domingo, 24 de enero de 2016

Entrevista a un seminarista


EMILIO MAZA TRUEBA es uno de los catorce estudiantes del Seminario Mayor de Monte Corbán (diócesis de Santander-España). Tiene 31 años, es vecino de Ramales de la Victoria (Cantabria) y alumno del tercer curso del seminario diocesano. Será ordenado sacerdote en 2010 y su destino es, y ese es su deseo, ser párroco.

¿Por qué entró en el Seminario?

Cuando estudiaba bachillerato surgió la idea de entrar en el seminario. Yo no lo conocía, pero los caminos de Dios me trajeron aquí. Lo planteé en casa, después de pensármelo mucho porque no me atrevía. Mis padres no estaban mucho por esta idea y prefirieron que primero estudiara otra cosa. Así que estudié comercio y marketing y trabajé cinco años en una tienda de Ramales, pero la idea seguía ahí. Y eso me decició a dar el paso, aceptar la llamada y venirme a Monte Corbán.

¿Pero ya sabía lo que era el sacerdocio?

Tenía mucho contacto con el párroco de Ramales, daba catequesis a los niños y trabajé con grupos de confirmación, así que con el paso del tiempo y esa colaboración en la parroquia me fui implicando cada vez más. La llamada seguía ahí y eso me hizo planteármelo muy en serio, dejar el trabajo de Ramales y ser sacerdote.

¿Y su familia?

Pues mis padres al final lo aceptaron. Intentaron hacerme ver que lo pensara, que no tomara una decisión precipitada, pero sabían que hacía tiempo tenía la misma idea. Ahora están felices, porque me ven feliz. Mi hermano Álvaro, nueve años menor que yo, siempre me apoyó y siempre entendió mis deseos.

Quién le ha entendido mejor, ¿su padre o su madre?

Quizás la madre, que siempre es la que está ahí, al pie del cañón, la que va preparando al padre para que acepte y apoye la decisión de los hijos.

¿Cómo es la vida de un seminarista?

Puede parecer que llevamos una vida con tiempo para todo, pero aquí el día no nos da de sí. Nos levantamos a las siete de la mañana, a las siete y media tenemos que estar en la capilla para el rezo de laudes, a las ocho y cuarto es el desayuno y después, hasta la una y media tenemos clases. A las dos es la comida, hasta las cuatro tiempo libre para pasear o descanssar. De cuatro a cinco, dos días a la semana, tenemos deporte, y de cinco a ocho es tiempo de estudio. Los días que no hay deporte, el tiempo de estudio es de cuatro a ocho. A las ocho tenemos la Eucaristía, el momento más importante del día. A las nueve es la cena y de diez a once es tiempo libre. A las once, a la habitación.

¿Cómo se mantienen los seminarios informados de lo que pasa en el mundo?

La televisión la vemos muy poco, en los ratos de tiempo libre. Pero aquí tenemos los periódicos y los fines de semana salimos, vamos a las parroquias, visitamos a nuestras familias, vamos al cine o quedamos con amigos. ¡Vivimos en nuestro tiempo!

¿Un seminarista sale de copas?

Claro que salimos con amigos, pero siempre sin olvidar quiénes somos. Es bueno estar en el mundo. Hacemos la misma vida que otras personas de nuestra edad. Somos personas normales, salimos de compras, vamos al cine y si quedamos con nuestros amigos también vamos de copas, ¿por qué no? Hacemos una vida normal.

Están en el mundo...

Es que es fundamental que un sacerdote esté en el mundo, sin ser del mundo, porque vamos a tener que relacionarnos con el mundo y nuestra pastoral está en el mundo.

¿Cuándo ve a su familia?

Poco. Una vez al mes. Las semanas vuelan... Estamos muy ocupados con los estudios, exámenes, la preparación de las actividades. Necesariamente más horas en el día.

¿Cuál es su futuro?

Ser párroco, allá donde me mande el obispo. Esa es mi ilusión.

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