
viernes, 27 de marzo de 2009
Construir la vida sobre Cristo

jueves, 26 de marzo de 2009
¿Cómo saber qué me pide Dios?
Pero la única manera de salir de la duda, será seguir el consejo de Cristo: Venid y veréis... No es al revés, como nos gustaría muchas veces, primero veo claro y luego me lanzó... Cristo quiere que arriesguemos. No tengas miedo: Él no defrauda. Si lo tuyo no es la vocación de mayor entrega, Él te lo hará saber. No pierdes nada preguntando y poniendo los medios para escuchar a Dios
miércoles, 25 de marzo de 2009

jueves, 19 de marzo de 2009
San José, un "sí" generoso a la llamada de Dios

Las lecturas de la Palabra de Dios que se proclaman en la liturgia hoy, le sitúan en la estela de los grandes testigos de la fe del pueblo de Israel: Abraham y David. Ambos reciben de Dios una misión que desborda sus planes, que supera sus pobres fuerzas y capacidades, ser el padre de muchas naciones, Abraham, y ser el rey que reúna y gobierne a Israel, en el caso de David.
A pesar de sus limitaciones, la juventud e inmadurez del rey David, la ancianidad estéril del patriarca Abraham, se confían generosamente a la voluntad de Dios y, así, Este puede valerse de ellos para realizar su plan de salvación.
Lo mismo le ocurre a José; el humilde artesano de Nazaret, hombre piadoso y recto que soñaba, como todo varón israelita, con fundar un hogar sencillo junto a María, su prometida, con la paz y prosperidad material para sus vástagos que todo buen padre desea.
Pero Dios irrumpe en su vida para trastocar aquellos planes, buenos en si, aunque insuficientes, con una misión desconcertante: ha de tomar como su propio hijo a aquel que ha de ser el Salvador de los hombres, el esperado, el Ungido. Demasiada responsabilidad para un carpintero sencillo y temeroso de Dios. Demasiada para cualquiera. José se debate, lucha contra la angustia y el miedo y, al fin, cuando comprende que es la voluntad de Dios, en obediencia plena da un “sí” sin condiciones desde lo más hondo de su corazón.
De esta manera, Dios puede entrar en la historia para redimirla por medio de su mismo Hijo, el Verbo encarnado, que va a ser custodiado y educado en aquel bendito hogar como cualquier otro niño israelita.
Una vez más, como ocurrió entonces, como ocurre ahora, como sucederá siempre, Dios realiza su proyecto por medio de la fragilidad de pequeños hombres que confían y se deciden, arriesgando su existencia entera.
Por esto veneramos a San José como modelo de respuesta a la vocación, como patrón, custodio y guía de nuestros queridos seminarios. De él “aprendió” nada menos que el Hijo de Dios la confianza total que le lleva, guiado por la llamada del Padre que le ama, a dedicar su ser entero a la obra del Reino de Dios. ¿Por qué no podemos imaginar que alguna vez José le confiaría a Jesús la historia de su vocación, cómo escuchó la llamada de Dios, su miedo ante la responsabilidad, su confianza y decisión?
Hoy el Señor sigue llamando, invitando, la mies sigue siendo mucha –más que nunca- y los obreros pocos. San José, custodio del Redentor, intercede por los niños y jóvenes que quizá sientan, de modo aún débil, la invitación del Maestro a caminar tras sus huellas, para que, como tú, pongan su vida generosamente a disposición del plan divino, aunque sea superior a aquello que imaginaron.
Sostén, hombre justo y piadoso, hombre de Dios, a los jóvenes de nuestros seminarios diocesanos, para que la alegría con la que hoy viven su vocación sacerdotal aumente y se consolide, aún en medio de las adversidades.
Alienta a las familias, a los padres y madres cristianos, para que construyan su convivencia cotidiana desde el amor y la fe que se vivían en la Sagrada Familia de Nazaret, a fin de que, poniendo a Cristo, la Eucaristía, en su centro, lleguen a ser semillero de generosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, tan necesarias para nuestra Iglesia y nuestra sociedad.
“Considerando que la Eucaristía es el don más grande que el Señor da a la Iglesia, es preciso pedir sacerdotes, puesto que el sacerdocio es un don para la Iglesia. Se debe rezar con insistencia para conseguir ese regalo. Debe pedirse de rodillas” (Juan Pablo II).
Continuad haciéndolo. Que así sea.
martes, 17 de marzo de 2009
"La vida contemplativa en el corazón de la Iglesia"

Para dar a conocer más acerca de la vida contemplativa comparto con ustedes parte de la entrevista que realizó una revista a una Carmelita Descalza, ella la compartió conmigo, me parece muy interesante:
Maria Elena de la Cruz
Priora de las Carmelitas Descalzas de León
¿Cuál es la identidad de la vida contemplativa?
Yo pienso que el sentido mas hondo hay que verlo desde el corazón y desde la fe porque humanamente esto no tiene sentido, incluso diría que para nosotras tampoco lo tendría si no hubiera un misterio que nos ha tocado. El sentido más grande es un Amor, que ha salido a nuestro encuentro. Es un sentido de mucha gratuidad y es un don para Dios pero a la vez es como un signo profético. Dios merece ser amado y de esa relación con Dios viene el darse a los demás. Unas vidas dedicadas solo a Dios son testimonios del mundo. Todo se basa en una experiencia de Dios, si no hubiese una experiencia, humanamente… nosotras somos personas como los demás.
¿Por eso hay quien crea que ustedes viven ajenas al mundo?
Hay un ejemplo muy grafico: las raíces de los árboles. Hay una raíz, oculta, que da vida. Hay una misión oculta en la iglesia y que da sentido porque nosotras no somos miembros aislados. El misterio es que no es eficaz todo lo que se ve o todo lo que se hace. Una vida entregada en lo oculto también tiene un sentido. Además nosotras somos conscientes de que no vivimos para nosotras. De hecho, la patrona de las misiones es una mujer en clausura: Santa Teresa del Niño Jesús. Nosotras tenemos una experiencia de vivir los problemas del mundo, de vivir las preocupaciones de la humanidad de una forma, más honda y más real que incluso cuando estábamos fuera. Estamos más informadas, en sentido profundo, del dolor del mundo. Y en este momento la vida contemplativa tiene un papel muy importante: entender que una vida en actitud hacia lo absoluto… produce una felicidad muy grande porque la vida tiene un sentido. Es una relación de Amor.
¿Cuál es el presente y el futuro de la vida contemplativa?
Esperanza porque esto es una obra de Dios y en la Iglesia no puede faltar porque es una misión que expresa lo que es la Iglesia. Nosotras participamos del Misterio de la Iglesia. Es verdad que en España y en Europa hay mas carencia de vocaciones sin embargo no tenemos por qué temer porque la Iglesia es Universal. La vida contemplativa se mantendrá porque es un don del Espíritu.
¿Cuál es el carisma de las Carmelitas Descalzas?
Concretamente la oración. Cuando Santa Teresa hizo esta reforma del Carmelo, creó un grupo pequeño -12 y con la priora, 13- al que ella llamaba pequeño colegio de Cristo, para que todas en oración, por a Iglesia, entregáramos nuestra vida desde unos votos. Y ahí dice: escondidas, ocultas, luchar, entregarnos por la Iglesia, por todos. La Carmelita tiene un matiz eremítico, desde el principio, pero también Santa Teresa quiso incluir la vida comunitaria, por eso tenemos dos horas de oración comunitariamente, por la mañana y por la noche. Es una vida orante en silencio.
¿Y el silencio es un lenguaje?
Yo pienso que sí porque es una plenitud. Es algo muy positivo porque la persona es capaz de reflexionar y de encontrarse consigo misma. El silencio es una terapia muy buena y necesaria para el mundo de hoy. Y además, el silencio nos hace muy felices.
+Iglesia Leon (España)
jueves, 12 de marzo de 2009
Sólo quien responde es feliz

martes, 10 de marzo de 2009
Y sacerdote, ¿por qué no?

Los niños italianos acudían a la redacción del periódico para elegir uno de los setenta y ocho oficios que ofrecían. Se vestían con el traje y se hacían una fotografía. El periódico fue seleccionando y publicando las mejores imágenes.
Cuentan que hubo un niño que miró la lista una y otra vez, como si buscase algo que no encontrara… Al no hallar lo que buscaba, le dijo a su padre:
–Papá, y sacerdote ¿no puedo ser?
Su padre se quedó helado. Repasó la lista y efectivamente no habían contemplado que alguien pudiera soñar con ser sacerdote de mayor.
Tal vez para algunos, en el mundo que anhelan, sólo tengan cabida buzos, astronautas, bomberos, toreros, deportistas… y no sacerdotes.
Desconozco si fue un olvido fortuito o un presagio del equipo de dirección. Lo cierto es que hace unos días compré un libro titulado «Elige lo que quieres ser. Guía completa de carreras universitarias y formación profesional». Y por lo que he podido hojear, en el mundo con el que sueñan algunos, sólo tienen cabida economistas, cien¬tíficos, médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, empresarios, políticos, perio¬distas, deportistas, cantantes...
Ciertamente son pocos los que llegan a descubrir que la verdadera necesidad de nuestra humanidad hoy es la de ser «panaderos», «panaderos de Dios», es decir, sacerdotes. En el mundo sigue habiendo hambre. Muchos, sobre todo ahora, tienen por desgracia también hambre de pan. Otros, tienen hambre de justicia, de ternura, de amor. Al parecer, «el pan con código de barras» que la sociedad de consumo ofrece no termina de saciarles plenamente. Todos, aunque a veces lo ignoren o incluso lo nieguen, sienten profundamente «hambre de Dios». Necesitan sentirse queridos, respetados, valorados, llenar sus vidas de sentido, de plenitud, de auten¬ticidad, de libertad, de felicidad, de eternidad… Dones y gracias que sólo el Señor puede rega¬larnos ofreciéndose Él mismo como «pan eucarístico» que es compartido y repartido por quienes han sido llamados (vocación) a ser, por pura gracia, sus «panaderos» (sacerdotes).
¡Qué suerte poder contar en cada comunidad, en cada pueblo o país, con un puñado de «panaderos» que repartan a manos llenas el «pan de la Palabra», el «pan de la Eucaristía», el «pan de la Misericordia (reconciliación)», el «pan de la Fraternidad (comunión)», el «pan de la Solidaridad»...!
No sé si aquellos redactores de Il Tempo practicaban como católicos, pero podría asegurar que, casi todos ellos un día entraron a formar parte de la gran familia cristiana con el agua que un sacerdote derramó en sus frentes recién nacidas; que temblaron sus piernas cuando un sacerdote les dio el Cuerpo de Cristo (la comunión); que todos ellos habrán tenido un amigo sacerdote que alguna vez les haya escuchado, orientado y animado a cambiar de actitud o de vida (conversión) y a descubrir el verdadero rostro de Dios, Padre entrañable que perdona y devuelve a cada uno su dignidad como hijo… E imagino que algún día desearán tener un sacerdote al lado, cuando el Padre les mire, y les pregunte: «Y tú, ¿qué has hecho de tu vida?». Sería muy triste que en ese momento únicamente se vieran rodeados de buzos, astronautas, bomberos, toreros…
Los sacerdotes ―aun reconociendo sus límites y fragilidades― son una bendición para todos, un «bien ecológico» para la humanidad y no un objeto arqueológico como a muchos les gustaría. Ser sacerdote hoy es una de las formas más sublimes de hacer visible el Reino de Dios; una de las formas más hermosas de encarnar los ideales de cualquier joven; una de las formas posibles de hacer la voluntad de Dios y sentirse plenamente realizado; una de las formas reales de ser feliz; una de las formas, aunque parezca paradójico, de ser totalmente libre; una de las formas más auténticas para ser realmente fecundo en la vida… Pero sigue siendo un bien escaso; un ministerio con plazas disponibles.
¿Has pensado alguna vez que Dios ha podido adornarte con esta gracia tan extraordinaria? ¿No sientes curiosidad por saberlo?
Si así fuera, ¡no tengas miedo! Te basta su GRACIA.
Ángel Javier Pérez Pueyo
Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades
Conferencia Episcopal Española
sábado, 7 de marzo de 2009
¿ A QUÉ EDAD LLAMA DIOS?
Necesitamos sacerdotes

Hay no pocos jóvenes que están llenos de prejuicios, de recelos y hasta con antipatía por todo lo que se relaciona con la Iglesia. También a San Pablo le llegó el momento en el que se le abrieron los ojos. Y lo vio de una manera más real y distinta.
Importancia de la Palabra
Suelen quejarse, especialmente los jóvenes, de no tener las cosas claras, muchas ambigüedades, interrogantes, conductas difíciles de comprender... Sin duda, habrá que buscar la orientación y la luz, pero en la fuente auténtica del conocimiento que es la Palabra de Dios. Acercarse a ella, reflexionar, hacerla propia y tenerla como norma de vida. Entonces cambia todo. Ya se sabe qué camino hay que tomar, qué deseos y aspiraciones son los que se quieren alcanzar, qué ayuda es la que se nos debe prestar.
Cristo es quien llama. No podía ser de otra manera: Él ha fundado la Iglesia y necesita servidores para que pueda llevar a cabo su obra evangelizadora. Es decir, anunciar el Evangelio y servir a todos en la caridad, particularmente a los enfermos y a los pobres. Las formas de hacerlo serán distintas, pues si son muchas las necesidades, variados han de ser los ministerios.
Cuando a un joven le propone su misma conciencia, ayudada por algunas personas - sacerdote cercano, catequista, amigo - la posibilidad de iniciar el camino de la preparación para ser sacerdote, para hacerse "seminarista", surge más la perplejidad que el rechazo: ¿Por qué a mí? ¡Porque Cristo te necesita! Si no te quisiera como servidor de su Iglesia, no habría puesto ni ese deseo en tu corazón, ni a esa persona en tu camino.
Puede costar, y mucho, tomar una decisión tan importante. No estás solo. Dios te acompaña. A tu debilidad, Él pone su bondad y su fuerza.
El seminarista lleva una vida entregada, por completo, a prepararse para realizar la vocación sacerdotal a la que ha sido llamado. Lo cual, ya desde un punto de vista meramente humano, es algo importante y que produce una felicidad serena y alegre: ¡Sé lo que quiero y estoy trabajando por conseguirlo! Dios y las personas que están cerca te ayudarán para alcanzar la meta, que no solamente es la de ser sacerdote, sino la de servir, como Cristo, a la Iglesia y a la sociedad.
Como es fácil de comprender, una vida llevada de esta manera conduce a una felicidad peculiar: la de la santidad. Es decir: estar siempre pendiente de la voluntad y el querer de Dios. Se terminaron las dudas, las ambigüedades y el desconcierto. Ya se lo que deseo: lo que Dios quiera de mí.
El Seminario
El Seminario es, ante todo, casa de oración, donde se busca, en la Palabra de Dios, la luz y la fortaleza que necesitan los que han sido elegidos y llamados para ser sacerdotes. El estudio es fundamental para conocer la "ciencia de Dios" y poder transmitírsela a los demás. Pero también, el Seminario es una escuela donde se aprende, en la convivencia de cada día, el mandamiento nuevo del amor fraterno, del servicio a los demás, de la caridad sin límites ni fronteras.
Que necesitamos la colaboración de y la ayuda de todos, es más que evidente. El reconocimiento y apoyo a los formadores, acompañar y animar a los seminaristas... Y la ayuda económica, imprescindible para que se pueda llevar adelante una obra tan necesaria como es la del Seminario.
Ante todo, lo que os pedimos es que no dejéis un solo día de dar gracias a Dios por los sacerdotes, y por los que se preparan para serlo. Que pidáis abundancia de vocaciones y que el Señor abra los oídos para escuchar la voz de la conciencia que llama a una vocación sacerdotal. Para los seminaristas, el regalo de la perseverancia y de la santidad.
Que la Santa Virgen María cuide siempre de los que su Hijo ha llamado para servirnos a todos.
Carlos, Cardenal Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla
miércoles, 4 de marzo de 2009
Blog sobre la vocación contemplativa
La dirección del blog es:
http://www.vocacioncontemplativaleon.blogspot.com/
Merece la pena que lo visitéis.
domingo, 1 de marzo de 2009
Entre el riesgo y la confianza (mi respuesta)

Querida Mayte:
Tienes razón en que a veces el Señor nos depara sorpresas grandes. Ibas a pasar unos días de descanso y relax y, casi sin buscarlo, te encuentras haciendo una experiencia seria e intensa de discernimiento vocacional en la vida contemplativa.
Creo que esa inquietud llevaba ya rondándote un tiempo, ¿me equivoco?, pero quizá la habías desechado por irreal. Ahora, por vez primera, pudiste experimentarla, tocar, sentir, vivirla como algo real, como un camino posible.
Te lo dije: me asombró ver, durante esos días, la paz y alegría con la que estabas en la comunidad; parecía como si todo lo que vivías encajara contigo. Estabas con una paz que no tenías cuando comenzaste y, personalmente, no creo que fuera sólo fruto de los horarios y el descanso. ¿Fue quizá poco tiempo para saberlo realmente? No lo sé, puede ser... Lo que sí te puedo decir, por experiencia propia, es que Dios se sirve, frecuentemente, de signos sencillos, señales que apenas son un susurro... hay que estar muy despiertos para escuchar.
Hasta tres veces dices, en tu carta, que estás abierta y disponible a acoger la voluntad de Dios sobre tu vida: "Me ofrezco a su voluntad... Dios tiene la última palabra... sigo abierta a las distintas posibilidades de seguir al Amigo". Tiene mucho mérito pronunciar convencida esa palabras, porque Dios, frecuentemente, trastoca nuestros planes, recordándonos que le prometimos escucharle; "Habla, Señor, que tu siervo escucha" dijo el joven Samuel en el templo.
En cambio, hay quien pone enseguida trabas a Dios: "Yo, cura o religios@ jamás, que me pida cualquier otra cosa menos eso..." Esa cerrazón frustra el proyecto de Dios en nosotros; precisamente la vocación es la llamada que Dios nos dirige a la realización, a la plenitud. Acoger la vocación, visto así, es tanto como buscar la felicidad. Y, ¿quién no quiere ser feliz? Sé que tu anhelas una vida más plena, más entregada, de mayor paz interior...
Una última cosa, que no quiero extenderme más. Me gustaría que mis palabras no te sonaran a hueco, a tópico porque, créeme, no lo son. Te hablo con sinceridad, a la vez que con humildad: la vocación es, al final, cuestión de confianza, de arriesgar.
Sí, te fías de las señales que Dios te va dando, del pálpito que sientes en tu corazón (o intuición) y de lo que te dicen quienes te conocen, te quieren y te acompañan... confías y te lanzas. Raramente hay certezas, esas irán surgiendo al hacer el camino.
Pienso que esta imagen te resulta muy familiar, por eso la empleo: cuando el piloto del avión, en plena noche, intenta aterrizar en la pista, sólo ve en el suelo unas pequeñas luces. Recibe ordenes por la radio, desde la torre de control, que le indican el rumbo que debe tomar.
Confía en esa voz que le guía y confía en que, junto a esas luces diminutas, está la pista despejada que le espera. Aunque aún no la ve absolutamente, se fía y maniobra para descender.
Si quisiera tener todas las certezas consigo, posiblemente se pasaría la noche dando vueltas hasta que amaneciera. El combustible se agotaría antes y el vuelo terminaría trágicamente.
Algo así... la llamada de Dios, la vocación, es un poco como aterrizar una avión en plena noche... cuestión de confianza.
Te deseo lo mejor, ya sabes que te encomiendo al Señor para que Él te ilumine. Y tienes toda la razón: "Dios tiene la última palabra"
Un abrazo.