jueves, 17 de noviembre de 2011

AVISO: A las comunidades de vida activa y contemplativa...

Queridas comunidades:

Convencidos como estamos de que sois necesarios en la Iglesia, de que el Cuerpo de Cristo precisa de todos sus miembros, que se complementan, queremos haceros una invitación:

Si confiáis en el valor de los medios como éste para ayudar a sembrar la semilla de la vocación en el mundo y en el corazón de los jóvenes que están tras esas pantallas...

Si queréis dar a conocer el tesoro de vuestros carismas y espiritaulidades, convencidos de que muchos jóvenes pueden encontrar en ellos respuesta a sus inquietudes y llamadas....

Nosotros queremos hacer de este blog nuestro un servicio para vosotros. Sólo tenéis que enviarnos el testimonio o el comentario (no muy extenso) que queréis que se publique en el blog y lo haremos con mucho gusto. Luego pasaremos el enlace al grupo de facebook. Lo mismo vale si son videos de youtube (mandarnos el link) o un cartel invitando a algun acto vocacional, etc. Estamos a vuestra disposición escribiéndonos un mensaje como comentario aquí o a la direcciones de mail: padrerubeng@gmail.com

ADELANTE!!

lunes, 29 de agosto de 2011

Buscad la Llamada de Dios (Benedicto XVI)




Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra. En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga.


A muchos, el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola carne (cf.Gn 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona. Por eso, reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial.


A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: «¡Sígueme!» (cf. Mc 2,14).


Queridos jóvenes, para descubrir y seguir fielmente la forma de vida a la que el Señor os llame a cada uno, es indispensable permanecer en su amor como amigos. Y, ¿cómo se mantiene la amistad si no es con el trato frecuente, la conversación, el estar juntos y el compartir ilusiones o pesares? Santa Teresa de Jesús decía que la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Libro de la vida 8).


Os invito, pues, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él vuestras preguntas y a escucharlo. Queridos amigos, yo rezo por vosotros con toda el alma. Os suplico que recéis también por mí. Pidámosle al Señor en esta noche que, atraídos por la belleza de su amor, vivamos siempre fielmente como discípulos suyos. Amén"


(Tomado del discurso a los jóvenes en la Vigilia de Cuatroi Vientos JMJ Madrid 2011)

sábado, 2 de julio de 2011

Benedicto XVI: 60 años de fidelidad sacerdotal


"Sesenta años de ministerio sacerdotal. Queridos amigos, tal vez me he extendido demasiado en los detalles. Pero en esta hora me he sentido impulsado a mirar a lo que ha caracterizado estas décadas. Me he sentido impulsado a deciros –a todos los sacerdotes y Obispos, así como también a los fieles de la Iglesia– una palabra de esperanza y ánimo; una palabra, madurada en la experiencia, sobre el hecho de que el Señor es bueno. Pero, sobre todo, éste es un momento de gratitud: gratitud al Señor por la amistad que me ha ofrecido y que quiere ofrecer a todos nosotros. Gratitud a las personas que me han formado y acompañado. Y en todo ello se esconde la petición de que un día el Señor, en su bondad, nos acoja y nos haga contemplar su alegría. Amén".

Benedicto XVI, de la homilia en la Solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo
29 de junio de 2011

lunes, 6 de junio de 2011

MENSAJE DEL SANTO PADRE B XVI EN LA XLV JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES





Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital



Queridos hermanos y hermanas

Con ocasión de la XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, deseo compartir algunas reflexiones, motivadas por un fenómeno característico de nuestro tiempo: la propagación de la comunicación a través de internet. Se extiende cada vez más la opinión de que, así como la revolución industrial produjo un cambio profundo en la sociedad, por las novedades introducidas en el ciclo productivo y en la vida de los trabajadores, la amplia transformación en el campo de las comunicaciones dirige las grandes mutaciones culturales y sociales de hoy. Las nuevas tecnologías no modifican sólo el modo de comunicar, sino la comunicación en sí misma, por lo que se puede afirmar que nos encontramos ante una vasta transformación cultural. Junto a ese modo de difundir información y conocimientos, nace un nuevo modo de aprender y de pensar, así como nuevas oportunidades para establecer relaciones y construir lazos de comunión.

Se presentan a nuestro alcance objetivos hasta ahora impensables, que asombran por las posibilidades de los nuevos medios, y que a la vez exigen con creciente urgencia una seria reflexión sobre el sentido de la comunicación en la era digital. Esto se ve más claramente aún cuando nos confrontamos con las extraordinarias potencialidades de internet y la complejidad de sus aplicaciones. Como todo fruto del ingenio humano, las nuevas tecnologías de comunicación deben ponerse al servicio del bien integral de la persona y de la humanidad entera. Si se usan con sabiduría, pueden contribuir a satisfacer el deseo de sentido, de verdad y de unidad que sigue siendo la aspiración más profunda del ser humano.

Transmitir información en el mundo digital significa cada vez más introducirla en una red social, en la que el conocimiento se comparte en el ámbito de intercambios personales. Se relativiza la distinción entre el productor y el consumidor de información, y la comunicación ya no se reduce a un intercambio de datos, sino que se desea compartir. Esta dinámica ha contribuido a una renovada valoración del acto de comunicar, considerado sobre todo como diálogo, intercambio, solidaridad y creación de relaciones positivas. Por otro lado, todo ello tropieza con algunos límites típicos de la comunicación digital: una interacción parcial, la tendencia a comunicar sólo algunas partes del propio mundo interior, el riesgo de construir una cierta imagen de sí mismos que suele llevar a la autocomplacencia.

De modo especial, los jóvenes están viviendo este cambio en la comunicación con todas las aspiraciones, las contradicciones y la creatividad propias de quienes se abren con entusiasmo y curiosidad a las nuevas experiencias de la vida. Cuanto más se participa en el espacio público digital, creado por las llamadas redes sociales, se establecen nuevas formas de relación interpersonal que inciden en la imagen que se tiene de uno mismo. Es inevitable que ello haga plantearse no sólo la pregunta sobre la calidad del propio actuar, sino también sobre la autenticidad del propio ser. La presencia en estos espacios virtuales puede ser expresión de una búsqueda sincera de un encuentro personal con el otro, si se evitan ciertos riesgos, como buscar refugio en una especie de mundo paralelo, o una excesiva exposición al mundo virtual. El anhelo de compartir, de establecer “amistades”, implica el desafío de ser auténticos, fieles a sí mismos, sin ceder a la ilusión de construir artificialmente el propio “perfil” público.

Las nuevas tecnologías permiten a las personas encontrarse más allá de las fronteras del espacio y de las propias culturas, inaugurando así un mundo nuevo de amistades potenciales. Ésta es una gran oportunidad, pero supone también prestar una mayor atención y una toma de conciencia sobre los posibles riesgos. ¿Quién es mi “prójimo” en este nuevo mundo? ¿Existe el peligro de estar menos presentes con quien encontramos en nuestra vida cotidiana ordinaria? ¿Tenemos el peligro de caer en la dispersión, dado que nuestra atención está fragmentada y absorta en un mundo “diferente” al que vivimos? ¿Dedicamos tiempo a reflexionar críticamente sobre nuestras decisiones y a alimentar relaciones humanas que sean realmente profundas y duraderas? Es importante recordar siempre que el contacto virtual no puede y no debe sustituir el contacto humano directo, en todos los aspectos de nuestra vida.

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza (cf. 1 P 3,15).

El compromiso de ser testigos del Evangelio en la era digital exige a todos el estar muy atentos con respecto a los aspectos de ese mensaje que puedan contrastar con algunas lógicas típicas de la red. Hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la “popularidad” o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.

La verdad del Evangelio no puede ser objeto de consumo ni de disfrute superficial, sino un don que pide una respuesta libre. Esa verdad, incluso cuando se proclama en el espacio virtual de la red, está llamada siempre a encarnarse en el mundo real y en relación con los rostros concretos de los hermanos y hermanas con quienes compartimos la vida cotidiana. Por eso, siguen siendo fundamentales las relaciones humanas directas en la transmisión de la fe.

Con todo, deseo invitar a los cristianos a unirse con confianza y creatividad responsable a la red de relaciones que la era digital ha hecho posible, no simplemente para satisfacer el deseo de estar presentes, sino porque esta red es parte integrante de la vida humana. La red está contribuyendo al desarrollo de nuevas y más complejas formas de conciencia intelectual y espiritual, de comprensión común. También en este campo estamos llamados a anunciar nuestra fe en Cristo, que es Dios, el Salvador del hombre y de la historia, Aquél en quien todas las cosas alcanzan su plenitud (cf. Ef 1, 10). La proclamación del Evangelio supone una forma de comunicación respetuosa y discreta, que incita el corazón y mueve la conciencia; una forma que evoca el estilo de Jesús resucitado cuando se hizo compañero de camino de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), a quienes mediante su cercanía condujo gradualmente a la comprensión del misterio, dialogando con ellos, tratando con delicadeza que manifestaran lo que tenían en el corazón.

La Verdad, que es Cristo, es en definitiva la respuesta plena y auténtica a ese deseo humano de relación, de comunión y de sentido, que se manifiesta también en la participación masiva en las diversas redes sociales. Los creyentes, dando testimonio de sus más profundas convicciones, ofrecen una valiosa aportación, para que la red no sea un instrumento que reduce las personas a categorías, que intenta manipularlas emotivamente o que permite a los poderosos monopolizar las opiniones de los demás. Por el contrario, los creyentes animan a todos a mantener vivas las cuestiones eternas sobre el hombre, que atestiguan su deseo de trascendencia y la nostalgia por formas de vida auténticas, dignas de ser vividas. Esta tensión espiritual típicamente humana es precisamente la que fundamenta nuestra sed de verdad y de comunión, que nos empuja a comunicarnos con integridad y honradez.

Invito sobre todo a los jóvenes a hacer buen uso de su presencia en el espacio digital. Les reitero nuestra cita en la próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, cuya preparación debe mucho a las ventajas de las nuevas tecnologías. Para quienes trabajan en la comunicación, pido a Dios, por intercesión de su Patrón, san Francisco de Sales, la capacidad de ejercer su labor conscientemente y con escrupulosa profesionalidad, a la vez que imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de enero 2011, fiesta de san Francisco de Sales.



BENEDICTUS PP. XVI

miércoles, 25 de mayo de 2011

lunes, 23 de mayo de 2011

domingo, 8 de mayo de 2011

¿Qué quiere Dios de mí?


Hay personas que piensan que son ellos los que han elegido a Cristo, y es justo lo contrario: es el Señor quien le ha elegido. La persona lo que tiene que hacer es responder a esa llamada de Dios a la fe, a la vocación, o a la vida matrimonial.
En numerosas ocasiones se pierde la perspectiva porque pensamos que todo depende de nosotros, de nuestras fuerzas exclusivamente humanas. Esto no es así. Mi fie siempre es una respuesta a Aquel que me la da.

¿Cómo puedo saber qué quiere Dios de mí? ¿Coincide lo que Dios quiere con lo que yo quiero?

Si estamos demasiado pendiente de nosotros mismos no podemos descubrir la voluntad de Dios sobre nosotros. Necesitamos descentrarnos de nosotros. Dios tiene que ser el centro de nuestros intereses y proyectos. Es necesario descubrir la presencia de Jesús en los que nos rodean y sorprendernos por las realidades que salen a mi paso cada día.
Con las personas nos sucede que creemos que ya las conocemos, que sabemos de sus discursos, de sus gustos, de sus manías, de sus aspectos positivos o negativos; qué fácilmente las encasillamos, las hacemos incluso objeto para nosotros. Pero si ponemos un poco de atención nos damos cuenta de cómo nos pueden sorprender, porque cada día podemos descubrir algo nuevo en ellas. Lo mismo nos pasa cuando leemos el Evangelio, narraciones que se repiten muchas veces, y que ya hasta de memoria las hemos aprendido, pero si las leemos con atención, podemos descubrir muchísimas cosas nuevas en ellas. Es necesario detenernos en los simples detalles que pasamos por encima, porque ellos nos muestran aspectos importantes de las narraciones.

Necesitamos abrir nuestro corazón al Espíritu, que hace nuevas todas las cosas cada día, que pone su novedad y creatividad en mi corazón, y que me va preparando para transformarme cada día en una criatura más apta para el Reino de Dios, que puede mostrar la presencia de los valores del Evangelio, si dejo que sea Él quien me vaya modelando en el silencio y en todos los momentos de la vida.

La persona orante tiene que aprender cada día o descubrir en el silencio las llamadas de Dios a seguirle, a vivir su compromiso como cristiano, a descubrir el proyecto de Dios para él y para el mundo. En nuestra vida aparecen los signos de la presencia de Dios. Dios no nos habla con la misma voz de las personas que nos rodean, pero Dios está comunicándose con nosotros.

En nuestra oración y nuestra vida se dan signos de la presencia de Dios. Necesitamos y debemos verlos con serenidad; para poder juzgarlos en la misma clave en la cual son enviados por Dios. La persona inmadura es aquella que vive en la superficialidad, se queda solamente en la cáscara, en lo externo, en lo agradable o desagradable de ellos y no pasa más allá de las apariencias. Saber ver en profundidad las cosas es algo esencial, de aquí la necesidad de hacer un discernimiento en la oración.

El discernimiento debemos hacerlo sobre las diferentes situaciones de nuestra vida, y sobre nuestro crecimiento en el camino de la oración y de la vivencia espiritual. En el proceso de oración quien no se esfuerza cada día en mejorar, pierde hasta lo poco que había logrado.
¿Elegimos aquellas cosas que nos ayudan a intergrarnos, a vivir centrados en Jesús, o elegimos las que nos alejan de Él.

La maternidad de María respecto de la Iglesia


El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. "Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte" (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:

«La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26-27)» (LG 58).

Después de la Ascensión de su Hijo, María "estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones" (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, "María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra" (LG 59).

... también en su Asunción ...

"Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte" (LG 59; cf. Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

«En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Alcanzaste la fuente de la Vida porque concebiste al Dios viviente, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas (Tropario en el día de la Dormición de la Bienaventurada Virgen María).

... ella es nuestra Madre en el orden de la gracia

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es "miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia" (LG 53), incluso constituye "la figura" [typus] de la Iglesia (LG 63).

Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. "Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su obediencia, su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia" (LG 61

"Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna [...] Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora" (LG 62).

"La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres [...] brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia" (LG 60). "Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversas maneras tanto los ministros como el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente" (LG 62).

martes, 8 de marzo de 2011

¡EL MEJOR REGALO, TU VIDA!

En reiteradas ocasiones el Papa Benedicto XVI ha manifestado que los hombres y las mujeres no se adhieren a la fe por un razonamiento, aunque sea muy lúcido o brillante, sino por el encuentro con JESUCRISTO que transforma radicalmente tu mirada y la manera de entender la vida. Baste como botón de muestra el... testimonio que descubrí al leer el libro «Motivos para creer. Introducción a la fe de los cristianos». Su autor manifestaba haber quedado profundamente sorprendido ante el éxito que había tenido en EEUU el libro de Tony Hendra —guionista descreído y satírico de la tv británica— que paradójicamente llevaba por título: «El Padre Joe, el hombre que salvó mi alma». En él narraba su gran amistad con este sacerdote católico. Durante décadas —comentaba el autor— el Padre Joe se mantuvo como un punto de referencia estable y seguro en mi vida. Accesible, compasivo en momentos de crisis, de éxitos, de fracasos… Nunca intentó hacer méritos, ni ganar una discusión, siempre supo ser él mismo. Con paciencia fue desmontando, destruyendo mis falsas ilusiones y ambiciones.
Este hombre viejo, con grandes orejas de delfo, que lentamente iba menguando y envejeciendo… fue la mediación perfecta para encontrarme con «Dios». El mejor regalo que jamás hubiera podido recibir. Y eso que yo no creía… pero ese hombre sirvió de conexión entre Dios y yo. Sospecho que muchos hombres y mujeres de hoy atraviesan por situaciones similares a la mía.
Podemos sentir la incertidumbre, podemos ser incapaces de ofrecer una explicación intelectualmente satisfactoria de lo que creemos pero… en alguna parte de nuestro horizonte hay personas que Dios ha puesto en el mundo para que establezcan esta conexión paradójica y misteriosa.
No importa que esas personas sean tan frágiles y vulnerables como nosotros. Lo importante es que descubrimos a alguien que vive en el mundo que a nosotros también nos gustaría habitar…
Mientras haya personas, que de forma eficaz y valiente, se responsabilicen de Dios, las puertas permanecerán abiertas y existirá la posibilidad de que otros muchos podamos decir algún día: CREO, he encontrado mi hogar en Dios.
No deja de ser conmovedor que haya un número de jóvenes nada desdeñable que se sientan llamados a ser REGALO de DIOS en el MUNDO. Y descubran que ser sacerdote hoy sigue siendo una bendición —un bien «ecológico»— no sólo para la Iglesia sino para toda la humanidad; una de las formas más sublimes de hacer visible el Reino de Dios; una de las formas más hermosas de encarnar los ideales que tiene hoy cualquier joven; una de las formas posibles de hacer la voluntad de Dios y sentirse plenamente realizado; una de las formas reales de ser feliz; una de las formas, aunque parezca paradójico, de ser totalmente libre; una de las formas más auténticas para ser realmente fecundo en la vida…
Si alguna vez lo llegases a sentir… No tengas miedo, ¡ REGÁLATE !

Ángel Pérez Pueyo
Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades
De la Conferencia Episcopal Española.

domingo, 20 de febrero de 2011

lunes, 7 de febrero de 2011

Vida Consagrada

miércoles, 2 de febrero de 2011

Jovenes consagrados, reto para el mundo




Mensaje para la Jornada de la Vida Consagrada (2 de febrero de 2011)

Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Cada 2 de febrero se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Este año, ante el próximo encuentro entre el Papa Benedicto XVI y los jóvenes del mundo que se darán cita en Madrid, se ha propuesto el mismo lema: firmes en la fe. También los consagrados tiene una juventud que vivir sin que les caduque la esperanza lozana y la pasión ilusionada. No se trata añadir años a la vida, sino vida a los años. Lo han dicho todos los autores que han tratado de las edades del hombre, que la juventud no es un factor cronológico sin más, sino una actitud ante la vida, con la mente y el corazón. Hay viejos prematuros o jóvenes perennes, y esto lo da no tanto la edad sino el modo de vivir las cosas.
Firmes en la fe significa para un cristiano, y máxime para un consagrado, estar arraigados en esa tierra que acoge las raíces y las permite nutrir a fin de que el árbol plantado junto a la buena acequia pueda seguir dando frutos en sazón. Es la fe lo que permite tener una firmeza que no es la intransigencia de los confusos ni la pretensión de los demagogos. La fe que nos pone delante de un Tú ante el cual cada instante de nuestra vida se decide. Es el Tú nada menos que del mismo Dios.
No es una figura fantasmal sino Alguien completamente real. Alguien que es quien más se corresponde con la verdaderas exigencias de mi corazón. Es el encuentro con un Dios vivo que cotidianamente me llama por mi nombre, que lo tatuó en la palma de su mano, y que a diario se asoma al ventanal de su misericordia para ver si regresamos de nuestros devaneos pródigos. Precisamente en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2011, hay un párrafo inicial en el primer punto en el que se aborda esta cuestión de lo concreto del Señor en nuestras vidas: «el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría. La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social… se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza».
Ante este reto, emerge la esperanza de la que son destinatarios y agentes a la vez los jóvenes consagrados: ser un desafío para este mundo de nuestra generación que sigue buscando a Dios mientras a veces de aleja de Él. La consagración en sí es un reto en medio de un mundo secularizado y anticristiano. El testimonio de los jóvenes consagrados acerca apasionadamente al Señor, hablando de una firmeza que arraiga en las auténticas raíces, y que narran desde un carisma suscitado por el Espíritu Santo en su Iglesia, lo que los demás jóvenes y el mundo entero necesitan ver: que los cristianos somos la prolongación en la historia la salvación de Dios. Demos gracias por los consagrados jóvenes, tengan la edad que tengan, pues son un don para la Iglesia y para el mundo.
Recibid mi afecto y mi bendición.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Adm. Apost. de Huesca y Jaca

lunes, 31 de enero de 2011

´´NADA ES IMPOSIBLE PARA TI´´

Cadena de Oración por las Vocaciones Sacerdotales

jueves, 27 de enero de 2011

´´Mi Dulce Esposo´´

VOCACIONAL EMMANUEL

´´Vocación Monástica´´


Búsqueda de Dios

"Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo". Así expresaba un viejo poeta de Israel uno de los anhelos más profundos del corazón humano: "la sed de Dios".

Al mundo moderno lo devora el vértigo. Orgulloso de su dominio de la técnica ha llegado a creerse un dios. El afán consumista del mundo occidental le sumerge en un materialismo tal que le hace olvidar los valores del espíritu. Así ha ido perdiendo el sentido de Dios, su instinto religioso, el norte de su vida.

Pero el deseo de Dios permanece en el fondo de su ser. Lo tiene todo, está saturado de cosas que no le llenan, que no le satisfacen, que no le hacen feliz, al contrario, le desasosiegan. Se encuentra insatisfecho, todo ello indica la presencia oculta de Dios que está ahí llamando a su puerta: "Nos hisciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti" (San Agustín).

Un día nosotras le oímos: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Ap 3,8). Le abrimos, y desde entonces ya no tenemos otra opción que la de lanzarnos a la más apasionante aventura humana: la de buscar a Dios.

Jesús de Nazaret

"Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado está el rey de tu belleza" (Sal 44,11).
Un día estas palabras resonaron insistentes en nuestro corazón. Era Jesús que pasaba a nuestro lado y nos subyugó. Su encuentro dio un vuelco a todos nuestros proyectos, a todas nuestras ilusiones. Desde entonces sólo contaba él. Nuestro deseo más íntimo era conocerle, amarle, servirle, vivir y morir con él.

martes, 25 de enero de 2011

''Si Dios es amor'' - Santa Teresa de Avila

Ama a tu prójimo como a ti mismo
Solo dos cosas nos pide el Señor; amor de Dios y amor del prójimo. Estas son las virtudes en las que debemos trabajar. Conservándolas con perfección hacemos su voluntad, y así estaremos unidos a el. La señal mas certera de que guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; porque si amamos a Dios no se puede saber, mas el amor del prójimo, si. Si no amamos a nuestro prójimo, nos engañamos a nosotros mismos, si creemos que amamos a Dios. Y estén ciertos que mientras mas aprovechados se vienen en el amor del prójimo, mas lo están en el amor de Dios.
Sta. Teresa de Jesús

Si Dios es amor y vive en cada uno de nosotros, tenemos que amarnos con amor fraternal. Por eso nuestro amor al prójimo es la medida de nuestro amor a Dios. Sin embargo, este último es distinto al amor natural que tenemos por los hombres. El amor natural surge entre aquellos que están unidos por el vínculo de sangre, por afinidad de carácter o por intereses comunes.

Los otros son extraños, que poco nos interesan, o que incluso pueden provocarnos un cierto rechazo, de tal manera que hasta los evitamos físicamente. Para los cristianos no existen los hombres extraños.
Nuestro prójimo es todo aquel que tenemos ante nosotros y que tiene necesidad de nosotros, y es indiferente que sea nuestro pariente o no, que nos caiga bien o nos disguste, o que sea moralmente digno de ayuda o no.

El amor de Cristo no conoce limites no se cansa nunca y no se asusta ante la suciedad o la miseria. Cristo vino para los pecadores y no para los justos. Y si el amor de Cristo vive en nosotros, actuaremos como El, e iremos en busca de las ovejas perdidas. El amor natural busca apoderarse de las personas amadas y poseerlas, si es posible, en exclusividad. Cristo vino al mundo para recuperar para el Padre la humanidad perdida; y quien ama con su amor, quiere a los hombres para Dios y no para sí.

Vocación religiosa: ¿te atreverías a planteártela?

Vocación Sacerdotal ¿Y por qué no? - Iglesia católica

jueves, 20 de enero de 2011

La unidad de los cristianos (enero 2011)



El octavario de oración por la unidad de los cristianos no es una iniciativa que movilice grandes esfuerzos ni empeños en nuestra diócesis, debemos admitirlo.
Sabemos que está ahí cada año, en el mes de enero, antes de la fiesta de la conversión de san Pablo, pero es excepcional encontrar una comunidad que vibre con esta intención.
La despreocupación puede explicarse por nuestra peculiar realidad religiosa y social; durante siglos los términos católico y cristiano fueron equiparados sin ninguna dificultad en nuestra España. Y aún hoy, aunque la situación no sea ya así, el número de cristianos no católicos que hay entre nosotros es pequeño, dista mucho de la coexistencia entre iglesias que se da en tantas partes del mundo.

Pero como católicos –universales- haríamos mal en quedarnos mirando sólo nuestros propios problemas. Debemos sentir con toda la Iglesia la herida secular y lacerante de la división. Benedicto XVI, que ya en 2005 dijo que haría de la búsqueda de la unidad entre cristianos una prioridad de su pontificado, nos ha recordado que es una cuestión dolorosa y que, a todos, debe doler sin excepción. Un dolor que no se queda en el lamento sino que invita al compromiso esperanzado.

Un compromiso que se traduzca, aunque no solo, en la oración por la unidad. El octavario nos recuerda, por si lo olvidamos, que sólo Dios puede darnos la unidad deseada, que esta no llegará como fruto de diálogos teológicos o de cambios en costumbres y adaptaciones de leyes, aunque todas las iniciativas son necesarias. Se hará realidad como un don, un regalo de Dios que es quien puede convertir los corazones separados y hacerlo uno solo.

El lema de este año nos dibuja la situación de la comunidad cristiana en el tiempo apostólico: unidos en una misma fe y enseñanza, en una misma vida y bienes compartidos, en la oración y la Eucaristía.
Pese a tantos intentos, a tantos acercamientos y pasos, este retrato de la comunidad no es aún una realidad entre los que creemos en Jesús y hemos recibido un mismo bautismo. Las diferencias están aún por delante de lo que nos une; ya no nos matamos en horrendas guerras de religión, pero estamos muy lejos de amarnos como discípulos del Maestro.
Queda mucho camino por hacer. Recorrerlo será cosa de todos. Que cada cual ponga su propio granito de arena, hecho de oración y buena voluntad.


Ruben Garcia P.

lunes, 17 de enero de 2011

Vocación de San Antonio Abad (17 de enero)


La vocación de san Antonio
De la Vida de san Antonio, escrita por san Atanasio, obispo
Caps. 2-4

Cuando murieron sus padres, Antonio tenía unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.

Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior «los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio:

Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo».

Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y con aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana.

Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas palabras del Señor en el Evangelio: «No os agobiéis por el mañana».

Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación.

Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres.

Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un momento en que su memoria suplía los libros.

Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.

Oración

Señor y Dios nuestro, que llamaste al desierto a san Antonio, abad, para que te sirviera con una vida santa, concédenos, por su intercesión, que sepamos negarnos a nosotros mismos para amarte a ti siempre sobre todas las cosas. Por nuestro Señor Jesucristo.