viernes, 20 de agosto de 2010

''EL LLAMADO A LA INFANCIA ESPIRITUAL''

Teresita de Lisieux

Siempre y en todo procuremos cumplir la voluntad de Dios. Sta Teresita
La infancia espiritual

El tema de la infancia espiritual es tal vez el tema central en Santa Teresa de Lisieux. En su vida podemos ver cómo la madurez espiritual se va alcanzando al acercarse a la infancia espiritual.

Esta actitud consiste en el abandono de su vida en manos del Padre, colocando toda su confianza en Él. Ya desde muy niña, Teresita fue viendo cómo en su vida encontraba la felicidad al hacer no su voluntad, sino la del creador. Este descubrimiento es ya un paso muy grande para tan pequeña criatura, pero no se queda allí sino que lo lleva a la práctica en su vida, tanto que a la edad de 14 años se acepta la voluntad de Dios y se ofrece para que haga de ella lo que quiera, lo que le expresa a su hermana en una carta: "Pero, Paulina, yo soy la pelotita del Niño Jesús; si él quiere romper su juguete, es muy dueño de hacerlo. Sí, acepto todo lo que él quiera." No es despreciable aquí la expresión de pelotita del Niño Jesús, ya que es un símil con el cual expresará su ser niña, pero a la vez su profundidad de espíritu.

En esta etapa de la adolescencia también se encuentra otra característica que es clave para la infancia espiritual de Teresa, es el sentido de pobreza tanto material como espiritual, los cuales se complementan en el sentir de esta niña. Al regalarle un corderito que muere el mismo día, ya preanuncia lo que luego se concretará en su voto de pobreza en el Carmelo: "No, no hay que apegarse a nada en la tierra, ni siquiera a las cosas más inocentes, pues nos faltan en el momento que menos se piensa. Sólo lo que es eterno puede llenarnos". Ya la niña ve la relatividad de todo en comparación a Aquel que es el Todo.

Hay una característica de la personalidad de Teresa que es clave en su vida para lograr hacer la voluntad de Dios: la terquedad y cierto orgullo. Así lo muestra en Historia de un Alma, cuando narra sobre su infancia: "Como tenía amor propio y también amor al bien, en cuanto empecé a pensar seriamente (y lo hice desde muy pequeña), bastaba que me dijeran que algo no estaba bien para que se me quitasen las ganas de hacérmelo repetir dos veces..."

La terquedad va acompañada por el sentido de lucha que posee la joven Teresa para lograr la voluntad divina: "No nos queda, pues, más que luchar. Cuando no tenemos fuerzas para ello, Jesús combate por nosotras... Pongamos juntas el hacha a la raíz del árbol..."

Así, cuando descubre que el Señor la llama desde muy joven para entrar en el Carmelo, busca todas las formas para lograr su vocación, lo que no le es nada fácil y encuentra desde ese momento grandes sufrimientos. Pero ella, fiel a la tradición religiosa de la época, se ofrece como víctima para sufrir y así asemejarse a Jesucristo:

"Sólo deseo una cosa para cuando esté en el Carmelo: sufrir siempre por Jesús. La vida pasa tan deprisa que, realmente, vale más lograr una corona muy bella con un poco de dolor, que una ordinaria sin dolor. ¡Cuándo pienso que por un solo sufrimiento soportado con alegría se amará mejor a [2vº] Dios durante toda la eternidad! Además, con el sufrimiento podemos salvar almas. Paulina, ¡qué feliz me sentiría si en el momento de la muerte pudiese yo tener un alma que ofrecer a Jesús! Habría un alma arrancada al fuego del infierno que bendeciría a Dios por toda la eternidad."

Es parte esencial de la infancia espiritual sentirse pequeño, de manera tal que no podamos nada sin aquél que los es todo. Esto también lo sintió Teresa: "Pide que tu hijita sea siempre un granito de arena muy oscuro, muy escondido a los ojos de todos, que sólo Jesús pueda erlo. Que se haga cada vez más pequeño, que se vea reducido a nada..."

En los escritos de Teresa podemos descubrir cómo, a pesar de haber perdido a su madre en su temprana niñez, ha sentido por medio de sus familiares más cercanos el amor de Dios. En especial el amor de su padre, a quien llama cariñosamente su rey. Allí es donde Teresa percibe la concreción del amor de Dios, el cual busca transmitir a todos los que la rodean, como fue el conocido caso de la hermana San Pedro cuando Teresa era novicia, brindándole toda clase de atenciones a aquella que nadie atendía. Su deseo de permanecer escondida es clave en este amor al prójimo.

Por último en esta enumeración de características resaltantes de la infancia espiritual, aunque tal vez sea la más importante, encontramos el deseo de santidad. Teresa desea ser santa, no por temor, sino como respuesta al amor de Aquel que la sobrepasa: "¡Sí, Paulina, quiero ser siempre un GRANITO de arena...! (…) Quisiera decirte muchas cosas a propósito del granito de arena, pero no tengo tiempo... (Quiero ser santa...)"

'' La globalización del amor''


Nuestro mundo camina por el sendero de la globalización de la economía y de la política. Pero cada día somos más conscientes que la concentración de la riqueza en manos de unos pocos afortunados nos lleva a la destrucción. Cada día se impone el terror y la muerte como único camino para la paz y el bienestar de los pueblos.

¿Cuál es el mensaje de Teresa de Lisieux para un mundo globalizado? ¿Tiene palabras significativas una mujer de finales del siglo XIX, religiosa de clausura, que muere tuberculosa a los 24 años? ¿No será abusar del pensamiento de una persona que jamás se cuestionó algo similar? El mensaje de Teresa del Niño Jesús, inculturado en el hoy, es el siguiente: la globalización sin amor es una globalización sin valor. Dicho de una forma menos “profana”: la espiritualidad de la comunión es el “corazón” de nuestro mundo.

La espiritualidad de la comunión es la “Historia de un alma”. Es el alma de Teresa del Niño Jesús. Juan Pablo II, proclamó Doctora de la iglesia a santa Teresa del Niño Jesús por ser “experta en la scientia amoris”. El “corazón” de la iglesia es la comunión.

Teresa siente en su debilidad, en su pobreza, en el claustro, en su enfermedad, que Dios la llama a una verdadera “globalización”. Necesita serlo todo. Su corazón no se conforme con hacer algunas cosas más o menos buenas en su vida..Estas ansias se convertían para ella en “un verdadero martirio”. Dios colmó sus deseos “más grandes que el universo”.

Busca en la Palabra de Dios la luz que necesita para su vocación. San Pablo en la primera carta a los Corintios, capítulo 12, presenta a la iglesia como un cuerpo con muchos miembros, pero no se reconoce “en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o mejor dicho, quería reconocerme en todos...”

Hasta que descubrió que “la iglesia tiene un corazón, y que este corazón estaba ardiendo de AMOR.... Comprendí que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, ¡que el amor es eterno¡” ( Ms B, fol. 3v ).

Esta es la verdadera globalización que enseña hoy Teresita del Niño Jesús. El Amor abraza todos los tiempos y todos los lugares. El amor es “global” o no es amor. El enemigo número uno del amor es el egoísmo, la indiferencia y el conformismo.

Este es el mensaje de la patrona de las misiones, que en su vida quiso ser misionera “no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguir siéndolo hasta la consumación de los siglos”. Esta es la globalización del evangelio que ella sigue impulsando desde su trono de gloria.

Ya desde niña lo quería todo. Dios prepara a sus elegidos desde el seno materno para ser sus testigos en el mundo. Pero todo este lenguaje del amor podría quedarse en un nivel romántico e idealista si la santa de Lisieux no bajase al terreno práctico de la misma vida. Ella confiesa que anteriormente comprendía el amor “pero de una manera imperfecta”. Dios le concedió penetrar en lo que es el amor.

Teresita al meditar las palabras del evangelio: “no hay mayor amor, que dar la propia vida por aquellos a los que se ama”, se enfrenta con el amor auténtico: “Ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarme de sus debilidades, en sacar edificación de los menores actos de virtud que se les ve practicar” ( Ms C, fol. 12v).

Es el himno de la caridad de Teresa de Lisieux. El camino de los pequeños de este mundo cargando con la injusticia y la indiferencia de los grandes. Es el camino de Jesús, puerta estrecha y senda angosta. La victoria del amor sobre el odio. Es la verdadera espiritualidad de comunión.

Teresa del Niño Jesús enseña a “globalizar” el amor, empezando con los que viven con nosotros. El amor cristiano penetra en las raíces de la vida creando la comunión universal. Así exclama la santa, llena de gozo y de entusiasmo, cuando profundiza en su vocación: “!Por fín, he hallado mi vocación, mi vocación es el amor¡.... . En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor” ( Ms B, fols. 3v 4r ).
Fr. Antonio Ribas, o.c.d.

jueves, 22 de julio de 2010

Mi visión personal de "La Última Cima"


Hasta ahora había colgado en el blog críticas hechas por otros o los trailers de la película española "La Última Cima". Pero este domingo, por fin, encontré la ocasión propicia para escaparme al cine (no hay nada como la gran pantalla para disfrutar de una película) y ver el film que, milagrosamente, se mantiene en cartelera con dos sesiones.

Así que, antes de que se me olvide, con el recuerdo aún fresco, os daré mis impresiones personales. Desde el punto de vista técnico se nota que es una película de factura humilde, lo cual no quiere decir que no esté bien realizada, sólo que no tiene la calidad a la que estamos acostumbrados en otros films. Aunque al ser un documental, no propiamente una pelicula, se le debe exigir menos recursos desde este punto de vista. Algo que si se echa en falta es tener más imágenes filmadas de Pablo, sólo usan las de una conferencia teológica, que van repartiendo a lo largo del documental, muchas veces, hay que reconocerlo, con verdadero ingenio y chispa.

Las fotografias son tomadas del album familiar, otras de sus excursiones por la montaña o de actos oficiales como su encuentro con el Cardenal de Madrid y con el mismo Papa. Los audios en el que se le escucha hablar son de sus últimos ejercicios espirituales, que dio a una comunidad de monjas poco antes de morir. Nadie sabía que podían llegar a ser usados de este modo, por lo que se entiende que la calidad de sonido deje mucho que desear. Personalmente hubo varios momentos en que no lograba entender lo que decía.

El modo de presentación del documental es muy ágil, muy "pop", con imágenes rebobinadas, saltos, etc. No aburre y la fotografía de exteriores es muy buena.

Eso por lo que respecta a la "cazuela".

En lo referente al guiso que se presenta dentro, la película es de una valentía extraordinaria. Hacer algo así hablando de un cura, y hablando bien, como dice teatralmente su director al comienzo, tiene un mérito impresionante. Y que, encima, funcione en taquilla es ya tremendo.

Os confieso que hubo momentos que me emocionaron; alguno, los menos, me cansaron un poco (me parecio que había testimonios un tanto redundantes sobre lo mismo). Me temía que la película iba a ser más bien "hagiográfica", en el sentido más "ñoño" del término, y, aunque hubo algún momento así, como al hablar de su infancia, escapa de eso cuanto puede y presenta a un sacerdote muy humano, que pide a sus amigos más cercanos, con mucha gracia, que no le permitan volverse "clericalón".

Así que, partiendo de la vida de Pablo, encomiable y testimonial, no cabe duda, termina siendo un verdadero canto a la belleza del sacerdocio y de toda la vida cristiana.

Os la recomiendo, ojalá surjan más películas así para contrarrestar el gusto por la fealdad y la sombra que domina buena parte de nuestra cultura.



Rubén García Peláez

domingo, 18 de julio de 2010

Comentario al Evangelio Domingo XVI TO


Mientras el grupo de discípulos sigue su camino, Jesús entra solo en una aldea y se dirige a una casa donde encuentra a dos hermanas a las que quiere mucho. La presencia de su amigo Jesús va a provocar en las mujeres dos reacciones muy diferentes.
María, seguramente la hermana más joven, lo deja todo y se queda «sentada a los pies del Señor». Su única preocupación es escucharle. El evangelista la describe con los rasgos que caracterizan al verdadero discípulo: a los pies del Maestro, atenta a su voz, acogiendo su Palabra y alimentándose de su enseñanza.

La reacción de Marta es diferente. Desde que ha llegado Jesús, no hace sino desvivirse por acogerlo y atenderlo debidamente. Lucas la describe agobiada por múltiples ocupaciones. Desbordada por la situación y dolida con su hermana, expone su queja a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano».

Jesús no pierde la paz. Responde a Marta con un cariño grande, repitiendo despacio su nombre; luego, le hace ver que también a él le preocupa su agobio, pero ha de saber que escucharle a él es tan esencial y necesario que a ningún discípulo se le ha de dejar sin su Palabra «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán».

Jesús no critica el servicio de Marta. ¿Cómo lo va a hacer si él mismo está enseñando a todos con su ejemplo a vivir acogiendo, sirviendo y ayudando a los demás? Lo que critica es su modo de trabajar de manera nerviosa, bajo la presión de demasiadas ocupaciones.

Jesús no contrapone la vida activa y la contemplativa, ni la escucha fiel de su Palabra y el compromiso de vivir prácticamente su estilo de entrega a los demás. Alerta más bien del peligro de vivir absorbidos por un exceso de actividad, en agitación interior permanente, apagando en nosotros el Espíritu, contagiando nerviosismo y agobio más que paz y amor.

Apremiados por la disminución de fuerzas, nos estamos habituando a pedir a los cristianos más generosos toda clase de compromisos dentro y fuera de la Iglesia. Si, al mismo tiempo, no les ofrecemos espacios y momentos para conocer a Jesús, escuchar su Palabra y alimentarse de su Evangelio, corremos el riesgo de hacer crecer en la Iglesia la agitación y el nerviosismo, pero no su Espíritu y su paz. Nos podemos encontrar con unas comunidades animadas por funcionarios agobiados, pero no por testigos que irradian el aliento y vida de su Maestro.

José Antonio Pagola

18 de julio de 2010

16 Tiempo ordinario (C)

Lucas 10, 38-42

Entrevista: El futuro del celibato sacerdotal

El padre Laurent Touze, profesor francés de Teología espiritual en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, ha publicado en este Año Sacerdotal el libro L'avenir du célibat sacerdotal (El futuro del celibato sacerdotal, n.d.t.) (Parole et Silence/ Lethielleux).
En la siguiente entrevista, finalizando ya el Año Sacerdotal, el padre Touze explica en qué consiste este “futuro” y se refiere a la “teología eucarística del celibato”.

- Padre Touze, ¿por qué este título?

Laurent Touze: ¡Para jugar al profeta de poca monta! Muchos anuncian al menos desde hace décadas que el “próximo papa” hará opcional el celibato, y que el actual (Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI) no lo hace porque es demasiado conservador, o presionado por la curia, según dicta la mitología.

Yo creo que la Iglesia descubre cada vez más el vínculo que une el celibato al sacramento del orden, y que el futuro es más de celibato, mejor vivido, de manera más santa.

- Usted habla de “vínculo” entre el celibato y el sacramento del orden: ¿a qué se refiere?

- Laurent Touze: Pienso en textos como la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Pablo VI, o en las exhortaciones apostólicas Pastores dabo vobis del venerable Juan Pablo II y Sacramentum caritatis de Benedicto XVI.

Los papas destacan no sólo el vínculo celibato-ministerio, sino que también precisan su naturaleza, afirmando un motivo central para el celibato eclesiástico: el motivo nupcial o eucarístico, es decir, el reflejo sobre la condición sacerdotal de la oblación de Cristo por la Iglesia.

Siervo de Cristo esposo, muerto en la cruz-altar de sus bodas con la Iglesia, el sacerdote, específicamente identificado con el Salvador, está llamado a reproducir el sacrificio, también por su celibato.

El contexto todavía más claramente eucarístico de Sacramentum caritatis ofrece, en mi opinión, la clave de este motivo.

Esta teología eucarística del celibato pone al sacerdote frente al oficio principal de su vocación, la Misa, y le reitera cómo las palabras de la consagración deben modelar su propia oblación para la salud del mundo.

El ministro aprende a asociarse interiormente y exteriormente a Jesucristo a quien hace realmente presente, a convertirse públicamente también él en sacerdote y víctima, a vivir como ministro lo que Benedicto XVI llama la “lógica eucarística de la existencia cristiana”.

- Sin embargo, en la Iglesia católica hombres casados son ordenados sacerdotes...

Laurent Touze: Sí, es verdad, en las Iglesias católicas orientales -no siempre- una parte de los sacerdotes están casados, y también en las Iglesias orientales separadas de Roma.

En la Iglesia latina, que reúne la mayoría de los católicos y en la que los sacerdotes son célibes, también hay excepciones, entre ellas algunos ministros reformados que entran a la plena comunión con la Iglesia.

Pero también hay que destacar que en las comunidades cristianas que son en el estricto sentido de la palabra “Iglesias” (porque han conservado con validez el orden y la Eucaristía), el obispo, que ha recibido la plenitud del sacramento del orden, siempre es célibe.

- Se oye decir que ampliar el sacerdocio a los hombres casados permitiría superar la crisis de vocaciones.

Laurent Touze: La “crisis de vocaciones” no se da en todas partes, afecta sobre todo a los países occidentales, en pleno invierno demográfico, y a las comunidades a menudo mal informadas sobre lo que es el ministerio, y quizás más en general sobre lo que es la fe de la Iglesia y la santidad en Jesucristo.

En las familias más numerosas, que vibran con una fe verdadera y viva, florecen vocaciones a todos los estados de vida.

Además, la crisis de vocaciones existe también entre los protestantes, cuyos ministros pueden estar casados.

Y ordenando a hombres casados se correría también el riesgo de olvidar la vocación universal a la santidad, el corazón del magisterio del Vaticano II: la primera misión de los laicos, hombres y mujeres, casados o célibes, es la santificación de las estructuras temporales, y no la sustitución de los clérigos.

- También se ha oído decir, estos últimos meses, que el celibato sacerdotal sería motivo de los casos de pedofilia: ¿cuál es la causa?

Laurent Touze: Frente a los escándalos a los que se refiere, las primeras tareas de la comunidad eclesial son en primer lugar el acompañamiento de las víctimas, pero también la prevención, hacer todo lo posible para que estos casos no vuelvan a reproducirse.

Y así, estar atentos a la selección de los candidatos al sacerdocio, enseñándoles a vivir la sinceridad en la dirección espiritual.

Un hombre joven que tiene una afectividad problemática puede llegar a ser santo, debe aprender a vivir la continencia, a recibir quizás un acompañamiento médico. Pero no podrá convertirse en sacerdote.

- El celibato sacerdotal -continúo haciendo de abogado del diablo- sería una invención de la Edad Media, más aún, “medieval”,...

Laurent Touze: ¡Se dice y se repite “medieval”! Se ignora demasiado a menudo la renovación reciente de la historiografía del celibato sacerdotal, y pienso en Alfonso Maria Stickler, Christian Cochini y, más reciente y largamente, en Stefan Heid.

Estos autores han demostrado que los obispos y los sacerdotes del siglo IV eran o célibes o continentes desde su ordenación, si estaban casados, es decir, que renunciaban al acto conyugal.

Esto me parece un primer hecho señalado por esta escuela historiográfica, que afirma también, y me ha convencido de ello, que esta disciplina ya se vivía en los siglos precedentes.

Los cánones del siglo IV sólo pusieron por escrito lo que se había vivido anteriormente como una costumbre, dándole fuerza de ley.

La tercera experiencia de este nuevo enfoque: el concilio oriental in Trullo de 691 habría abandonado la tradición original, permitiendo a los sacerdotes -no a los obispos- hacer uso de su matrimonio.

La novedad oriental, que fue aceptada por la Iglesia universal sólo en el siglo XVI, es, por tanto, el abandono de la continencia para los sacerdotes casados.

- Usted propone releer el sacerdocio “desde arriba” a partir de la figura del obispo que tiene la “plenitud del sacerdocio”. ¿El sacerdote no es “plenamente sacerdotal”?

Laurent Touze: El único sacerdote de la nueva Alianza es Jesucristo. Todos los fieles participan de su sacerdocio por su bautismo y deben aprender a hacerse sacerdotes de su vida cotidiana, ofreciendo esto a Dios como un acto de culto.

Los sacerdotes y los obispos reciben por su ordenación un don específico, que les permite distribuir en la Iglesia los dones de Cristo cabeza de su cuerpo, por los sacramentos, la predicación y el gobierno.

Y el obispo, como precisó el Vaticano II, tiene la plenitud del sacramento del orden. Hay, pues, una distinción sacramental entre el sacerdote y el obispo, pero al mismo tiempo una fuerte relación mutua.

El concilio construyó la teología del sacerdocio a partir del episcopado, y hoy se comprende cada vez más al sacerdote a la luz del obispo.

Creo que existe un paralelismo de significados entre los grados del orden (obispo, sacerdote -no trato aquí de los diáconos) y los grados de la continencia-celibato requeridos por el ministro (sin excepción para el obispo, con algunas excepciones para el sacerdote).

A la plenitud del orden corresponde la visibilidad máxima de la oblación eucarística de sí, en un celibato-continencia sin mitigaciones.

Pero si el obispo debe ser célibe-continente, cuanto más se defina como hoy al sacerdote en función del obispo, más deberá pedirse en esa medida a todos los ministros que se sometan a la misma disciplina, a causa de la lógica del sacramento recibido.

- Usted vislumbra para el celibato sacerdotal un futuro de santidad y de libertad. ¿Podía imaginar la “purificación” que vive la Iglesia desde hace unos meses cuando escribió su libro? ¿Repite lo mismo ahora, a pesar de la actualidad “dolorosa”?

Laurent Touze: ¡Todavía más! Una teología del celibato que destaca la dimensión sacramental apela en efecto a la santidad.

Sólo el número 24 -sobre el celibato- de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis multiplica también las invitaciones a que el sacerdote se abra a la “consagración”, a la “ofrenda exclusiva de sí mismo”, a “la misión vivida hasta el sacrificio de la cruz”, al “don de sí total y exclusivo a Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios”.

Si la teología disponible actualmente, también por el magisterio, es recibida de manera auténtica, y aplicada en la Iglesia, el futuro del celibato deberá ser un futuro de libertad, de don, de santidad sacerdotal.

- En otras palabras, para usted no hay alternativa: la respuesta a la “crisis” es la santidad.

Laurent Touze: Siempre me han impresionado unas palabras de san Josemaría Escrivá: “Un secreto, un secreto para gritar a los cuatro vientos: estas crisis mundiales son crisis de santos”.

Cuando se ven y se palpan las crisis en la Iglesia y en el mundo, la única respuesta de fondo es la conversión, la santidad.

Y hay una única santidad porque sólo hay un santo, Dios, al que aclamamos cantando: “Santo, Santo, Santo es el Señor”.

Él se ha hecho visible en el mundo en Jesucristo, y llegar a ser santo, tratar de serlo, es reproducir la vida del Salvador en nuestras circunstancias, imitar su don de sí mismo por amor.


Las Vocaciones en el mundo en cifras

La Librería Editora Vaticana acaba de publicar una nueva edición del Anuario Estadístico de la Iglesia, en el que se recogen datos sobre los principales aspectos relativos a la acción de la Iglesia católica en los diferentes países en el período 2000-2008.

A lo largo de estos nueve años, la presencia de católicos en el mundo ha pasado de 1045 millones en 2000 a 1.166 millones en 2008, con una variación relativa del +11,54%. Sin embargo, leyendo los datos de forma diferenciada se observa que en África se registra un incremento del 33%, mientras en Europa la situación se mantiene sustancialmente estable (+ 1,17%); en Asia el incremento es de +15,61%, en Oceanía +11,39) y en América + 10,93. No obstante, los católicos europeos han pasado del 26,81% del 2000 al 24,31%, de 2008. En América y Oceanía se mantienen estables y en Asia aumentan ligeramente.

Por lo que respecta al número de obispos en el mundo, se ha pasado de 4.541 en 2000 a 5.002 en 2008, con un aumento del 10,15%.

La población sacerdotal, tanto diocesana como religiosa, muestra un ligero crecimiento a lo largo de estos nueve años (con un aumento del 0,98% a nivel mundial), pasando de 405.178 en 2000 a 409.166 en 2008. Si en África y Asia aumentan (respectivamente un 33,1% y un 23,8,%), América se mantiene estable, mientras Europa y Oceanía disminuyen un 7% y un 4%.

Los sacerdotes diocesanos aumentan un 3,10%, pasando de 265.781 en 2000 a 274.007 en 2008. Por contraste, los sacerdotes religiosos se hallan en constante disminución (-3,04%), llegando a ser 135.159 en 2008. Los sacerdotes disminuyen claramente solo en Europa: si en 2000 representaban más del 51% del total mundial, en 2008 decrecen al 47%. Sin embargo, si en Asia y África juntas suponían en 2000 el 17,5% del total, en 2008 el porcentaje era del 21,9%. América ha aumentado ligeramente su porcentaje que ronda el 30%.

En cuanto a los religiosos no sacerdotes, si en 2000 eran 55.057, en 2008 han bajado a 54.641. Comparando los datos por continentes, en Europa se percibe una neta disminución (-16,57%) y en Oceanía (-22,06%), manteniéndose establemente en América y aumentando en Asia (+32,00%) y en África (+10,47%).

Las religiosas son casi el doble que los sacerdotes y 14 veces los religiosos, pero actualmente están disminuyendo. Han pasado de 800.000 en 2000 a 740.000 en 2008. En cuanto a su distribución geográfica, el 41% reside en Europa mientras en América vive el 27, 47% , en Asia el 21,77% y en Oceanía el 1,28% . En términos generales, las religiosas han aumentado en los continentes más dinámicos, África (+21 %) y Asia (+16%).

El Anuario Estadístico de la Iglesia también recoge la evolución del número de estudiantes de filosofía y de teología en los seminarios diocesanos y religiosos. A nivel global han aumentado, pasando de 110.583 en 2000 a más de 117.024 en 2008. Mientras en África y en Asia los candidatos al sacerdocio aumentan, en Europa disminuyen.
OP/ VIS 20100427 (520)

domingo, 27 de junio de 2010

Comentario al Evangelio vocacional de este domingo XIII


Seguir a Jesús es el corazón de la vida cristiana. Lo esencial. Nada hay más importante o decisivo. Precisamente por eso, Lucas describe tres pequeñas escenas para que las comunidades que lean su evangelio, tomen conciencia de que, a los ojos de Jesús, nada puede haber más urgente e inaplazable.
Jesús emplea imágenes duras y escandalosas. Se ve que quiere sacudir las conciencias. No busca más seguidores, sino seguidores más comprometidos, que le sigan sin reservas, renunciando a falsas seguridades y asumiendo las rupturas necesarias. Sus palabras plantean en el fondo una sola cuestión: ¿qué relación queremos establecer con él quienes nos decimos seguidores suyos?

Primera escena. Uno de los que le acompañan se siente tan atraído por Jesús que, antes de que lo llame, él mismo toma la iniciativa: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le hace tomar conciencia de lo que está diciendo: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros nido», pero él «no tiene dónde reclinar su cabeza».

Seguir a Jesús es toda una aventura. Él no ofrece a los suyos seguridad o bienestar. No ayuda a ganar dinero o adquirir poder. Seguir a Jesús es "vivir de camino", sin instalarnos en el bienestar y sin buscar un falso refugio en la religión. Una Iglesia menos poderosa y más vulnerable no es una desgracia. Es lo mejor que nos puede suceder para purificar nuestra fe y confiar más en Jesús.

Segunda escena. Otro está dispuesto a seguirle, pero le pide cumplir primero con la obligación sagrada de «enterrar a su padre». A ningún judío puede extrañar, pues se trata de una de las obligaciones religiosas más importantes. La respuesta de Jesús es desconcertante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos: tú vete a anunciar el reino de Dios».

Abrir caminos al reino de Dios trabajando por una vida más humana es siempre la tarea más urgente. Nada ha de retrasar nuestra decisión. Nadie nos ha de retener o frenar. Los "muertos", que no viven al servicio del reino de la vida, ya se dedicarán a otras obligaciones religiosas menos apremiantes que el reino de Dios y su justicia.

Tercera escena. A un tercero que quiere despedir a su familia antes de seguirlo, Jesús le dice: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios». No es posible seguir a Jesús mirando hacia atrás. No es posible abrir caminos al reino de Dios quedándonos en el pasado. Trabajar en el proyecto del Padre pide dedicación total, confianza en el futuro de Dios y audacia para caminar tras los pasos de Jesús.

José Antonio Pagola

27 de junio de 2010

13 Tiempo ordinario (C)

Lucas, 9, 51-62

sábado, 26 de junio de 2010

Religiosos

Hay quien piensa que nuestra presencia en el mundo es cada vez más irrelevante. No falta quien, incluso desde dentro de la misma Iglesia, desprecia la vida consagrada juzgando superficialmente que su tiempo pasó. Religiosos y religiosas seguimos, sin embargo, en el corazón de la Iglesia fieles a cuantos carismas el Espíritu ha suscitado en la comunidad cristiana al servicio de la humanidad. La mayor parte de las veces en el descampado de la historia, en el margen, allí donde nadie quiere estar y donde el mensaje liberador del Evangelio se hace más urgente.
Somos seguidores de Jesús hasta las últimas consecuencias. Identificados con el Maestro y enviados por él a sanar y liberar, a alentar la esperanza, a anunciar la buena noticia del amor de Dios. Hoy como ayer, la vida religiosa quiere ser fuego en las entrañas mismas de la Iglesia, en medio de una sociedad que busca un rescoldo donde abrigar el alma o un poco de luz para iluminar la noche.
Somos consagrados por Dios para proclamar el año de gracia del Señor con nuestra vida sencilla, entregada y silenciosa. Intentamos pasar por la vida haciendo el bien y siendo portavoces de una Palabra eterna que quiere seguir resonando en el corazón de las personas. Aunque a veces el tesoro esté contenido en frágiles vasijas de barro que en ocasiones se rompen y desparraman el mensaje.
Somos hombres y mujeres que sentimos con pasión el latido del Reino oculto en los avatares de la historia. En ella nos empeñamos, en nombre de Dios, en devolver la dignidad a los que les ha sido arrebatada; el futuro a los que se lo han robado; la esperanza a los que la han perdido. Siempre en la frontera, miles y miles de nuestros hermanos y hermanas ponen rostro al samaritano del evangelio, sin dar rodeos, curando con el aceite de la entrega gratuita, pagando con la vida cabalgadura y posada de los apaleados al borde del camino.
Contemplativos y en el corazón del mundo, los consagrados y consagradas amamos profundamente la Iglesia. En ella somos y vivimos nuestra alianza con el Señor. Desde ella y en comunión con el sucesor de Pedro intentamos ser buena tierra en la que la semilla del Reino fructifique y pueda llegar a ser pan blanco y tierno para todos los que tienen hambre de Dios. Fieles a la comunidad cristiana, fieles al Papa, fieles al Magisterio.
Hoy, como muchos cristianos en occidente, vivimos a la intemperie nuestra fe. Y hace frio. Algunos nos culpabilizan y nos auguran el final. Bien nos gustaría experimentar el calor de nuestros hermanos y el aliento fraterno que sostiene en los momentos de zozobra y confusión. Hemos de reconocer errores. Pero al mismo tiempo necesitamos toda la fuerza eclesial para afrontar las dificultades y poder seguir afrontando la renovación que muchos de nuestros institutos han acometido con ilusión y esperanza.
El Espíritu Santo sigue soplando con fuerza haciendo nuevas todas las cosas. También la vida religiosa. Confiamos en Dios que precede y acompaña. Y que seguirá suscitando en su Iglesia hombres y mujeres consagrados para ser signos elocuentes de su presencia y portadores de su amor en medio del mundo.
José Miguel Núñez







viernes, 11 de junio de 2010

“Tú rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26)


Transcurrían los primeros años de los 70, cuando comenzó esta búsqueda, esta historia de amor entre Dios y yo. Encontrarme con el dolor, como la enfermedad y la muerte, me hizo plantearme seriamente el porqué, para qué y para quién. La búsqueda me llevo al seminario de Jaén y el 23 de diciembre de 1979 fui ordenado sacerdote.

El verano anterior, en el viaje a Ecuador en el contacto con la pobreza me marcó, siempre quise ir a misiones pero el Señor no lo vio conveniente, así que El me fue educando en la renuncia, te gusta esto, pues va a ser aquello… mientras tanto yo devoraba todo lo de espiritualidad que caía en mis manos: San Juan de la Cruz, San Francisco de Asís, Teresa de Lisieux, Roger de Taizé, Carlos de Foucauld, Thomas Merton, etc. y cada día iba creciendo en mi la necesidad del silencio y la soledad para estar con El, la actividad pastoral me lo impedía tantas veces, y si yo fuera monje. Pero donde iba yo con tantos años y con la salud rota y la dureza de la vida monástica… Me conformaba con una semana o dos en un monasterio pero siempre mi corazón pedía más. ¿Dónde voy yo? … en el verano del 2005 me fui como otros años, a Sobrado, y ahí un Padre me desmontó todo el tinglado. Yo decía que no podía ser monje por todo lo expuesto: salud, edad, etc. Y el me fui diciendo porque yo sí podía serlo.

Le prometí discernir enserio y ponerme en contacto con Sta. Mª de las Escalonias. Así lo hice después de 4 años de lucha aquí estoy. Llevo 4 meses y estoy aprendiendo, empezando a caminar por la vida monástica.

Vivencia de los valores monásticos.

Observo gestos, actitudes y comportamientos, los procesos para imitarlos o evitarlos. El rezo, con que alegría voy bajo las escaleras a las 4 de la madrugada, para alabar, bendecir y pedir a Dios sintiéndome en armonía con la creación entera. Que cortas son las horas de la mañana, que transcurren entre el coro, la oración personal, la lectio divina, y la celebración eucarística, que me da fuerzas para entregarme en el trabajo donde descubro la grandeza de lo pequeño. Lo mas insignificante hecho por amor a Dios es inmenso. Al mediodía la voz de Dios (la campana) nos invita nuevamente a la alabanza. ¡Cómo corro a reunirme en el coro con los hermanos para estar con el amado!, la palabra va marcando mi día, la rumio, la medito e intento vivir desde el silencio (que siempre me sabe a poco) y la soledad acompañada que siempre necesito de más calidad.

Entre los trapos siempre esta el Señor… Doblar con amor la ropa de los enfermos se puede convertir en un acto de adoración a Dios presente en los que sufren, en los pequeños.

La Salve con la que terminamos el día, en el oficio de completas, me recuerda que la Madre, Sta. Mª de las Escalonias me lleva de su mano. Y cosa curiosa, cuando la miro mientras canto, la veo triste con el ceño fruncido, sonreír… ella ha sido mi expresión durante el día. Ruega por nosotros a Dios…

Pero no todo es color de rosa ¡Cuántas veces me pongo nervioso cuando se falta al silencio, cuando en el coro no estamos tan atentos, cuando exigimos y no hacemos!

Cuando confronto y veo que nuestra comunidad pecadora puede más y el ideal de monje esta a años luz de la realidad cotidiana. Con la ayuda de Dios y de esta comunidad que el Señor me ha regalado, de la mano de María, espero llegar dónde y cómo Dios lo quiera.

Juan, postulante (58 años de edad)

Fuente: http://www.monasterioescalonias.org

La Mano de Dios.

miércoles, 9 de junio de 2010

Se me escapa de las manos

Quizá sea la falta de costumbre, pero lo cierto es que me cuesta hablar de mi interioridad y de mi propia historia. Siempre resulta más fácil hablar de lo que uno hace que de lo que uno vive. O hablar de los demás. Siento cierto rubor cuando me piden hablar de mi vocación, de mi vida, de mis intimidades… Mi vida no me parece tan presentable. ¡Hay tantas cosas de las que no enorgullecerme! Además, soy bastante torpe a la hora de expresar mis sentimientos, y considero que no hay mucha “experiencia” que contar: acabo de cumplir diez años desde que fui ordenado sacerdote de manos de un obispo extraordinario: Mons. Uriarte. Mi ministerio ha transcurrido, en su mayoría, centrado en un intenso trabajo en el mundo de la edición (el mundo de los publicanos, que dice un hermano y amigo).

No suelo predicar todos los días. Fuera de los domingos y tiempos fuertes, o días especiales, durante la misa, suelo pasar de la lectura del Evangelio a las preces después de un reverente pero breve silencio. Hoy era Domingo y en la homilía, he sentido una vez más que la voz se me quebraba al hablar de Dios. Es algo que me sucede más a menudo de lo que me gustaría. Es una sensación curiosa. La fe sigue tocando fuertemente mis fibras más profundas y siento que Dios está muy vivo dentro de mí. Esa congoja y emoción se me hace difícil de controlar y me pone en cierto apuro, pues no me gusta sentirme débil en público. No son pocas las veces en que me descubro también así, emocionado y con las lágrimas a flor de piel, en la oración.

No sé muy bien cómo poner palabras a todo esto. Me resulta hasta “ñoño” hablar así, pero lo cierto es que, en muchos momentos, me descubro envuelto en un inmenso misterio de amor inmerecido. Y pienso: Señor, ¡cuánta gente no lo sabe! ¡cuánta gente no ha tenido la suerte de descubrirte y conocer que les has amado desde el principio del universo! Me encantaría poder gritar como el profeta: “¡Oid, sedientos todos! ¡Venid por agua! ¡Comed sin pagar vino y leche de balde!”.

¿Cómo hablar de esto sin que suene “ñoño“, aterciopelado o, lo que sería aún peor, falto de autenticidad? ¿Cómo gritar al mundo este amor infinito que el Señor nos tiene, que hasta al más débil hace poderoso y capaz de lo imposible? Envuelto en este Misterio que se me escapa de las manos me siento pequeño, pecador, necesitado... ¡Me siento tan limitado para llevar esta misión adelante! ¿Cómo ser testigo de ese fuego abrasador, siendo tan pequeño, tan débil…?

Creo que esta es la condición humana de todos y cada uno de los seres humanos. Grandes y maravillosos a los ojos de Dios, pero pequeños, muy pequeños, débiles, muy débiles… aunque seamos de Bilbao. Por esa razón me rebelo ante los que creen que ser sacerdotes les ha añadido un plus a su humanidad, cuando lo único que tal vez les ha dado es un plus a su cultura… o ante los que hacen del ministerio ordenado una casta, un lugar de poder y dominio, una carrera ascendente, un ministerio de predicación de verdades y dogmas seguros que lanzan contra el mundo desde no sé qué roca firme... Me rebelo contra esos curas que creen tener siempre respuesta para todo, incluso respuestas eruditas, apoyadas en la más sana tradición de la Iglesia o incluso en el catecismo, pero que, en el fondo, quizá nunca se enteraron de que la misericordia y la compasión son el único Evangelio predicable.

Cuanto más me veo envuelto en este Misterio de amor inmerecido, menos “seguridades” tiene mi fe, pero, a su vez, más fuerte experimento una suave y tenue certeza: Dios es amor fiel y así hemos de ser los sacerdotes para los demás. Al consagrar y elevar la hostia y el cáliz hoy en el altar me he descubierto, una vez más, envuelto en la verdad más grande del universo: el amor es la única fuerza capaz de transformar el mundo. Me gustaría que así fuera siempre en mí y al Señor le pido que algún día sea capaz de transmitírselo siquiera a alguien.

Fernando Prado, cmf.

viernes, 4 de junio de 2010

La revolución de la fe silenciosa


Llegaba con los oídos aturdidos por el vaivén del escándalo, la vergüenza y la desgracia de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Llegaba necesitado de paz, tras los golpes producidos en mi mente por ciertos e individuales malos testimonios de representantes de la Iglesia: palabras huecas, falsedad en la acción e hipocresía en el resultado. Llegaba herido por mi propia herida en la fe. Por la cruz con la que cargo en los últimos meses, la que me aleja pese a querer estar dentro y no actuar para evitarlo.
Hoy, las incomprensiones, las dudas, las brechas... continúan. Pero desde el sábado han recibido la caricia de una venda que sana. A la larga, pero me sanará. El mismo día en que se hacía pública la histórica Carta del Papa a los católicos de Irlanda, con su valiente hoja de ruta sobre la actuación eclesial contra los abusos –tolerancia cero–, llegaba con algunos amigos de mi parroquia de San Juan Bautista (Arganda del Rey) al convento de las monjas agustinas en Becerril de Campos (Palencia). Fueron poco más de 24 horas. Pero fueron revolución de la fe silenciosa.

¡Qué grande es rezar, al son de las cítaras de los Salmos, con la profundidad y la entrega de una veintena de monjas coherentes! Coherentes, se sabe, porque basta con mirarlas a la cara. En su gran mayoría jóvenes, el rostro siempre alegre, desbordante de felicidad. Desgastadas por el empleo al máximo de sus virtudes: monjas filósofas, monjas artistas, monjas dinámicas, fuertes, humildes, sencillas. Catequistas de los niños del pueblo, ensambladas en la necesaria misión ecuménica, buscadoras de los alejados e increyentes. Salen a su encuentro. No esperan: acuden. Van al Camino de Santiago. Estudian el idioma de los peregrinos que no son sino turistas y les hablan de Dios. Así de fácil, con una sonrisa.

Vivimos en la época de las crisis. También de las vocaciones. Son muchos los que afirman que Dios ya no importa a la gente, que la Iglesia está muerta. Basta con ir más allá de incomprensiones, dudas y brechas que son reales, sí, pero que también cuentan con un reverso. Basta con conocer el hecho también indudable de que la Iglesia de Jesús de Nazaret sigue latiendo porque transmite una verdad histórica: Dios es Amor, el Hombre aspira a ser también Amor. Las monjas de Becerril de Campos no me han recordado lo que nunca he olvidado. Pero sí me han refrescado el sentimiento. Me han puesto la venda al desasosiego en el que a veces me encuentro. Llegué con las pulsaciones bajas. Hoy lato más fuerte.

Recomiendo a todos, creyentes y alejados, someterse a la cura de la revolución silenciosa. Es una caricia. Y te depura la fe. Esa fe que a algunos nos conlleva una vida entera de subidas y bajadas de ascensor, de alegrías y tristezas, de certezas y dudas. Siempre en el camino, pero orbitando en las curvas. Esa fe que para otros (y otras) es tan cristalina y carece de mácula porque desprende pureza y autenticidad por los cuatro costados. ¡Ojalá recen mucho por los que derrapamos en las curvas!

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

miércoles, 2 de junio de 2010

Reflexión vocacional del Corpus Christi

La celebración de la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo es una ocasión para valorar la centralidad del misterio de la Eucaristía en todo aquel que vive una experiencia vocacional. En este sentido, gracias al testimonio personal de San Pablo, podemos descubrir algunos elementos teológicos de la Eucaristía que tienen que hacerse vida en nuestra experiencia personal para evitar que se queden en mera teoría.
Efectivamente, el texto de la carta a los Corintios es el más antiguo de los que hacen referencia a la última cena. Leyéndolo descubrimos en primer lugar la dimensión cristológica de la Eucaristía, es decir, la presencia real de Jesús en el pan y el vino. Cuando Jesús dice “esto es mi cuerpo” todo cambia. Y cuando el sacerdote pronuncia en su nombre sus mismas palabras, el milagro se realiza. Por eso la Iglesia ha desarrollado también la adoración eucarística fuera de la misma celebración de la misa. Viene bien recordar al cura de Ars que decía “El está ahí y te espera”. ¿Qué significa esto para mí? ¿Lo creo verdaderamente? ¿Dedico tiempo a visitar y adorar a este Jesús sacramentado que me espera?

Jesús nos dice por dos veces “haced esto en memoria mía”, es decir, nos invita a no olvidarnos de su gesto de entrega total. En esta dimensión pascual actualizamos el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. No se trata de recordarlo como se vuelve a ver una película o releer un libro, sino de revivir y personalizar la entrega de Jesús, que también es por mí y por mi salvación, por mi comunidad y por la salvación del mundo. Por eso en la celebración de la misa uno no puede ser un espectador sino alguien que se implica directamente.

San Pablo nos dice también que cada vez que celebramos la Eucaristía proclamamos “la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Es la dimensión escatológica que nos recuerda que estamos de paso en este mundo y que peregrinamos hacia la una vida en plenitud. Esta confesión de fe la repetimos todos los días después de la consagración. ¿Pero deseamos verdaderamente que el Señor vuelva?

Otra dimensión importante de la Eucaristía es la eclesial. El contexto de la segunda lectura es el de una comunidad, la de Corinto, en la que se viola la verdadera fraternidad cristiana. San Pablo denuncia los abusos que se producen en su interior. Y para justificar su llamada a la fraternidad recuerda el gesto de Jesús en la última cena. Así su entrega total se convierte en el comienzo de una nueva historia, una nueva alianza, una nueva manera de vivir en fraternidad, en el que todos están llamados a entregarse, a darse, a ponerse al servicio del resto.

Esta idea de fraternidad la vemos reflejada también en el evangelio. Sobra decir las referencias eucarísticas que tiene este texto de la multiplicación de los panes, por lo que todo lo que podamos descubrir es aplicable también a la Eucaristía. Vemos primero que donde había necesidad se realiza un banquete, símbolo del banquete del Reino y actualización de aquel que inauguraba los tiempos mesiánicos. Es un banquete en el que comen todos y se sacian, e incluso sobra. Los doce cestos restantes nos muestran que todo el pueblo de Israel y el nuevo pueblo serán saciados por Jesús.

Efectivamente el evangelio gira en torno a Jesús y en cierto modo es una manifestación de su identidad. Siendo el milagro que culmina su ministerio en Galilea, Jesús se presenta como aquel que trae la salvación definitiva a los hombres de todos los tiempos. Su ministerio es paradigmático: habla del Reino de Dios, cura y da de comer a los que le siguen incluso hasta el desierto y la soledad sin tener nada, ni siquiera lo básico para comer. El centro de todo pertenece a Jesús.

Entonces, ¿cuál es el papel de los apóstoles? Ellos se sienten incapaces de responder a la invitación de Jesús “dadles vosotros de comer”. Para ellos la solución no puede ser otra que ir al pueblo y comprar. No saben salir del atolladero. Pero cuando reciben el pan bendecido y partido por Jesús, cuando acogen el pan que viene de él, entonces pueden alimentar a la gente. Esta es su misión, ser servidores de la mesa para que todos puedan comer.

Revisemos hoy qué es lo que falta a nuestras celebraciones para que podemos actualizar la experiencia del evangelio de hoy, es decir, que reconozcamos a Jesús como el que nos alimenta, que verdaderamente sea un banquete en el que todos se sacien y finalmente, que nos haga más fraternos y solidarios con los desfavorecidos del mundo. Al menos, hagamos hoy que nuestra celebración sea más fraternal y más auténtica.

Carlos Comendador Arquero (Hermandad de Sacerdotes Operarios- África)

Benedicto XVI: La vocación al amor, clave de la existencia


Mensaje a los participantes en el X Foro Internacional de los Jóvenes (marzo 2010)

“Aprender a amar”: este tema es central en la fe y en la vida cristiana y me alegro de que tengáis ocasión de profundizarlo juntos. Como sabéis, el punto de partida de toda reflexión sobre el amor es el misterio mismo de Dios, ya que el corazón de la revelación cristiana es éste: Deus caritas est. Cristo, en su Pasión, en Su donación total, nos ha revelado el rostro de Dios que es Amor.

La contemplación del misterio de la Trinidad nos hace entrar en este misterio de Amor eterno, que es fundamental para nosotros. Las primeras páginas de la Biblia afirman, de hecho, que “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó: macho y hembra los creó” (Gn 1,27). Por el hecho mismo de que Dios es amor y el hombre es a su imagen y semejanza, comprendemos la identidad profunda de la persona, su vocación al amor. El hombre está hecho para amar; su vida se realiza plenamente sólo si se vive en el amor. Tras haber buscado durante mucho tiempo, santa Teresita del Niño Jesús comprendió así el sentido de su existencia: “¡Mi vocación es el Amor!” (Manuscrito B, folio 3).

Exhorto a los jóvenes presentes en este Forum, para que busquen con todo el corazón descubrir su vocación al amor, como personas y como bautizados. Esta es la clave de toda la existencia. Podrán así invertir todas sus energías en acercarse a la meta día tras día, sostenidos por la Palabra de Dios y por los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía.

La vocación al amor toma formas diferentes según los estados de vida. En este Año Sacerdotal quiero recordar las palabras del Santo Cura de Ars: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. En el seguimiento de Jesús, muchos sacerdotes han dado la vida, para que los fieles puedan vivir del amor de Cristo. Llamados por Dios para entregarse enteramente a Él, con corazón íntegro, las personas consagradas en el celibato son también un signo elocuente del amor de Dios para el mundo y de la vocación a amar a Dios por encima de todo.

Quisiera además exhortar a los jóvenes delegados a descubrir la grandeza y la belleza del Matrimonio: la relación entre el hombre y la mujer refleja el amor divino de manera completamente especial; por ello el vínculo conyugal asume una dignidad inmensa. Mediante el Sacramento del Matrimonio, los esposos están unidos por Dios y con su relación manifiestan el amor de Cristo, que ha dado su vida por la salvación del mundo. En un contexto cultural en el que muchas personas consideran el Matrimonio como un contrato temporal que se puede romper, es de vital importancia comprender que el verdadero amor es fiel, don de sí definitivo. Dado que Cristo consagra el amor de los esposos cristianos y se compromete con ellos, esta fidelidad no sólo es posible, sino que es el camino para entrar en una caridad cada vez más grande. Así, en la vida cotidiana de pareja y de familia, los esposos aprenden a amar como Cristo ama. Para corresponder a esta vocación es necesario un serio recorrido educativo y también este Forum se pone en esta perspectiva.

Estos días de formación mediante el encuentro, la escucha de las ponencias y la oración común, deben ser también un estímulo para todos los jóvenes delegados para ser testigos ante sus coetáneos de lo que han vivido y escuchado. Se trata de una verdadera y auténtica responsabilidad, para la que la Iglesia cuenta con ellos. Éstos tienen un papel importante que desempeñar en la evangelización de los jóvenes en sus países, para que respondan con alegría y fidelidad al mandamiento de cristo: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12).

Invitando a los jóvenes a perseverar en el camino de la caridad en el seguimiento de Cristo, les doy cita para el domingo próximo, en la Plaza de San Pedro, donde se llevará a cabo la solemne celebración del Domingo de Ramos y de la XXV Jornada Mundial de la Juventud.

Este año el tema de reflexión es: "Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?" (Mc 10,17). A esta pregunta, planteada por un joven rico, Jesús responde con una mirada de amor y una invitación a la entrega total de sí, por amor de Dios. ¡Que este encuentro pueda contribuir a la respuesta generosa de cada delegado a la llamada y a los dones del Señor!

Con este fin aseguro mi oración por toda la juventud y de corazón le envío a Usted, Venerado Hermano, y a cuantos participan en el Forum internacional, una especial Bendición Apostólica.

En el Vaticano, a 20 de marzo de 2010

BENEDICTUS PP. XVI