viernes, 18 de diciembre de 2015

Signos de la vocación sacerdotal

1. Responsabilidad sobre la vocación

¿Cuál es el fondo de toda vocación sacerdotal? ¿Cómo se explica una vocación al sacerdocio? No hay otra causa sino la preferencia voluntariamente querida de Alguien, y ese alguien es Cristo. El querer ser como Él, el querer prolongar su vida, llenar el mundo de su amor, y hacer su nombre conocido y amado. Cristo está en el origen y en la fuerza de cada vocación. Nada fuera de esto puede dar una explicación del por qué jóvenes generosos, llenos de cualidades, se deciden a dejarlo todo por una vida que conscientemente saben es dura, durísima, y la abrazan precisamente porque es dura. La vocación de Javier, de Luis Gonzaga, de Estanislao, que renunciaban a todo lo hermoso que el mundo podía ofrecerles.
Quia amo Christum (puesto que amo a Cristo) es la respuesta común. ¿Qué ha hecho Cristo por mí? ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué puedo hacer por Cristo?, es la pregunta que ellos se hacen.
Y al ver el mundo moderno caer en la impiedad…
 La mejor juventud se plantea el problema, ¡y continuamente nuevos soldados se incorporan al ejército de Cristo!
El Espíritu de Jesús sopla en el fondo de las almas y hace ver lo que a la pura luz de la humana inteligencia jamás aparecería claro.
Así, en el origen de cada vocación está el amor a Cristo, amor fecundado por el Espíritu Santo: eso es lo que explica el sacerdocio católico.


2. La respuesta: Jóvenes y jóvenes
 ¿A quiénes? A los generosos, esforzados, heroicos. No es que todos los que no van por el camino de la vocación no sean generosos. Porque hay muchos generosos que ven que su misión es el mundo, que creen que ése es el campo donde han de ejercer su misión apostólica.
Si tienes una inquietud espiritual en orden a la vocación, ¿no comprendes que deberías pensar en ella?
¿Cuáles son las respuestas?
a. Muchos no quieren pensar, no quieren oír hablar del problema y, ya lo sabemos, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Teniendo oídos para oír no oyen, ojos para ver no ven…

b. Otros, jóvenes rectos, puros, de alma bien intencionada, siguen a aquel joven judío que nos describe… (cf. D. Lord, El llamamiento de Cristo ). Quisieran seguir siendo buenos, aún más, quisieran hacer algo por Cristo, pero cuando llegan a conocer la realidad de la perfección evangélica, los sacrificios que impone. Si quieres ser perfecto… (cf. Mt 19,16-22), vuelven las espaldas y tristes acuden a sumirse en su vulgaridad. ¡Cuántas veces se repite el triste caso! Mandamos una carta, una de tantas: Padre, soy uno de esos. He conocido el camino, he oído la voz, pero me encuentro sin fuerzas…
¡qué poca generosidad! Y ¡qué triste debe ser comenzar la vida habiendo conocido cuán bueno y cuán bello es el Señor, cuánto ha hecho por mí, y negarle conscientemente el primer sacrificio que me pide!
c. Otros, en cambio, quieren hacer el uso más bello de su vida, comprenden que lo que salvará al mundo, más que grandes estadistas, y grandes guerreros… es una generación de santos, abrazan generosamente el sacerdocio. ¡Qué vidas tan bellas, tan plenas!

(Tomado del libro “La búsqueda de Dios” de San Alberto Hurtado)

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