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jueves, 26 de noviembre de 2015

La historia de una vocación: Padre Juan, O.C.D.

Mi historia vocacional no tendría mucho sentido sin el encuentro transformante que tuve con Cristo cuando tenía yo dieciocho años. Yo asistí a Cursillos de Cristiandad en un momento de mi vida cuando me sentía solo, infeliz e insatisfecho conmigo mismo y con mi vida. Allí tuve una experiencia de Jesucristo vivo como persona real  que me conoce totalmente y me ama incondicionalmente. Comprendí que él era la respuesta a mis más profundos anhelos y deseos. Únicamente en él podía yo cumplir con el propósito para el cual Dios, en su amor, me trajo a la existencia. Luego de esta experiencia me propuse, con la ayuda de la gracia de Dios, vivir de acuerdo a su voluntad y me comprometí a llevar una vida de oración personal, recepción frecuente de los sacramentos y servicio.
Mi llamado a la vida religiosa y al sacerdocio no emergió hasta meses después. Orando frente al Santísimo una tarde, le pedía yo a nuestro Señor que me mostrara qué debía hacer con mi vida, qué camino quería él que yo tomara. Yo estaba en primer año de universidad, pero todavía no sabía qué carrera seguir. Mientras oraba vi pasar al párroco de la iglesia quien se preparaba para celebrar la Misa. Pensé: “¡Este hombre es tan afortunado! Él no tiene otra ocupación, trabajo o profesión que Dios y su obra. ¿Qué mejor causa por la cual trabajar y vivir?”
En ese momento sentí una atracción muy fuerte de ser sacerdote. Era un deseo que no provenía de mí, como si algo hubiese agarrado fuertemente y amorosamente mi corazón y lo impulsara a optar por el sacerdocio y, de esa manera, compartir con otros la Buena Noticia del amor de Dios en Cristo Jesús. Esto me tomó totalmente por sorpresa, ya que yo nunca antes me había sentido atraído a ser sacerdote.
Quedé muy impactado y emocionado a la vez. Una parte de mí quería decir que sí inmediatamente. Otra parte pensaba que esto era únicamente ocurrencias mías debido a que hacía poco había vivido una fuerte experiencia espiritual en Cursillo. Además, yo no era lo suficientemente santo para eso. Pensé en mis debilidades, las muchas maneras en que soy inadecuado y otras razones por las cuales este deseo súbito no podía estar viniendo de Dios.
Otras experiencias siguieron las cuales confirmaron que Dios verdaderamente me llamaba al sacerdocio y a la vida religiosa. De negación pasé al otro extremo, es decir, a querer saber inmediatamente a qué comunidad religiosa específicamente Dios me llamaba. ¡Pero había tantas órdenes religiosas! ¿Cómo podría yo encontrar la correcta?  Entonces procedía a agotarme corriendo de un lugar a otro, de una comunidad religiosa a otra tratando de discernir y encontrar el lugar de mi llamado, pero con muy poco éxito.
En el proceso fui conociendo a los santos Carmelitas Descalzos. Me enamoré de su espiritualidad y mi vida espiritual empezó a ser formada por ésta. Varios años pasaron, terminé mi grado universitario y conseguí trabajo como maestro en una escuela católica, empleo que disfruté mucho. Sin embargo, yo sabía que Dios me llamaba a la vida consagrada.
Un día decidí contactar al director vocacional de la Provincia de Oklahoma de los Carmelitas Descalzos. Yo ya lo había contactado algunos años atrás y él me había invitado a visitarlos, pero en aquel momento yo no contaba con los ahorros necesarios. Esta segunda vez pude aceptar su invitación. Los visité en la Basílica de Santa Teresita en San Antonio, Texas. Estando allí Dios me permitió ver de maneras muy simples pero claras que ése era el lugar a donde él me llamaba. Entré como postulante en el 2001.
En estos momentos llevo ocho años como fraile Carmelita Descalzo y poco menos de dos años como sacerdote, y no me arrepiento. Todo lo contrario, me siento muy agradecido. No siempre ha sido un camino fácil, pero Jesús ha sido siempre fiel a mí, aun cuando yo no siempre le he sido fiel a él.
Como Carmelita Descalzo Dios me llama a una vida de íntima unión amorosa con él a través de la oración contemplativa, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen. Todo ministerio que realizo debe ser el desbordar de ese encuentro amoroso. Le doy gracias a él por su misericordia para conmigo y le pido que me dé la gracia de la fidelidad y entrega total para seguir a Cristo hasta el fin de mis días en esta vida.

martes, 1 de septiembre de 2015

MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II PARA LA XVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23).

Amadísimos jóvenes:

(...) "Si alguno quiere venir en pos de mí -dice-, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte.

Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede "comprender" con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones.

Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias, y así realiza la misión de salvación para cuantos creen en él y lo aman, no con palabras, sino de forma concreta. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor

3. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Estas palabras expresan el radicalismo de una opción que no admite tener miedo a si es que animo jóvenes.

Jesús camina delante de los suyos y a cada uno pide que haga lo que él mismo ha hecho. Les dice: yo no he venido para ser servido, sino para servir; así, quien quiera ser como yo, sea servidor de todos. Yo he venido a vosotros como uno que no posee nada; así, puedo pediros que dejéis todo tipo de riqueza que os impide entrar en el reino de los cielos. Yo acepto la contradicción, ser rechazado por la mayoría de mi pueblo; puedo pediros también a vosotros que aceptéis la contradicción y la contestación, vengan de donde vengan.

En otras palabras, Jesús pide que elijan valientemente su mismo camino; elegirlo, ante todo, "en el corazón", porque tener una situación externa u otra no depende de nosotros. De nosotros depende la voluntad de ser, en la medida de lo posible, obedientes como él al Padre y estar dispuestos a aceptar hasta el fondo el proyecto que él tiene para cada uno.

4. "Niéguese a sí mismo". Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: Éste es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana, que llevó al apóstol san Pablo a afirmar: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).


5. "Tome su cruz y sígame". En la enseñanza de Jesús esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor.

No se puede hablar de la cruz sin considerar el amor que Dios nos tiene, el hecho de que Dios quiere colmarnos de sus bienes. Con la invitación "sígueme", Jesús no sólo repite a sus discípulos: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos
. Así, Cristo abre ante nosotros el "camino de la vida", que, por desgracia, está constantemente amenazado por el "camino de la muerte". El pecado es este camino que separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad y queriendo quitarte tu vocación, tu felicidad.

Así pues, no tengáis miedo de avanzar por el camino que el Señor recorrió primero. Con vuestra juventud, imprimid en el tercer milenio que se abre el signo de la esperanza y del entusiasmo propio de vuestra edad.

Si dejáis que actúe en vosotros la gracia de Dios, si cumplís vuestro importante compromiso diario, haréis que este nuevo siglo sea un tiempo mejor para todos.

Con vosotros camina María, la Madre del Señor, la primera de los discípulos, que permaneció fiel al pie de la cruz, desde la cual Cristo nos confió a ella como hijos suyos. Y os acompañe también la bendición apostólica, que os imparto de todo corazón.



Vaticano, 14 de febrero de 2001