor a quien responde a su vocación: Mc 10,29-30.
El triste ejemplo de un joven que rechaza el llamado del Señor: Mc 10,17-22.
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