lunes, 30 de marzo de 2015

Precioso Himno de Tercia


Amigo de los hombres, Jesucristo,

tú solo das sentido a nuestra historia,

y, con los ojos fijos al futuro,

la Iglesia vive fiel a tu memoria.


Este tiempo de ayuno te presenta
de nosotros la parte más oscura,
y tus manos clavadas al madero
nos devuelven tu paz y tu ternura.

A lo largo del día no nos dejes,
no nos falte la luz de tu mirada:
llena de amor los pasos que caminan
de este mundo a la luz de tu alborada. Amén.



domingo, 29 de marzo de 2015

Domingo de Ramos

Queridos hermanos: ya desde el principio de cuaresma nos venimos preparando, por medio de la oración y de la penitencia, para las celebraciones pascuales. Hoy, cercana ya la Noche santa de Pascua, nos disponemos a recordar la muerte y la resurrección de Jesucristo, conmemorando su entrada en la ciudad Santa de Jerusalén, entrada que simboliza su llegada victoriosa al reino del cielo.             
Que estas  y los demás actos que celebraremos durante la Semana Santa nos ayuden a acompañar a Jesús participando de su pasión y muerte en la cruz, y así tengamos también parte en su triunfo sobre la muerte, que desde ese momento fue vencida para siempre.

 Los contrastes de la semana santa...los mismos que aclamamos al Señor hoy lo condenaremos a muerte el Jueves... ¿Se ve con mis obras lo que creo?¿echo a Jesus de mi casa cuando no me interesa? Busco situaciones concretas y me propongo mejorar...

Preparad la Semana Santa para vivirla con intensidad.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Solemnidad de la Anunciación

Hoy la Iglesia celebra la Anunciación del Señor y elige esta fecha para organizar una jornada pro-vida.
Gracias al gran si de la Virgen Dios pudo enviar a su Hijo al mundo pues Él no quiere trabajar solo sino contando con nosotros.

Pedimos al Señor que se respete la vida desde la concepción hasta su muerte natural y que suscite muchas mujeres que como la Virgen no se cierren al gran don de la maternidad y junto con sus maridos formen familias que sean cantera de cristianos comprometidos con la Iglesia mediante su vocación especifica; al matrimonio, la vida consagrada, misionera, al sacerdocio...

domingo, 22 de marzo de 2015

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡VOLVED QUE VOLVEMOS!!!!!!!

Buenas tardes somos una comunidad benedictina, de monjas contemplativas.
A partir de hoy colaboraremos en el blog dando información y contestando vuestras preguntas.

Compartimos con vosotros un video que realizamos en el monasterio.
Esperamos que os guste




martes, 17 de marzo de 2015

QUEREMOS VOLVER CON VOSOTROS....







QUERIDOS AMIGOS Y AMIGAS:
Después de un largo tiempo de parada en este blog, o de inactividad, quisiéramos recuperarlo con un enfoque nuevo....
Cristo sigue llamando y estamos convencidos de ello, por lo que sigue siendo necesario estar en la Red, que ya forma parte de nuestra vida, animando y ayudando a quienes pueden sentirse llamados.
También dando a conocer la belleza de tantas formas de llamada en la Iglesia.

¡Queremos volver con CRISTO TE LLAMA!

Un fuerte abrazo...

lunes, 5 de mayo de 2014

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 51 JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES


11 DE MAYO DE 2014 – IV DOMINGO DE PASCUA
Tema: Vocaciones, testimonio de la verdad

Queridos hermanos y hermanas:

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (cf. Jn15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4). Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (cf. Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (cf. Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero ?asegura el Apóstol?«vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales8 de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.

3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35)?

4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «“alto grado” de la vida cristiana ordinaria» (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas (cf. Mt 13,19-22). Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap.Novo millennio ineunte31).
Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 15 de Enero de 2014

FRANCISCO

viernes, 31 de enero de 2014

Diez preguntas con respuesta sobre la vida consagrada (Angel Rubio, obispo de Segovia)


1ª ¿A qué llamamos Vida Consagrada? A una forma estable de vivir por la profesión de los consejos evangélicos en la cual los fieles imitando a Cristo, lo dejan todo para estar con Él, y ponerse como Él al servicio de Dios y de los hermanos.
2ª ¿Qué son los consejos evangélicos? Los consejos evangélicos fundados en el ejemplo de Cristo virgen, pobre y obediente–, son un don divino que la Iglesia ha recibido del Señor y conserva siempre con su gracia para que algunos bautizados profesen según las leyes propias de su instituto religioso.
3ª ¿Qué es un instituto religioso? Es una sociedad en la que los miembros, hombres y mujeres, emiten votos públicos perpetuos o temporales que han de ser reconocidos como tales y viven vida fraterna, unidos a la Iglesia y a su ministerio.
4ª ¿Cuál es el fundamento último de la vida consagrada? La persona de Cristo en su modo histórico de vivir enteramente para Dios y para los hombres todos, constituyen la referencia esencial y el contenido nuclear de la vida religiosa. Es una experiencia de fe, que sólo puede entenderse verdaderamente desde la misma fe.
5ª ¿Cómo se denominan los Institutos de Vida Consagrada? La vida consagrada por naturaleza ni es laical ni clerical. Sin embargo son llamados institutos clericales, cuando se hallan bajo la dirección de clérigos. Institutos laicales, cuando no incluye el ejercicio del orden sagrado. Estos pueden ser de derecho pontificio cuando han sido aprobados por la Sede Apostólica, y de derecho diocesano cuando solamente han sido aprobados por un obispo diocesano.
6ª ¿Qué otras formas de vida consagrada reconoce la Iglesia? Además de los Institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce la vida de los eremitas y de las eremitas pertenecientes a Órdenes antiguas o a Institutos nuevos; el Orden de las vírgenes aun permaneciendo en el mundo, y también la consagración de las viudas y de los viudos.
7ª ¿Qué son los Institutos Seculares? Son aquéllos en los que las personas consagradas, viviendo en el mundo, mediante la profesión de los consejos evangélicos procuran la santificación del mundo desde dentro de él.
8ª ¿Qué son las sociedades de Vida Apostólica? Las sociedades de Vida Apostólica o la vida común masculinas o femeninas se asemejan a Institutos de vida consagrada, buscan con un estilo propio, una finalidad apostólica o misionera.
9ª ¿Puede la Iglesia renunciar a la vida Consagrada? La Iglesia no puede renunciar absolutamente a la vida consagrada, porque expresa de manera elocuente su íntima esencia «esponsal». En ella encuentra nuevo impulso y fuerza el anuncio del evangelio a todo el mundo. Se necesitan personas que presenten el rostro paterno de Dios y el rostro materno de la Iglesia, para que otros tengan vida y esperanza.
10ª ¿Cuándo se celebra en la Iglesia la Jornada de la Vida Consagrada? Desde el año 1997, esta jornada de Vida Consagrada instituida por el Papa Juan Pablo II se celebra todos los años el día 2 de febrero en la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo.

Jornada Mundial Vida Consagrada 2014



Desde el año 1997 venimos celebrando en la Iglesia, cada 2 de febrero, en la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, instaurada por el Beato Papa Juan Pablo II, que será canonizado junto con el Papa Juan XXIII el domingo 27 de abril de este año.
Esta Jornada tiene como objetivos: alabar y dar gracias a Dios por el don de la vida consagrada a la Iglesia y a la humanidad; promover su conocimiento y estima por parte de todo el pueblo de Dios; invitar a cuantos han dedicado totalmente su vida a la causa del Evangelio a celebrar las maravillas que el Señor realiza en sus vidas.
En ese día damos gracias a Dios por las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la contemplación o a las obras de apostolado, por las Sociedades de vida apostólica, por los Institutos seculares, por el Orden de las vírgenes, por las Nuevas Formas de vida consagrada.
El lema escogido para este año es: La alegría del Evangelio en la vida consagrada. Está en plena sintonía con la primera Exhortación del Papa Francisco,Evangelii Gaudium, publicada el domingo 24 de noviembre, solemnidad de Jesucristo Rey, en la clausura del Año de la fe.
“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”. Estas son las primeras palabras de la Exhortación apostólica del Papa Francisco. Entre los que se encuentran con Jesucristo están de modo especial las personas consagradas, cuya vocación (consagración-comunión-misión) se entiendeplenamente desde el encuentro personal con Jesucristo pobre, casto y obediente, a quien siguen más de cerca y con radicalidad evangélica.
Las personas consagradas viven la alegría de su vocación, desde la consagración a Dios, la comunión fraterna y la misión evangelizadora (por el apostolado o la contemplación) en la profunda unión y amistad con Jesucristo en su vida diaria, siendo reflejo del Amor de Dios, dispuestos a abrazar todas las miserias y a curar todas las heridas humanas para poner en ellas el bálsamo de la ternura y de la misericordia de Dios.
Ahora bien, la alegría cristiana es siempre una alegría crucificada, que pasa por la cruz y culmina en la resurrección. A la alegría se opone la tristeza, no la cruz, que es signo de amor.
La Santísima Virgen María, Mujer consagrada es causa de nuestra alegría, icono de la vida consagrada, que nos enseña a vivir la alegría verdadera del seguimiento de Jesucristo. María es la Madre que presenta en el templo el Hijo de Dios al Padre, dando continuación al “sí” pronunciado en el momento de la Anunciación. Que Ella sostenga y acompañe a las personas consagradas en su vocación, protegiendo con su maternidad la consagración, comunión y misión de cada uno de nuestros hermanos y hermanas de la vida consagrada.
+ Vicente Jiménez Zamora
Obispo de Santander

sábado, 18 de enero de 2014

"Vocaciones, testimonio de la verdad" (Papa Francisco)

Con ocasión de la 51ª Jornada Mundial de oración por las vocaciones que se celebrará el domingo 11 de mayo, se hizo público el mensaje del Santo Padre Francisco, titulado “Vocaciones, testimonio de la verdad”.

Este es el texto completo del mensaje del Santo Padre:

Queridos hermanos y hermanas:

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas “como ovejas que no tienen pastor”.

"La mies es abundante"
Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9, 35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante.

Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (Cf. Jn 15,5).

San Pablo, colaborador de Dios
Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia.

Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9).

Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4).

Pacto de alianza eterna
Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (Cf. Sal 136).

En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (Cf. Jr 1, 11-12).

Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero asegura el Apóstol «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva.

Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio.

Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales, 8 de mayo de 2013).

Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (Cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.

A la escucha de Cristo
3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación.

Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6, 63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías.

La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35)?

4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «“alto grado” de la vida cristiana ordinaria» (Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros.

La buena semilla robada

Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas (Cf. Mt 13, 19-22).

Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes.

Elegidos para cosas grandes
«Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes.
Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013).

A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona.

Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31).

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

martes, 12 de noviembre de 2013

III ENCUENTRO DE ORACION Y VIDA DICIEMBRE 2013

III ENCUENTRO DE ORACIÓN Y VIDA EN EL MONASTERIO DE LAS MADRES BENEDICTINAS DE SAHAGÚN (LEÓN, ESPAÑA)


DÍAS 6, 7 Y 8 DE DICIEMBRE 2013

EN BÚSQUEDA DE ORACIÓN, SILENCIO, REFLEXIÓN, DEJARSE MIRAR POR JESÚS

INSCRIPCIÓN Y CONTACTOS:
Madre Anuncia (abadesa): benedicsah@gmail.com
tfno: 662 17 18 13

Hna Yolanda: yolamicagarcia@hotmail.com
tfno: 616 63 95 58



miércoles, 12 de junio de 2013

Muere Sor Teresita, la monja de clausura más veterana: Un ejemplo de feliz entrega




Sor Teresita Barajuen, la religiosa que más tiempo llevaba en una clausura en todo el mundo, falleció ayer, 11 de junio, en torno a las 23:00 h., en su celda del Monasterio Cisterciense de Buenafuente del Sistal (Guadalajara), acompañada en todo momento por sus hermanas de comunidad. Tenía 105 años de edad, “y cuatro meses para los 106”, como le gustaba decir a ella.
"Pensaba que las monjas eran unas tontas"

Nacida en Foronda (Álava) el 16 de septiembre de 1907 como la mayor de siete hermanos en una casa de labradores, su padre, en un arrebato siendo ella apenas una jovencita, le espetó: “¡No te daría por hacerte monja!”, recordando siempre sor Teresita que su padre se pensaba que la vida en el monasterio era más cómoda que la del campo.
“Yo pensaba de las monjas que eran unas tontas, que anda que mira que meterse ahí a rezar, pero por dar gusto a mi padre le pedí a Dios la vocación, que no la tenía, y al poco tiempo Dios me la dio”. Su padre no tardó en cambiar de opinión: “Cuando vio esto se asustó, pero para mí ya no había marcha atrás. Dios ya me había llamado”.

De Álava a Sigüenza con 19 años

A los 19 años emprendió Sor Teresita un viaje desde su pueblo natal hasta el Monasterio de Buenafuente del Sistal, un viaje que hoy a penas duraría cuatro horas, con parada de respostaje y café, en su día lo hizo la postulante de novicia en dos días, utilizando un tren de vapor, un carro de bueyes y coche oficial. El del obispo de Sigüenza nada menos, que ese día tenia que acercarse hasta el Monasterio por alguna razón puntual.
Entra en el Císter el día que nace Joseph Ratzinger

Sor Teresita nunca había visto un Císter, pero sabía que su sitio en esta vida era allí y para siempre. “La vocación es así”, lo explicaba ella. Cuando vio con sus ojos por primera vez la que sería su casa para toda la vida, era el 16 de abril de 1927, exactamente el mismo día que en una aldea de Baviera nacía Joseph Aloisius Ratizinger, quien más tarde se convirtió en el Papa Benedicto XVI.
La guerra civil siendo monja...

Sor Teresita, desde una vida anónima, vivió todo tipo de avatares como el que se dio en la Guerra Civil, cuando todas sus hermanas abandonaron el convento, avisadas por una amistad de que su vida corría serio peligro si permanecían en él. “Yo no me marché. Nos quedamos dos, para cuidar a una persona enferma que no se podía marchar”.
Heroína de 20 años, su vida daría para una película. En sus más de 86 años en clausura desempeñó todas la labores de las que necesita la vida en un monasterio. Desde madre abadesa o ecónoma hasta portera y pinche de cocina.


Entrevista con Benedicto XVI

Apenas tres meses después, invitada por el Nuncio Apostólico en Madrid, Monseñor Renzo Fratini, y con motivo de la visita a la capital del Papa Benedicto XVI en la celebración de la JMJ, disfrutó sor Teresita de una audiencia con Su Santidad: “Soy Sor Teresita, la que entró en el Monasterio el mismo día que nació su Santidad”. Así se presentó una anciana monja con los ojos tan vivos como los de un niño aquella tarde, ante las cámaras de todo el mundo, al Papa.
Sor Teresita siempre mantuvo, hasta los últimos días, una máxima sobre su vida: “¿Que si soy feliz? ¡A más no poder! No puede haber una vida más feliz en el mundo. Pero hijo, ¿tú crees que se puede aguantar aquí dentro 86 años sin ser feliz? ¡Vamos, para volverse loca!”.



martes, 21 de mayo de 2013

VIDA CONTEMPLATIVA EN EL AÑO DE LA FE Centinelas de la oración


El domingo 26 de mayo, solemnidad de la Santísima Trinidad, celebramos la Jornada “pro orantibus”. Es un día para que el pueblo cristiano tome conciencia, valore y agradezca la presencia de la vida contemplativa. Desde la clausura de los monasterios y conventos, las personas consagradas contemplativas, como afirma el concilio Vaticano II, «dedican todo su tiempo únicamente a Dios en la soledad y el silencio, en oración constante y en la penitencia practicada con alegría».

 La Jornada se celebra en el Año de la fe, convocado por el querido y recordado papa Benedicto XVI, que nos ha dejado un luminoso magisterio sobre la vida consagrada en general y sobre la vida contemplativa en particular. Ahora sigue amando y sirviendo a la Iglesia a través de la plegaria y reflexión desde el retiro de la clausura. El nuevo sucesor de Pedro, el papa Francisco, ha retomado toda la programación del Año de la fe, para renovar a la Iglesia. Oremos para que Jesucristo, Pastor Supremo, le asista en el pastoreo de su Iglesia en el Año de la fe y en esta hora de nueva evangelización.

El lema de la Jornada de este año es: Centinelas de la oración. La palabra centinela evoca vigilancia. Los centinelas estaban apostados sobre los muros de las ciudades (cf. 2 Sam 18, 24; 2 Re 9, 17-20), en torres de vigilancia en el desierto o sobre las cumbres (cf. 2 Crón 20, 24; Jer 31, 6). El propio Dios es descrito en ocasiones como centinela o guardián de su pueblo (cf. Sal 127, 1), siempre preocupado por la seguridad y protección de los suyos (cf. Sal 121, 4ss). El salmista suplica al Señor su misericordia y espera en su palabra «más que el centinela la aurora» (Sal 130, 6). La personas contemplativas vigilan como centinelas día y noche igual que las vírgenes prudentes la llegada del esposo (cf. Mt 25, 1-13) con el aceite de su fe, que enciende la llama de la caridad.

Los monjes y monjas son en la Iglesia centinelas de la oración contemplativa para el encuentro con el Esposo Jesucristo, que es lo esencial. El Catecismo de la Iglesia Católica habla abundantemente de la oración contemplativa (nn. 2709-2724). Elijo este número significativo: «La oración contemplativa es silencio, este “símbolo del mundo venidero” o “amor […] silencioso”. Las palabras de la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús» (CEC, 2717).

Nuestros monasterios son un oasis de silencio orante y elocuente. Son escuela de oración profunda bajo la acción del Espíritu Santo. Son espacios dedicados a la escucha atenta del Espíritu Santo, fuente perenne de vida, que colma el corazón con la íntima certeza de haber sido fundados para amar, alabar y servir. Las personas contemplativas como centinelas apuntan siempre a lo fundamental y esencial.
Para el hombre moderno, encarcelado en el torbellino de las sensaciones pasajeras, multiplicadas por los mass-media, la presencia de las personas contemplativas silenciosas y vigilantes, entregadas al mundo de las realidades «no visibles» (cf. 2 Cor 4, 18), representan una llamada providencial a vivir la vocación de caminar por los horizontes ilimitados de lo divino. En esta Jornada “pro orantibus” es justo y necesario que recemos por las personas contemplativas, que volvamos la mirada y el corazón a sus monasterios y pidamos por sus intenciones. Sin duda, sus intenciones van encaminadas a la permanencia en la fidelidad siempre renovada de todos sus miembros en la vocación recibida y al aumento de vocaciones en esta forma de consagración.

Como un signo de gratitud, ayudemos también económicamente a los monasterios en sus necesidades materiales. Sabemos que las monjas y monjes son personas que por su habitual silencio y discreción no suelen pedir; pero son bien acreedoras a nuestras limosnas y generosidad, y nos pagarán con creces, alcanzándonos del Señor gracias y bendiciones de mucho más valor. Que la santísima Virgen María, primera consagrada al Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo, maestra de contemplación y centinela orante que dio a luz al Sol de justicia, Cristo nuestro Salvador, cuide y proteja a todas las personas contemplativas. ¡Feliz Jornada de la vida contemplativa en el Año de la fe!

+ Vicente Jiménez Zamora Obispo de Santander Presidente de la CEVC

miércoles, 3 de abril de 2013

LAS VOCACIONES, SIGNO DE LA ESPERANZA FUNDADA SOBRE LA FE (Benedicto XVI)


Mensaje para la Jornada Mundial de las Vocaciones 2013

Queridos hermanos y hermanas:

Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones, signo de la esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto del Año de la fe y en el 50 aniversario de la apertura del concilio Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar, instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9, 38). «El problema del número suficiente de sacerdotes–subrayó entonces el pontífice – afecta de cerca a todos los fieles, no solo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio».

En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por todo el mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto domingo de Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al mismo tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por insatisfacciones y fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento vemos cómo, también en los momentos de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante, subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas hechas por Dios a los patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud ejemplar de Abrahán, el cual, recuerda el apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rom 4, 18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del diluvio (cf. Gén 8, 21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf. Dt 9, 7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad del Señor, auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que siempre hace vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en la esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el fundamento seguro de toda esperanza: Dios no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida esperanza y rezar con el salmista: «Descansa solo Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 62, 6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente unidas. De hecho, «“esperanza”, es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la “plenitud de la fe” (10, 22) con la “firme confesión de la esperanza” (10, 23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3, 15), “esperanza”equivale a “fe”».
Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme de modo particular a vosotros, jóvenes, y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!». Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús repite: «Ven y sígueme» (Mc 10, 21). Para responder a esta invitación es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en primer lugar frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar la propia vida a Él, vivir con Él en profunda intimidad, entrar a través de Él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo y, en consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y donde la vida será libre y plena.

Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con Él, para entrar en su voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente».
La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidadcristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo.
En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que solo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la I glesia y a su t area de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación.

Por eso, que no falt en sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14, 6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1 Jn 4, 19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús.

Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis
felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3, 15).

Vaticano, 6 de octubre de 2012


miércoles, 13 de febrero de 2013

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2013


Creer en la caridad suscita caridad

«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)



Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la

caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

Vaticano, 15 de octubre de 2012



BENEDICTUS PP. XVI



martes, 12 de febrero de 2013

¡Gracias Santo Padre!

Magnífico y sencillo artículo de Paco Sánchez en lavozdegalicia.es:

RAZÓN DE AMOR

Era libre para aceptar y libre para renunciar. Hizo ambas cosas: aceptó en el 2005, con 78 años, y renunció ayer, con 85. Dos decisiones tremendas: dudo que nadie sea capaz de ponerse en la cabeza y en el corazón de un hombre que sueña con retirarse a descansar y escribir, pero de pronto deviene papa, oficio poco compatible con tales aspiraciones, especialmente a los 78 años. Y luego, ya con 85, la duda tremenda de conciencia: «¿Debo seguir?», «¿renuncio porque quiero descansar, porque no puedo más o porque es lo que Dios pide, el mismo Dios ante el que pronto tendré que rendir cuentas?».

Benedicto XVI escribió tres encíclicas en siete años: dos sobre el amor y una sobre la esperanza, como si esas dos fueran a la vez las grandes dolencias de nuestro mundo y sus grandes remedios: amor y esperanza contra las plagas de desamor y desesperación. De ahí su empeño en volver a explicar a Jesús de Nazaret, que es Dios y es amor -como dice el título de su primera encíclica- y es hombre. Quizá su pontificado pueda resumirse en esto, en volver a Jesús. Frente a la percepción simplificada de la Iglesia como un conjunto casposo de normas morales, principalmente de carácter sexual, Ratzinger propone al mismo Cristo. Y frente al sentimentalismo relativista, tan inseguro como angustioso, reivindica el papel decisivo de la razón: Caritas in Veritate se titula su tercera encíclica.

Joseph Ratzinger pasará a la historia como uno de los más grandes teólogos de nuestra época, pero también como uno de los intelectuales que mejor supo entender y diagnosticar las crisis de nuestro tiempo. Crisis de la inteligencia y del amor. Justo las dos claves que explican la grandeza de su generosa aceptación en el 2005 y de su renuncia ayer.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Decálogo para acompañantes de jóvenes

Art. de José Moreno Losada:

Desde la vida de los jóvenes y el camino compartido con ellos, he elaborado una reflexión, que el último número monográfico de "Imágenes de la Fe" (Editorial PPC- Enero 2013) la presenta en su totalidad.

Comparto la conclusión de dicho trabajo que presento como un decálogo para acompañantes de jóvenes. Todo se enmarca en un principio fundamental descubierto: quien obra y trabaja en el corazón del joven es el Espíritu Resucitado de Jesús, que le va mostrando el amor del Padre y el sueño que éste tiene sobre él. Nosotros tenemos el gran papel de colaborar con ese Espíritu, que nos alimenta a nosotros mismos y nos da fuerzas para acompañar gratuitamente.
Desde este Espíritu, la lectura creyente y sobre todo la vida compartida con jóvenes considero:

1. El centro del "quehacer" al acompañar está en la persona con la que compartimos camino; son su proceso, su momento y sus inquietudes los que tienen que centrar nuestra acción y animación. A nosotros nos toca dejarnos afectar por su persona y su proyecto para servirle en orden a su autonomía y crecimiento.

2. Es fundamental arriesgar para acompañar, no podemos tener conceptos preestablecidos ni marcos organizados. Cada persona tiene su vida y el espíritu en ella sopla lo que quiere y cuando quiere, y el joven se abrirá en libertad a ese soplo. Conservar y asegurar no es acompañar, abiertos seremos sorprendidos y enriquecidos por la novedad y la creatividad de cada persona y su historia.

3. Acompañar es echar de lo que tenemos para vivir, no se puede hacer sin priorizar y sin disponibilidad gratuita; te necesitan cuando menos lo esperas y te buscan cuando, de verdad, lo necesitan aunque no sepan expresarlo. Estar a punto y disponible es el oficio más valorado por ellos.

4. Si te alegras por cada pequeño paso y decisión tomada por un joven, es que estás entrando en el verdadero reconocimiento, en el espíritu del que da gracias por los sencillos y los pequeños; aquel que te viene dado por la alegría que te da ir viendo el tesoro que el otro está encontrando y cómo está poniendo en él su corazón.

5. Implicación e interpelación serán frutos que recibirás en el oficio de acompañamiento, sus opciones y discernimientos, harán que tú te replantees los tuyos y acabarás empujado a implicarte más para servir más y mejor en más espacios de los propios y los ajenos. Tu servicio y compromiso serán trampolines para su actitud de servicio en el mundo.

6. Los jóvenes no quieren milagros tuyos, esos los hace el Señor con ellos; sólo quieren tener parte en tu vida o, más bien, saber que tú te interesas por la suya y que pueden contar con lo que tú tienes y eres. Si eres auténtico y te muestras con verdad, desde tu sencillez y pequeñez, se sentirán como en su propia casa. No trates de ser distinto de lo que eres, porque eso te hará distante.

7. La fraternidad es el horizonte al que pretendemos llegar en toda iniciación y catecumenado, hijos en el Hijo; ese horizonte sólo es posible si la comunidad es nuestro lugar de verdadera referencia personal. El joven necesita de un grupo de vida, de discernimiento comunitario, pero no puedo ser animador de esta realidad para él si yo no soy sujeto de una comunidad de vida propia, donde proyecto y reviso mi propia existencia. Sólo se genera comunidad desde la comunidad vivida y experimentada.

 8. La tentación más fuerte es sacarlos del mundo y preservarlos en un aparte. Esto no es animar, sino desanimar, desencarnar. Jesús no quiere que los saquemos del mundo, sino que, en medio de ese mundo, sean la levadura y la sal; ahí está su lugar para ser y crecer, meterse en el corazón del mundo con el corazón de Dios. Para ello, nosotros mismos tenemos que entrar en la aventura de descubrir la realidad como lugar de salvación querida y amada por el Padre. Es importante que conozcamos y amemos sus mundos y ambientes.

9. Hoy, como nunca, necesitamos acompañar desde el ser católicos, el "id por todo el mundo" hoy tiene eco y sabor especial y actualizado. Queremos una humanidad fraterna y universal, donde el horizonte es el hombre y todas sus situaciones. Nuestra mente ha de ser universal como el envío, para la utopía de un mundo sin fronteras con todos los derechos fundamentales a flor de piel -frente a la crisis-; sólo desde ahí podremos acompañar mentes que quieren ser libres y romper límites que separan y provocan injusticia y dolor.

10. Pero sin Él no podemos hacer nada; sin su amor y sin su protagonismo, todo será una inútil hazaña, ideología y apropiación indebida. Sólo desde el principio y fundamento de los sentimientos de Cristo, podemos servirle para que otros se encuentren con Él y descubran el verdadero sentido de la vida; en la experiencia profunda y personal de Cristo, serviremos para que el joven lo intuya y lo descubra en su vida para siempre, y sea capaz de arriesgarlo y venderlo todo para tenerlo solo a Él.

Y cuando hayamos hecho todo esto, por la gracia de Dios, diremos como los empleados fieles del Evangelio: "Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer". Pero ya nadie nos podrá quitar la experiencia de ser hombres del Espíritu, tocados por la gracia de Cristo, y el sentido de comunidad y de familia que el Padre habrá provocado en nosotros al cumplir su voluntad, y los jóvenes y sus procesos -harán obras mayores que nosotros, mucho mayores- serán nuestra corona y nuestra gloria.

sábado, 2 de febrero de 2013

I ENCUENTRO DE ORACIÓN Y VIDA "Sanar la vida, encuentro con Dios"

I ENCUENTRO DE ORACIÓN Y VIDA

 SANAR LA VIDA, ENCUENTRO CON DIOS

"Sólo en el silencio más absoluto se empieza a oir"




15,16 Y 17 de MARZO de 2013
Lugar: Monasterio Santa Cruz (SAHAGÚN-León-)

Organizan: M.M. Benedictinas Misioneras Franciscanas del Suburbio
Información: M. Anuncia 662171813 Hna. Yolanda 616639558

HORARIO

VIERNES  15
     …… LLEGADA
20:30 - CENA
21:30 - BIENVENIDA Y DINÁMICA DE PRESENTACIÓN
A DORMIR………………..
SÁBADO 16
07:30- LEVANTARSE
08:00- LAUDES Y EUCARISTIA
10:00 –  A  DESAYUNAR………..
10:30 -  PRESENTACIÓN DEL TEMA
11:00 - 12:00 – REFLEXIÓN PERSONAL
12:00 -13:00 -TRABAJO EN GRUPOS
13:00 -  A DISFRUTAR DE LA CONVIVENCIA
(TIEMPO LIBRE)
14:00 – A COMER…………………
            (TIEMPO LIBRE)
16:00 – MERIENDA
16:30 – 17:30 – TRABAJO EN GRUPOS
17:30 – 18:30- ORACIÓN EN GRUPO
            (TIEMPO LIBRE)
19:00 – VISPERAS
20:30 – A CENAR……………………
22:00 – VELADA
DOMINGO 17
08:00- LEVANTARSE
08:30- 9:30 - LAUDES Y EUCARISTIA
10:00 –  A  DESAYUNAR………..
10:30 -  PRESENTACIÓN DEL TEMA
11:00 - 12:00 – REFLEXIÓN PERSONAL
13:00 -  13:45- TRABAJO EN GRUPOS               
14:00 – A COMER…………………

   …….. (TIEMPO LIBRE) Y…. NOS VAMOS MARCHANDO CON MUCHA PENA……….!!!