viernes, 1 de febrero de 2013

Testimonio: Consagración para la Misión

NUEVA FORMA DE CONSAGRACIÓN

Creo en la presencia de Cristo resucitado en el mundo El lema de la Jornada de Vida Consagrada de este año me ha evocado el deseo con el que el papa Benedicto XVI ha convocado el Año de la fe: que cada cristiano pueda "redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo".

Ahora bien, ¿ecómo descubrir el camino de la alegría entre las sendas del dolor cotidiano? En su catequesis del 28 de noviembre de 2012 el Papa nos decía: "Para hablar de Dios, tenemos que hacerle espacio, en la esperanza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejarle espacio sin miedo, con sencillez y alegría [...]; la comunicación de la fe siempre debe tener un tono de alegría. Es la alegría pascual, que no calla u oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, de la fatiga, de los problemas, de la incomprensión y de la muerte misma, pero puede ofrecer criterios para la interpretación de todo, desde la perspectiva de la esperanza cristiana. La vida buena del Evangelio es esta nueva mirada, esta capacidad de ver con los mismos ojos de Dios cada situación".

Esta es la clave. Por eso, lo que brota desde mi corazón en este instante, lo que puedo compartir como sencillo testimonio, es la impresión de una respuesta insistente, contundente, nítida, de las Personas divinas a cualquier pequeño, insignificante acto de atención al Evangelio, al espíritu evangélico, al estilo de vida de Jesús.

Esa respuesta es un consuelo, pero no cualquier consuelo. Es un dedo invisible que señala al prójimo, a mi prójimo, para decirme: Dale tú de comer. Este consuelo no precisa de explicaciones o de otros signos; se trata de un gesto de amor de nuestro Padre celestial, confiándome lo más querido por Él, lo mismo que confió a nuestro Hermano Primogénito. Nada menos; ¿cómo no sentirse perdonado? ¿Cómo no reconocer que me llama hijo?

Poner en mis manos de pecador el alma de una, dos o mil personas que esperan un gesto mío que hable del cielo; encargarme lo mismo que encomendó a Cristo: ¿puede haber otra alegría mayor?

Es lo que siento recibir cada mañana, cuando renuevo en mi oración lo que recibí, junto con mis hermanas y hermanos, de manos de mi Fundador, Fernando Rielo, que solo vivió y murió para la Iglesia. Este fue siempre su deseo, auténtico testamento espiritual para quienes estamos llamados a llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo: "Yo pido a Dios que los miembros de la Institución se caractericen por la alegría, una alegría en todas las cosas que no sea como las fugaces alegrías de este mundo. Quiero que crezcan con esa mística alegría en tal grado que vean la tierra desde el cielo y no el cielo desde la tierra".

P. Luis Casasús Latorre, M.Id Instituto Id de Cristo Redentor, misioneras y misioneros identes

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