viernes, 1 de febrero de 2013

Testimonio: Consagración para la Contemplación

La vida consagrada en el Año de la fe Signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo (Benedicto XVI, Porta fidei, n. 15)

La Resurrección de Jesús es el eje central de nuestra fe y lo que ha afectado a la fibra interna de nuestra vida para impulsarnos a ser testigos de Alguien vivo.

Esta experiencia me ha permitido avanzar en el camino bajo su luz, clarificando mis oscuridades y reconociendo su rostro, que, en un principio, se manifestó en el plano intuitivo y después ha generado tal confianza que es la parte esencial de mi vocación.

Como monja contemplativa quiero manifestar que he sido encontrada por el Dios vivo y quiero irradiar al mundo la fuerza de su amor con un canto de alabanza. El Resucitado ha implantado en mi pobre tierra un "canto nuevo" y con este germen de vida nueva, que consiste en la melodía de la alegría esencial de saberme incondicionalmente amada por Jesús, que me ha liberado del pecado, soy signo vivo por su presencia en mí; porque su Espíritu, que es fuego, me mantiene incandescente, emitiendo ráfagas de gozo incontenible por tanto don recibido. En esta perspectiva renuevo, cada día, la conciencia de cómo ha intervenido en mi historia personal, en cada acontecimiento, cómo va haciendo de mí una criatura nueva y cómo, incluso en la oscuridad, en las confusas sombras, encuentro al Dios de la vida.

El día a día está marcado por la historia de una relación con Dios que se hace presente en su Palabra, en la liturgia, en la Eucaristía, que es lo que nosotras celebramos glorificándolo. El ritmo regular de la alabanza nos permite introducir ese tiempo eterno de Dios en el tiempo de la humanidad y recibir de Él la luz que proyectamos hacia afuera y que nos posibilita el ir reproduciendo unas características existenciales que nos definen como contemplativas, o, lo que es lo mismo, experimentar desde la debilidad una confianza ilimitada en su Palabra, que ilumina nuestra mente y nuestro corazón. El valor del silencio, que no es ausencia de Dios, sino palabra empeñada con la humanidad que habla calladamente a través de las cosas, de la naturaleza, de los acontecimientos y de las personas, a través de la vida entera y principalmente en su Verbo entregado y glorificado.

La vida contemplativa es consciencia de estar invadida por la presencia del Resucitado; es creatividad desde la pobreza de medios, siendo, el testimonio y la transparencia de la belleza de Dios (que para mí tiene una enorme seducción), el medio para dejarme "transfigurar" y así permitir que los dones del Espíritu me configuren.

Vivir sirviendo a esta humanidad desde la contemplación no es desinteresarse de la realidad. Todo lo contrario. Dios ha querido hacerse presente en esta realidad y, por tanto, esta realidad es trasparencia de Dios. Como bien apuntaba el Hno. Alois de Taizé en el reciente Sínodo para la Nueva Evangelización, nuestros monasterios ofrecen al mundo la constante cercanía de Dios a través de la oración. No se trata de un desinterés de la realidad, sino un auténtico compromiso con ella.

Si cada monasterio es un foco de Luz y de Fe que ilumina a todos los que nos ven y nos conocen; si nuestra vida es capaz de irradiar a Dios en nuestras palabras y obras, podemos afirmar que la humanidad tiene en nosotras un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en medio de ellos. Así me siento entregada a Cristo, para que el mundo crea.

Hna. Mª del Carmen Mariñas Concepcionista Franciscana

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